Omnisciente
Helios Frauenklinik München-West…
Su respiración se aceleraba, al igual que los latidos de su corazón, que retumbaban en sus tímpanos junto con el insoportable tic-tac del reloj frente a ella. Se encontraba sola en la sala de espera, aguardando a Genevieve, quien al parecer se estaba tardando.
—Greta Delvaux, por favor, acérquese a sala de ingresos. Greta Delvaux —llamaron a través de la bocina.
Greta se puso en pie y, una vez más, se encontró resignada. En una nueva ocasión debía enfrentarse a todo ella sola. No sabía qué era peor: tener a alguien a su lado que claramente no comprendiera los sentimientos que la agobiaban ni aquello que en realidad la atormentaba, o hacerse la fuerte hasta llegar a su casa y derramar todas las lágrimas que desde el principio se esforzaba por contener.
—Greta Delvaux —pronunciaron de nuevo su nombre.
Había una enfermera frente a ella, pero sus ojos se desviaron hacia el hombre que, a un par de metros de distancia, sonreía con evidente incomodidad.
—So… so-yo… —intentó decir—. S-soy yo… —murmuró, sin ser consciente de la humedad que descendía por su rostro.
—Por favor, acompáñeme por aquí —indicó la mujer.
Greta quedó pasmada. No respondió. Su atención estaba fija en Axl, que se acercaba con cautela, como si temiera interrumpir algo frágil.
—¿Sucede algo? —preguntó la enfermera al notar su inmovilidad.
—Buenas noches, ¿podría regalarnos un momento? —solicitó Axl, con la cabeza ligeramente inclinada.
La enfermera no necesitó más explicaciones. Asintió con discreción y se alejó, concediéndoles la privacidad que ambos necesitaban, aun en medio de aquella situación.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Greta, con la voz quebrada.
—La pregunta es innecesaria —respondió—. ¿Me acompañas?
Ella supo que no era el lugar para conversar.
—Sin importar lo que digas, lo haré —advirtió, anticipándose a cualquier intento de disuasión.
Axl respiró hondo antes de hablar.
—No estoy aquí para detenerte. Confío en ti, en tu criterio y en que harías cualquier cosa para salvar una vida. No voy a cuestionarte, porque estoy seguro de que la decisión que tomaste es la correcta —dijo con firmeza—. Solo quiero que hablemos y, si después de eso aún deseas que me marche, lo haré.
Greta sostuvo su mirada unos segundos más de lo necesario. Luego suspiró y asintió.
No tardaron en abandonar la sala y dirigirse a uno de los espacios abiertos del hospital. Tomaron asiento en una banca. Permanecieron en silencio, observando al frente, hasta que Axl se atrevió a romperlo.
—Lo siento. De verdad lamento haberte orillado a esto. Fui un idiota, irresponsable, al no detenerme esa noche y dejarme llevar por lo que deseaba en lugar de pensar en las consecuencias —se disculpó, consciente de que nada de eso bastaba.
—No es tu culpa —respondió Greta tras unos segundos—. Al darme cuenta de lo que sucedía, tampoco hice nada para evitarlo. Soy yo quien conoce su condición y las repercusiones que vienen con cada decisión que toma.
Axl levantó la mano con cuidado, como si pidiera permiso, y tomó su rostro entre sus dedos. Con una ternura contenida, secó las lágrimas que amenazaban con recorrerlo.
—Perdóname por haber sido un cobarde y huir de lo que teníamos. Nunca debí usar la situación con los directivos como una excusa para desaparecer sin dar explicaciones. Sé que no soy la persona indicada… y tampoco lo merezco, pero por favor permíteme acompañarte. No quiero que estés sola.
Axl sentía rabia hacia sí mismo. Greta, en cambio, no podía imaginar un escenario en el que fuera capaz de odiarlo. Lo que la consumía era la impotencia de no poder conservar a ese pequeño ser que, además de enfrentarla con su pasado, los unía en un mismo dolor.
Por primera vez, Greta comprendió que no solo ella estaba perdiendo. Alguien más compartía aquella experiencia: la opresión en el pecho, el insomnio, la sensación de asfixia que la desgarraba por dentro. Por primera vez en años, se permitió llorar sin reservas, sin castigarse en silencio.
—Quiero tenerlo… —confesó entre sollozos, llevando una mano a su vientre—. De verdad lo deseo, quisiera conocer ese sentimiento del que tantos hablan, pero no puedo. Me sacrificaría sin dudar si supiera que todo acabaría ahí… porque no me cabe duda de que serías un buen padre. Pero nada garantiza que solo yo muera.
Abrió su corazón sin reservas, como había deseado hacer en el pasado y no pudo.
—Es frustrante saber que dedicaste tu vida a salvar personas y que, aun así, sea imposible salvarte a ti y a tu bebé. Lo odio… detesto pensar que viviré solo porque lo dejé morir.
Greta había pasado la vida siendo fuerte, sosteniendo a otros cuando flaqueaban. Sin embargo, nunca había tenido a alguien que ocupara su lugar, que fuera fuerte por ella. Nunca antes se había permitido ser débil.
Axl no dijo nada. No hizo falta. La calidez de su abrazo, el leve temblor de su cuerpo y la humedad que marcaba su rostro fueron suficientes para que Greta entendiera que no estaba sola.