Atrapada

Sola

Antes de todo esto, cuando aún creía que el mundo era mío

Me desperté de golpe, como siempre.

Era una costumbre mía desde niña: no había término medio entre el sueño y la vigilia. O estaba dormida o estaba completamente despierta, con los ojos abiertos y la mente ya corriendo. Mi madre decía que había nacido impaciente, que incluso al llegar al mundo lo había hecho de prisa, sin avisar, en mitad de la noche.

Me tomé un momento solo uno, porque la impaciencia es lo mío para mirar alrededor. La habitación estaba en penumbra todavía, pero la luz de la mañana comenzaba a colarse por los bordes de los postigos. Las piedras del muro, que en invierno parecían grises y hostiles, ahora tenían un color cálido, casi dorado. Me fijé en todo: las sábanas de lino bordado que mi abuela había encargado para mi ajuar, la colcha de lana que Berenice doblaba cada noche con esa precisión suya tan particular, el tapiz del muro con los ciervos corriendo entre robles. Esta sería la última vez que estaría en esta habitación. Esta noche ya no dormiría aquí.

Me pareció más valioso todo, de repente. Como ocurre con las cosas cuando sabes que las estás perdiendo.

Me levanté y caminé hasta el espejo.

Era un espejo de metal pulido, herencia de mi bisabuela, que lo había traído de un lugar muy lejano al sur. No devolvía una imagen perfecta: siempre había algo ligeramente distorsionado, los bordes un poco más anchos, el color de la piel un poco más oscuro. Pero me gustaba precisamente por eso. Me mostraba una versión de mí que no era exactamente yo, sino algo más libre.

Me quité la ropa y me observé sin prisa. Mi cuerpo delgado. Los hombros estrechos, los brazos fuertes de años de montar a caballo, el vientre liso, los senos pequeños que durante años me preocuparon y a los que finalmente había hecho las paces. El cabello corto, que tanto escándalo había causado en la corte cuando me lo corté a los dieciséis. Mi madre lloró tres días. Mi padre no dijo nada, que en él era lo mismo que aprobar.

Me sentía hermosa. No con la inseguridad de quien necesita que se lo confirmen: con la certeza tranquila de quien se conoce. Era algo que había aprendido despacio, con trabajo, y que esa mañana sentí más firme que nunca. Como si la felicidad que me llenaba el pecho también iluminara todo lo demás.

Me vestí sola y esperé.

Berenice debería haber llegado ya. Era la primera en aparecer cada mañana, antes de que el palacio despertara del todo, con su paso rápido y su manera de entrar sin llamar que a cualquier otra doncella le habría costado el puesto. Pero Berenice era otra cosa. Desde que éramos niñas —ella dos años mayor que yo, hija de una costurera del servicio— había sido mi sombra, mi cómplice, la única persona en el palacio que me hablaba sin cuidar cada palabra. Le había prometido que cuando me fuera a vivir al castillo del norte, me la llevaría conmigo. Ella había dicho que sí sin pensarlo, y eso me había aliviado más de lo que quería admitir.

—¡Berenice! —grité, mirando hacia la puerta.

Nada.

—¡Berenice! —volví a llamar, esta vez más fuerte.

Silencio. Me pareció extraño. Era el día de mi boda: ella tendría que haber estado aquí desde el amanecer, con el vestido, con las flores para el cabello, con ese comentario suyo de siempre sobre que yo nunca me preparaba con suficiente tiempo. Su ausencia tenía un sabor raro, como una nota fuera de lugar en una melodía conocida.

Salí al pasillo.

Se extendía ante mí largo y silencioso. Los pasos en la piedra resonaban más de lo normal, como ocurre cuando no hay otras voces que los amortigüen. Las antorchas de los muros seguían encendidas, lo que quería decir que nadie las había apagado al amanecer como era costumbre. Eso no era normal.

Bajé las escaleras. Siempre me habían parecido demasiado anchas, demasiado frías, diseñadas para impresionar y no para caminar. Las bajé de prisa, con la mano rozando la piedra del muro, y llegué al gran salón.

Desierto.

No había nadie. Ni sirvientes, ni guardias, ni las doncellas de mi madre que a esa hora siempre cruzaban cargando ropa o bandejas. Solo el silencio y la luz de la mañana entrando oblicua por las ventanas altas, iluminando el polvo en el aire.

Corrí al cuarto de mi madre.

Las cosas estaban revueltas. El arcón abierto, algunas prendas en el suelo como si alguien hubiera buscado algo con prisa o hubiera huido sin tiempo de recoger. La cama deshecha. Una jarra de agua volcada sobre la mesa, el agua ya fría y extendida por la madera. Fui a la cocina: sola también. La estufa seguía encendida. La apagué sin pensar, por instinto, porque alguien tenía que hacerlo.

En el patio de entrada no había caballos. Ni uno.

—¡Mamá! —grité, y mi voz rebotó en las paredes de piedra y volvió a mí, sola.

Corrí de habitación en habitación. El cuarto de mi padre, el de mi hermano mayor, las salas de los guardias, la despensa, la capilla. Todo igual: rastros de presencia reciente y ausencia absoluta. Como si el palacio entero hubiera exhalado de golpe y se hubiera vaciado de vida.

En algún momento dejé de correr y me desplomé de rodillas en el gran salón. Las lágrimas me inundaban el rostro y yo no hacía nada para detenerlas porque no había nadie que me viera. Lloré sin parar, con esa forma de llorar que no es solo tristeza sino también confusión y miedo y algo que todavía no tiene nombre.



#8517 en Joven Adulto
#23408 en Otros
#3946 en Acción

En el texto hay: dolor, historia de suspenso, dolor amor

Editado: 03.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.