Atrapada

Princesa

Me despierto viendo el techo de paja.

Es lo primero que hago cada mañana: abrirlos ojos despacio y buscar ese techo, esas vigas de madera oscurecida por el humo, esa paja que en invierno deja pasar el frío pero que en verano huele a campo seco y a algo que no tiene nombre en ningún idioma que yo conozca pero que mi cuerpo ha aprendido a llamar hogar. Cada mañana temo no encontrarlo. Cada mañana está ahí.

Me visto con la calma que da la costumbre. Ajusto con cuidado la pierna de madera que me hizo Sebastián el carpintero hace ya tres años, cuando la primera que talló resultó demasiado corta y tuve que pasarme un invierno encorvada. Esta segunda es mejor: tiene los tallados que le pedí, hojas y una pequeña flor de cinco pétalos en el lado exterior que nadie ve nunca excepto yo. Sebastián dijo que era un desperdicio hacer tallados donde nadie los vería. Le dije que precisamente por eso los quería ahí.

Caminar sigue doliendo un poco. Probablemente siempre dolerá un poco. Ya estoy acostumbrada, y hay una diferencia importante entre el dolor que avisa de que algo va mal y el dolor que es simplemente la forma que tiene el cuerpo de recordarte por dónde has pasado. Este es del segundo tipo. Lo acepto como se acepta el clima.

Han pasado cuatro años desde que llegué a este pueblo sin nombre y sin nada más que una camisa larga y una moneda que no era mía.

El primer año fue difícil de una manera que no es fácil explicar: no la dificultad del sufrimiento agudo, que ya conocía, sino la dificultad más lenta de aprender a vivir sin que nadie te persiga. A dormir sin despertar en pánico. A confiar en que el techo de paja seguiría allí por la mañana. Nicol y Fernando me dieron el rincón de su casa hasta que don Agustín, que llevaba años buscando a alguien que supiera de bebidas y no le tuviera miedo al trabajo duro, me ofreció el puesto en el bar y un cuarto pequeño en la parte de atrás.

Trabajo en el bar. Mi experiencia con bebidas, que en el palacio era conocimiento de protocolo y ceremonia, aquí resulta ser algo completamente distinto y completamente útil: sé distinguir lo bueno de lo mediocre, sé mezclar, sé escuchar. Los clientes hablan con quien les sirve. He aprendido más de este pueblo sirviendo cervezas que en cualquier otra cosa.

Llego temprano, cuando el pueblo todavía está despertando. Limpio las mesas, barro el suelo de piedra, lleno los barriles que quedaron bajos la noche anterior. Hay una paz particular en ese trabajo de la mañana, antes de que llegue nadie, cuando la luz entra oblicua por las ventanas pequeñas y el bar huele a madera y a cerveza vieja y a algo que es simplemente el olor de un lugar que conoces bien.

Por la tarde llegan los de siempre. Nicol y Fernando los primeros, puntuales como el sol, con su manera de sentarse que ya me sé de memoria: él pide cerveza, ella pide vino caliente aunque haga calor, y los dos se quedan hablando en voz baja sobre cosas que no me incluyen pero en cuya compañía me siento incluida de todas formas. Sebastián llega después, con el aserrín todavía en las manos, y Pati la costurera, que habla demasiado y escucha demasiado poco pero que me remienda la ropa sin cobrarme cuando cree que no me doy cuenta.

Hoy don Agustín lleva días enfermo, así que atiendo sola. No me importa. He aprendido a moverme por el bar con la pierna de madera de una manera que ya no pienso: el cuerpo encontró su propio equilibrio hace tiempo, sus propias compensaciones, su propia manera de ser.

Un hombre de piel oscura y cabello corto entra como siempre, en silencio, y se sienta en su lugar habitual junto a la ventana. Lleva meses viniendo. Nunca habla más de lo necesario, nunca causa problemas, siempre deja la moneda exacta sobre la mesa antes de que yo llegue a pedirla. Es el tipo de cliente que un bar necesita para funcionar.

Pero hoy viene acompañado.

El otro es alto, de porte elegante, con ropas de viaje que han visto mucho camino pero que fueron buenas ropas, del tipo que se manda hacer con un sastre que conoce su oficio. No son ropas de este pueblo ni de esta región. Lleva el cabello largo recogido con una cinta y hay algo en la manera en que se mueve, en cómo evalúa el cuarto al entrar, que reconozco porque lo he visto antes: es la manera de moverse de alguien que creció sabiendo que los cuartos le pertenecen.

Me acerco a tomarles la orden. Me pregunto, como siempre me pregunto, si notarán que camino distinto. Después de cuatro años sigue siendo el primer pensamiento.

—¿Qué les sirvo, caballeros?

—Un tarro de cerveza para mí —responde el primero—, y un vaso de ron para mi amigo.

Les llevo la orden. Cuando coloco el vaso frente al hombre elegante, él me mira de una manera que no es la mirada habitual del cliente. Es una mirada que busca algo específico.

—¿Puedes sentarte un momento? —dice—. Necesitamos tu ayuda.

Dudo. Hay algo en su voz que reconozco y que no debería reconocer, como cuando escuchas una melodía que no recuerdas haber aprendido pero que de algún modo sabes. Me siento al borde del banco frente a ellos.

—Estoy buscando a alguien —empieza, con la calma de quien ha ensayado esto muchas veces—. Hace casi cinco años, mi familia fue atacada. El palacio cayó en una noche. Yo estaba fuera del país y cuando regresé ya no había nada que salvar. Sólo sobrevivió mi hermana menor, a quien tomaron como rehén. No pude llegar a tiempo. Con los años supe, por distintos caminos, que había sobrevivido el cautiverio, aunque muy herida. Perdió una pierna. Un médico llamado Hum logró sacarla y la envió en un barco hacia estas tierras. El barco fue asaltado por piratas. Creí que había muerto.



#8517 en Joven Adulto
#23408 en Otros
#3946 en Acción

En el texto hay: dolor, historia de suspenso, dolor amor

Editado: 03.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.