Atrapada

Perdida

Me desperté en la oscuridad y supe, antes de entender nada más, que algo estaba muy mal.

Los gritos llegaban desde arriba: voces de hombres gritando órdenes, voces de mujeres rogando, el golpe sordo de cuerpos contra madera. El barco se balanceaba con una violencia distinta a la del mar, más irregular, más urgente. Reconocí el sonido de acero contra acero. Había escuchado ese sonido una vez, la mañana que atacaron el palacio, y no lo había olvidado.

Estaba en la cama, inmóvil. El cuerpo me temblaba de una manera que no podía controlar, ese temblor que viene del miedo profundo y no del frío. Los golpes afuera eran cada vez más fuertes. La puerta del camarote vibraba con cada impacto. Pensé, con una claridad extraña y fría, que tal vez no sobreviviría esa noche.

Cerré los ojos.

¿Y si todo fuera un sueño? ¿Y si pudiera retroceder y evitar todo esto?

Pero los errores no esperan que los invites. Te siguen como sombra, como deuda, como el olor a humo que se queda en la ropa días después del fuego. Y los miedos también. No hay hacia atrás.

No soy perfecta. Solo quiero vivir.

Miré el techo del camarote y me obligué a respirar. No debo llorar. El llanto gasta lo que necesito para otra cosa. Debo ser fuerte, o al menos parecerlo lo suficiente para que mi cuerpo me crea.

Entonces la puerta se abrió.

Un hombre entró. Grande, con la ropa oscura y sucia del mar, el rostro parcialmente cubierto. Me miró desde el umbral con los ojos de alguien que calcula el valor de las cosas. Metió la mano dentro de la camisa y sacó algo. No alcancé a ver qué era.

La oscuridad me lo tragó todo.

Volví a despertar tirada sobre hierba.

No la hierba suave de los jardines del palacio: hierba corta y seca, tierra dura debajo, el olor a sal y a madera quemada flotando en el aire. Intenté sentarme. Tardé tres intentos. No sabía dónde estaba. El paisaje que me rodeaba no tenía nada conocido: una línea de árboles bajos, un camino de tierra sin marcar, el sonido del mar a lo lejos pero sin verlo.

Miré mi pierna.

El muñón sangraba. El vendaje que el médico había colocado con tanta precisión estaba empapado, deshecho, probablemente arrastrado por el agua o por el caos de la noche anterior. Intenté moverme y el dolor subió tan rápido que tuve que detenerme y esperar a que bajara antes de intentarlo de nuevo.

No podía ponerme de pie. Me dolía todo el cuerpo, no solo la pierna: los brazos, el cuello, las costillas como si alguien hubiera apoyado todo su peso sobre ellas. Vestía solo una camisa larga que no era mía. Sin pierna funcional. Sin fuerzas. Con hambre que era ya casi física en sí misma, un peso propio. Y sed: esa sed que seca la lengua y hace que hasta respirar cueste.

Me arrastré.

Fue lo único que se me ocurrió. Me arrastré sobre los codos y la rodilla que me quedaba, centímetro a centímetro, hasta llegar al camino de tierra. Me senté en el borde y esperé. ¿Pasaría alguien? No lo sabía. No sabía nada de este lugar: si era habitado, si era tierra de guerra, si el idioma que se hablaba aquí era el mío. No sabía nada excepto que el sol quemaba y que el tiempo pasaba lento como pasa cuando el cuerpo está al límite y la mente empieza a soltarse.

Me apoyé en un árbol cuando llegué a uno. La corteza áspera contra mi espalda era lo más real que tenía.

La mente empezó a hacer cosas extrañas. Las imágenes llegaban sin orden: el espejo de metal pulido de mi habitación, las manos de Berenice doblando la colcha, el rostro del hombre de la barba grande mirándome desde la carreta, el crujido del hueso. Intenté separarlas, ponerlas en orden, pero no obedecían. El calor del sol y el hambre y la sed hacen eso: borran los bordes de las cosas.

¿Estoy soñando aún? ¿Estoy atrapada en un delirio? ¿Estoy muriendo?

No podía saberlo. La posibilidad de que sí estuviera muriendo la sostuve un momento y luego la dejé ir, no porque me pareciera imposible sino porque no me era útil. Soy fuerte, me dije. O al menos eso creo. Hay días en que la distancia entre ser fuerte y creer que eres fuerte es la única que importa.

Apareció un hombre a caballo.

Lo oí antes de verlo: el ritmo pesado de los cascos sobre la tierra seca, el tintineo del metal. Cuando dobló el camino vi la armadura: brillante, limpia, de alguien que no ha dormido en el suelo ni ha arrastrado su cuerpo por la tierra. Un hombre de posición. Un hombre que tenía a dónde ir y prisa por llegar.

Se detuvo cuando me vio. Me miró. Yo lo miré. Durante un momento sostuve la esperanza de que la imagen que presentaba, una mujer joven en el suelo con una sola pierna y los ojos secos de tanto no llorar, le dijera algo sobre lo que necesitaba.

El hombre metió la mano en la bolsa que llevaba al cinto. Sacó una moneda. La arrojó al suelo frente a mí, con el gesto breve y sin crueldad de quien da a un mendigo en la puerta de una iglesia. Y siguió su camino.

Los cascos se alejaron. El polvo volvió a asentarse.

Miré la moneda en la tierra.

No era crueldad lo que había hecho. Eso era lo que más dolía: no había crueldad en ese gesto, solo indiferencia. Me había visto, me había calculado, me había asignado el valor de una moneda y había seguido adelante. Yo, que había nacido en un palacio con un nombre y un título y un futuro trazado, reducida a un gesto sin mirarme a los ojos.



#8517 en Joven Adulto
#23408 en Otros
#3946 en Acción

En el texto hay: dolor, historia de suspenso, dolor amor

Editado: 03.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.