Omnisciente
Casa de Greta…
—Esta no es tu casa, ¿dónde estamos? —averiguó de inmediato.
Aunque Axl no respondió, la presencia de Greta hizo que no fuese necesario.
—Hola, Zaira —saludó, extendiendo su mano.
—¿Quién es ella? —preguntó girándose; la ignoró.
Axl la observó sorprendido, pues el rostro de la pequeña insinuaba una clara molestia y la forma en la que cruzaba los brazos la hacía ver aún más tierna. Aun así, no dejó que se diera cuenta de que su actitud aceleraba su corazón por diversos motivos.
—Una amiga. La estoy acompañando por unos días, así que no seas maleducada: date la vuelta y saluda —exigió, creyendo que la pequeña rebelde obedecería.
—Mejor llévame a mi casa —contestó con firmeza—. Te espero afuera.
Zaira dio un par de pasos que Axl igualó con uno de los suyos. Se plantó frente a ella e igualó su altura; acercó una mano al rostro de Zaira y apartó los mechones rubios que lo cubrían.
—Tus abuelos no están, tu mamá aún se encuentra en el hospital y Dominic no contesta el teléfono, así que solo quedo yo —informó—. No tienes más opciones, princesa: cenaremos, miraremos algo en la tele y luego iremos a dormir.
Resumió lo que harían y las lágrimas se apoderaron de la pequeña. No pudo contenerlas, y menos evitar abalanzarse sobre él para abrazarlo. Axl la rodeó con sus brazos y se puso en pie; pasó por el lado de Greta y se dirigió a la sala.
—Lo siento —murmuró Zaira a modo de disculpa hacia Greta, mientras no podía detener su llanto.
Llegaron al sillón y Axl tomó asiento. Acarició la espalda de la pequeña y su cabello, buscando tranquilizarla. No entendía del todo el motivo de su llanto, pero podía imaginárselo; como dice aquel refrán: piensa mal y acertarás. Dominic era el responsable, y Axl no tenía dudas.
Apartó el rostro de Zaira de su hombro y la observó con tristeza, sintiendo cómo su llanto comenzaba a afectarlo.
—¿Puedes contarme lo que sucedió?
Mientras averiguaba, a una leve distancia, Greta lo observaba con las mejillas humedecidas y una sonrisa. Se deleitó con la escena durante unos minutos más, antes de marcharse y darles la privacidad que necesitaban.
—Mi abuelo y mi abuela me llevaron a las clases de la Junior Uni München antes de irse de viaje porque mi papá dijo que estaría allí, pero todos los niños estaban con su papá y su mamá, y yo otra vez solita.
Axl cerró los ojos y respiró profundo. Se mordió la lengua para no soltar todos los improperios que deseaba gritarle a Dominic, pues le robó la oportunidad de compartir y acercarse más a Zaira, dejándola sola en un lugar lleno de extraños.
—Lo lamento mucho, princesa. De seguro estaba muy ocupado y lo olvidó —dio una excusa, deseando cerrar la herida que la ausencia de Dominic dejaba en su pequeño corazón—. Si deseas, puedo buscar más clases a las que puedas asistir y yo te acompañaré.
—¿De verdad? —preguntó—. Pero ¿tú sí irás? —insistió, llena de dudas; Dominic siempre faltaba a sus promesas.
—Claro que sí —reafirmó.
Zaira volvió a abrazarlo y, gracias a aquella ilusión, dejó un pequeño y tímido beso sobre la mejilla de Axl, que, para su sorpresa, sacudió su corazón. Aunque la pequeña no dimensionaba sus acciones, para él, cada vez que obtenía una respuesta similar de su parte, sentía que los años perdidos se recuperaban y que, si se esforzaba, nada podría volver a separarlos.
—Dime la verdad, ¿la buscaste a ella porque yo cancelé nuestra cita? —cuestionó, dejando atrás la vergüenza.
—No. La estoy acompañando, ya te lo dije, pequeña.
—¿Seguro? Es que mira… es rubia, de ojos azules y es un poquito tan linda como yo.
Cruzó una vez más los brazos, entrecerró los párpados y unió los labios, presionándolos y estirándolos de forma tan tierna que llegó a parecer un lindo patito. Una vez más, derretía a Axl. Él conocía la razón: Greta le causaba celos.
—Fue mi novia —confesó, y Zaira lo observó con sorpresa—, pero ya no. Ahora somos amigos y la estoy acompañando porque se enfermó y ya no puede tener nuestro bebé —añadió en medio de un suspiro.
—¿Un bebé? ¿Tendré un hermanito o hermanita? —cuestionó, y Axl pudo observar cómo su mirada se iluminaba—. Siempre he querido uno, pero mi mamá es mala y dice que no —acusó, sin perder la oportunidad.
—No, princesa. El bebé ya no está… se convirtió en un pequeño angelito —respondió con amargura.
—¿No pudiste salvarlo?
Su inocencia volvió a reflejarse en aquella pregunta.
—Lamentablemente, no todos pueden ser salvados. Por eso, como estás aquí, me ayudarás a darle muchos besos y abrazos a Greta para que su corazón no se entristezca más. ¿De acuerdo?
Él no tenía dudas: la presencia de Zaira ayudaría a Greta.
—Está bien, soy buena haciéndolo. Siempre que mamá se enferma, le doy muchos besos y se pone feliz —aceptó con una sonrisa en el rostro.
Ambos guardaron silencio, pero al percibir la mirada de Axl, que le resultó un poco extraña, volvió a hablar.