Atrápanos si puedes

CAPÍTULO XVIII

Omnisciente

Johann-Bernhardt Universitätsklinikum…

—¿Podemos hablar? —preguntó luego de ingresar sin ser autorizado.

—Lárgate; conoces muy bien el camino —reaccionó ella con hostilidad.

—Greta… —pronunció él en medio de un murmullo.

—Lo dejaste claro y lo entendí, Axl. No hay nada más de lo que debamos conversar, a menos que sea directamente sobre el estado de nuestros pacientes —marcó un límite que no permitiría que él volviera a cruzar.

—Lo siento —dijo él, ignorando lo anterior—. De verdad lo lamento. Estaba estresado y preocupado por Jade; por eso actué de esa forma —justificó su comportamiento de días anteriores.

—No me interesa, así que cierre la puerta al salir, doctor Schneider —sentenció ella, dando por finalizada la conversación.

—Escúchame, por favor.

—¿Acaso no lo entiendes? Lo que hubo aquí lo arruinaste, tanto personal como laboralmente. Yo me limitaré a hacer mi trabajo y espero que tú sigas mi ejemplo —propuso, sin darle otra alternativa—. Lo mejor es que te preocupes por Jade y por esa pequeña que en este momento te necesitan, no que pierdas el tiempo conmigo en disculpas que no quiero, ni en explicaciones que no te he pedido.

Greta había tomado una decisión y nada haría que la modificara. Que sus sentimientos volvieran a verse afectados ya no era una opción. Se levantó de su asiento, se acercó a la puerta y la mantuvo abierta como una clara invitación a que él se marchara. Sin embargo, cuando ella creyó que él saldría, Axl aprovechó la oportunidad de tenerla enfrente para obligarla a escucharlo.

—Sí eras mi tipo y el tiempo que pasamos juntos fue muy agradable. Para ser sincero, me gustabas, aún me atraes —confesó—. Envié todo al demonio porque la junta descubrió lo que sucedió aquí en el hospital y las consecuencias para mí eran mínimas: tal vez una suspensión, más horas en la universidad o alguna estupidez que entorpeciera mi investigación; pero contigo sería distinto, y lo sabes.

Una vez más justificó su forma de actuar, pero ella negó con la cabeza.

—¿Ahora dices que al comportarte como un estúpido adolescente lo hacías para protegerme? ¿En serio? Sé lo que hago y lo que no. Siempre he sido consciente de las consecuencias y estoy dispuesta a aceptarlas; así que: lárgate —exigió una vez más.

—¿Qué sucede? —preguntó él, confundido. No entendía del todo aquella actitud.

—¿De verdad lo preguntas? Deseo que te marches, eso es lo que pasa. Déjame en paz, limítate a hacer tu trabajo y no obstaculices el mío. Eso es todo, Axl —expresó ella, aunque mintiera.

No lo odiaba, era todo lo contrario, pero no estaba en sus planes tenerlo cerca, y menos como amigo, cuando sabía que nunca le correspondería de la forma en la que ella anhelaba. Lo mejor era apartarlo.

—A diferencia de ti, debo trabajar —se excusó ella, solo para huir de la situación.

Sin que Axl pudiera evitarlo, Greta abandonó con rapidez su propia oficina. Pese a ello, aunque huyó de un Schneider, se cruzó con dos más.

—¿Qué haces aquí? —preguntó sin molestarse en cordialidades. Si Axl era un fastidio en ese momento, su hermana podría considerarse un dolor de cabeza—. ¿Y tú quién eres? —sintió curiosidad y simplemente lo expresó.

—Everett. Everett Schneider —contestó él con una sonrisa coqueta mientras la observaba fijamente—. El hermano mayor del inútil por el que, al parecer, lloras —agregó.

Greta frunció el ceño mientras se llevaba las manos al rostro; no se había dado cuenta de que las lágrimas descendían por sus mejillas. Everett se acercó y, con su mano, retiró la humedad, logrando que ella se sonrojara.

—Estás casado —interrumpió Genevieve, dándole un pequeño golpe en la cabeza a su hermano.

—Puedo divorciarme si ella lo desea —replicó él, y Greta rio—. Así está mejor —dijo al escucharla.

—Gracias, lo necesitaba —respondió ella, realmente agradecida—. ¿Por qué están aquí y en dirección a mi oficina?

—Yo vine a hablar contigo. Everett vino a ver a Zaira y a planear el deceso junto al funeral de Axl —bromeó Genevieve.

—Podrías unirte si lo deseas —propuso el rubio con una enorme sonrisa.

—No, gracias. Aunque sea el mayor idiota que conozco, el hospital lo necesita —agregó Greta entre risas.

—Te lo pierdes —aseguró Everett—. Las dejo, iré a ver a mi futura hija —dijo él, pero antes de marcharse, besó a Greta en la mejilla.

Ella se quedó allí, estática, conservando el silencio por unos segundos.

—Perdónalo —pidió Genevieve avergonzada.

—¿De casualidad tienes otro hermano? —preguntó Greta observando al mayor y, con culpabilidad, mordiéndose el labio. Pensó que la mejor forma de olvidar a un Schneider sería con otro.

—Para tu suerte y desgracia, no; no hay más como ellos —se carcajeó su amiga.

Greta liberó un par de risas y se alejó un poco de sus problemas. Aun así, la duda persistía y no tardó mucho en intentar hallar una respuesta.

—¿Para qué me necesitas?




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