Atrápanos Si Puedes

CAPÍTULO XXVI

Omnisciente

La mirada de Axl se dirigió de inmediato a donde ella se encontraba de brazos cruzados y con una mueca de disgusto en su rostro.

—¿Quién es ella, Axl? —aquella vocecita demandante repitió la pregunta.

La distancia entre ambos desapareció y Axl, con una sonrisa en su rostro, se colocó de cuclillas e igualó la altura de la diminuta rubia.

—No es lo que piensas, princesa —se propuso arreglar el malentendido.

—Pues no te creo, porque estás vestido con traje y ella tiene un vestido muy feo —atacó, observándola con desconfianza y molestia—. El de mi mamá es más lindo y el mío también porque es de princesa; ella parece bruja.

El rostro de Jana se tornó completamente rojo, pues la vergüenza comenzó a invadirla.

—¿Ella es...? —averiguó en medio de un susurro.

—Soy su hija —respondió Zaira de mala gana—. ¿Y tú quién eres? No te conozco.

—¿Hija? ¡¿Estás casado?! —preguntó Jana; estaba alarmada y sorprendida. Comenzaba a avergonzarse por lo que estaba haciendo.

—Es mi hija, pero no estoy casado —contestó él con falta de interés.

—Pero, por si no sabías, las mamás pueden tener dos esposos y pronto se casarán —intervino la niña—. Así que no hay espacio para ti; y si eres su amiga, ya tiene una, se llama Greta y no queremos más.

Axl por poco estalla en risas, pero decidió guardárselas, dado que la pequeña hablaba en serio. Se notaba molesta y celosa.

—¿Con quién viniste? —buscó alrededor, pero no pudo encontrar a Jade.

—Con mi mamá y mi papá, están por allá en esa mesa —indicó.

Las miradas de Dominic y Jade se encontraron con la de Axl. Mientras la de Jade pedía disculpas, la de Dominic estaba llena de una burla y diversión que no lograba disimular. Al mismo tiempo, Zaira le dedicaba algunas muecas horrendas a Jana y, en silencio, gesticulaba: «Chu, chu», pidiéndole que se fuera.

—Es la hija de un socio de la empresa de los abuelos —explicó él.

—¿Dónde está su papá?

Para cada respuesta de Axl, la pequeña tenía muchas preguntas con las cuales interrogarlo, ya que de eso se trataba: un interrogatorio que determinaría su culpabilidad y si ella reanudaría sus planes con Everett para efectuar su pronto deceso.

—Entonces, vamos a buscarlo para confirmar tu versión, porque no te creo nadita —dejó en claro que todas sus respuestas estaban en duda.

Para suerte y desgracia de Axl, Dominic intervino, sacándolo del apuro en el que se encontraba. Por la actitud de Axl, tanto Jade como Dominic entendían que se encontraba en una situación un poco incómoda con aquella mujer, así que, en lugar de empeorar la situación, Dominic trató de calmar a la pequeña.

—Mi amor, recuerda que mañana Axl pasará por ti y mamá está esperando para cenar —le recordó.

Axl asintió en modo de agradecimiento.

—¿Mañana? No, hoy cuando llegue a casa tendremos una larga conversación —sentenció ella. Nadie haría que cambiara de parecer.

—Tus deseos son órdenes, princesa —dijo Axl para contentarla. No obstante, eso no lo salvaría de la reprimenda que le esperaba.

—Más te vale que respondas todas mis preguntas y de una vez te lo advierto, Axl Schneider: tienes prohibido invitar a personas que yo no conozca a tu casa y, si lo haces, me daré cuenta —advirtió, aunque era más que todo una amenaza.

—Haré todo lo que me digas —aceptó sin ninguna oposición—. Ahora dame un beso y un abrazo —pidió, algo clásico en sus negociaciones.

—La abuela me dio el poder de castigarte cada vez que no te comportes, y si sigues así, te juro que lo usaré y no te gustará.

Él respondió con un bufido, pues siempre tuvo la duda de lo que ambas hablaban.

—Regresa temprano a casa —ordenó la niña antes de abrazarlo y besarlo—. Si no lo haces, te las verás conmigo.

—Espero tu llamada, princesa —se despidió con un beso en la muñeca de Zaira, mientras ella con la otra lo pellizcaba.

—Adiós —se despidió Dominic, y Axl solo hizo un ademán con la cabeza.

—Rayos —habló Jana, quien había sido olvidada—. No sabía que tuvieras más familia tan cercana, además de tus padres y tus hermanos —reveló.

Él elevó una ceja y ella alzó las manos en señal de rendición.

—Lo siento —se disculpó.

—Es una larga historia y, lamentablemente, no es de tu incumbencia.

Él recobró aquella actitud cortante y ella liberó un quejido.

—La decisión no me compete únicamente a mí, eso ya lo sabes —le recordó—. Sin embargo, si así lo deseas, puedo brindarte algunos consejos que te ayudarían a mejorar tu propuesta y así aumentar las probabilidades de que me asignen como tu asesor —ofreció. Era lo máximo que podría hacer por ella.

—Debes tener presente que mi tiempo es limitado y tendrás que acomodarte a mi disponibilidad horaria. Así que, lo tomas o lo dejas —concluyó.

Jana no lo dudó y se abalanzó sobre él; lo abrazó emocionada, ya que conocía a su profesor y sabía que su probabilidad de éxito con él era prácticamente cero. Haber logrado que la ayudara era un gran logro para ella; la mejor oportunidad que alguien podría brindarle.




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