Atrapada

Rescatada

Me desperté con el sol en el rostro.

No recordaba el sol. O sí lo recordaba, pero de esa manera vaga en que se recuerdan las cosas que el cuerpo ya no espera volver a sentir: como un sueño que fue real alguna vez. Me costó abrir los ojos. La luz era demasiado, después de tanto tiempo sin ella. Tuve que entornarlos despacio, como si aprendiera de nuevo.

A mi alrededor pasaban árboles. Ramas, hojas, el verde sucio del bosque en otoño. La carreta crujía con cada piedra del camino y el movimiento me zarandeaba con una torpeza que en cualquier otra circunstancia habría sido molesta. Pero sentí, de golpe, una extraña felicidad. No la alegría de estar bien, sino algo más primitivo: el alivio de la oscuridad rota. Morir o no, ya no importaba. Estaba fuera.

Intenté moverme. El dolor en las piernas me lo impidió de inmediato, tan brusco y preciso que se me cortó la respiración. No era el dolor sordo y constante del cautiverio sino algo más agudo, más nuevo. Miré hacia abajo pero no pude ver nada con claridad. Me recosté y me quedé mirando el cielo entre las ramas.

Estaba en una carreta. Alguien me había sacado.

La carreta se detuvo.

Un hombre de gran barba se asomó por el lateral. Tenía la cara curtida del que vive a la intemperie, los ojos pequeños y rápidos, las manos del tamaño de dos de las mías juntas. Me miró un momento, como si verificara algo, y dijo con una voz seca que no dejaba espacio para preguntas:

—Mantente callada. Pronto vendrán por ti, princesa.

Me quedé inmóvil. No supe qué responder. Me llamó princesa, lo que quería decir que sabía quién era, que esto no era un rescate por accidente. Alguien me había buscado. Alguien sabía dónde estaba y había enviado a este hombre a buscarme.

No sé cuánto tiempo pasé así, mirando las ramas moverse sobre mi cabeza, escuchando los pájaros y el crujido de la madera. Pero por primera vez en semanas, tal vez en meses, algo en mi pecho se aflojó un poco. No era seguridad. No era certeza de nada. Era solo el cansancio cediendo, ligeramente, ante la posibilidad de que quizás no estaba completamente sola en el mundo.

Una mujer se acercó a la carreta.

Me miró con una expresión que tardé en reconocer porque hacía mucho que nadie me miraba así: con dulzura. Con cuidado genuino, sin el cálculo de quien mira a alguien que le es útil.

—¿Princesa, estás bien? —preguntó.

Asentí, aunque no estaba segura de que fuera cierto. Ella me levantó con una delicadeza que no esperaba de alguien que se movía con tanta eficiencia. Me acostó sobre unas telas dobladas y me arrastró con cuidado hasta una pequeña vivienda de piedra y madera, baja, casi enterrada en el bosque. El hombre barbudo apareció en la entrada y entre los dos me colocaron en una cama de paja.

La paja me pareció lo más suave que había tocado en toda mi vida.

No sé cuánto dormí. Dormí con la inconsciencia total del que ya no tiene fuerzas ni para soñar. Cuando desperté, la mujer seguía sentada a mi lado. Me ofreció un vaso de agua y una taza con sopa caliente, sosteniéndola con las dos manos como si fuera algo sagrado.

—Come tranquila —dijo.

Cada bocado sabía a gloria. No es una forma de hablar: era literalmente la cosa más extraordinaria que había probado, cada sorbo caliente bajando por la garganta con una amabilidad que el cuerpo recibía como una disculpa. Como si el mundo me pidiera perdón a través de esa sopa.

Dormía y despertaba. El tiempo pasaba de manera irregular, por bloques, sin continuidad. En uno de esos momentos entre el sueño y la vigilia, la mujer me tomó de la mano.

—Todo estará bien —dijo—. Mi padre y yo te sacamos de ese infierno. Tu hermano está vivo. Él planeó tu rescate. Debes ponerte fuerte para reencontrarte con él.

Me quedé mirándola.

¿Mi hermano…?

Rémi. Siempre había estado fuera del país, en misión diplomática en el norte, demasiado lejos para haber llegado a tiempo cuando atacaron el palacio. Eso había pensado yo en los primeros días de cautiverio, cuando todavía pensaba con claridad: que Rémi no sabía nada. Que Rémi estaba demasiado lejos. Pero me equivoqué. Me había buscado. Había enviado a esta mujer y a su padre a buscarme.

Esas palabras encendieron algo dentro de mí. No un fuego grande: apenas una llama pequeña, del tamaño de la que hace una vela en un cuarto oscuro. Pero suficiente.

—¿Por qué me ayudas? —pregunté. Mi voz sonó extraña, ronca, como si hubiera olvidado cómo usarla para algo que no fuera gritar.

La mujer sonrió. Era una sonrisa con tristeza adentro, de las que llevan tiempo guardadas.

—¿No me recuerdas? Soy Berenice. El día que atacaron el palacio, logré escapar gracias a mi padre. Todos pensábamos que estabas muerta.

Las lágrimas corrieron por mi rostro antes de que pudiera hacer nada para evitarlo.

Berenice. Que había estado a mi lado desde que éramos niñas. Que me traía el desayuno y me preparaba el vestido y me esperaba cada mañana sin que yo nunca le preguntara cómo había dormido, sin que yo alguna vez le dijera gracias de verdad, de esa manera que significa algo y no solo llena el silencio. Yo había dado por hecho cada una de esas mañanas. Había dado por hecho a ella, su presencia, su lealtad, como se dan por hecho las paredes de la casa: siempre ahí, sin necesitar nada a cambio.



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En el texto hay: dolor, historia de suspenso, dolor amor

Editado: 03.04.2026

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