Omnisciente
Jade se estiró o eso intentó, dado que el cuerpo de alguien más se lo impidió. Levantó el rostro y allí lo encontró, con la somnolencia adueñándose de sus facciones y una hermosa sonrisa.
—Aún no amanece y no-oh —liberó un bostezo—, no creo que pueda conducir a esta hora-ah.
La forma en que su voz se entrecortaba era prueba de lo agotado que se hallaba.
—No te preocupes por eso.
Sonrió levemente.
Antes de ser atrapado por el sueño, se acercó a Jade y la besó con ternura. Volvió a sonreír.
Jade no se arrepentía, pero no sabía qué hacer. Se encontraba en una encrucijada en la que aún le debía una respuesta a Dominic respecto a su matrimonio y, para añadirle una nueva pata al gato, se metió en aquel juego de "la tercera es la vencida": la graduación, la noche en la que engendraron a Zaira y ese instante que aún no finalizaba.
—Santo cielo —musitó entre risas.
Ni siquiera en su juventud se atrevió a involucrarse en algo similar. Le temía a los enredos amorosos y justo en ese momento ella era la responsable de crear uno.
Había un pensamiento que no abandonaba su mente, pues no lograba descifrar si lo que sentía por Axl era algo real o simplemente se trataba de su subconsciente aferrándose al pasado, a aquella idea de amor con la que en gran parte de su juventud soñó y que, aunque intentó materializarla, no funcionó. O tal vez, simplemente, deseaba escapar de la realidad y del dolor que no recordar le provocaba y esa era la única forma que encontró.
En todo caso no había lugar para lamentos.
—¡Basta! —se dijo a sí misma llevando ambas manos a sus mejillas y frotándolas.
Se obligó a salir de su mente, como si cada pensamiento fuera un hilo que tuviera que cortar uno a uno. Cuando por fin lo logró, apartó la mirada del rubio frente a ella y la dejó vagar más allá del cristal de la ventana.
El cielo se alzaba inmenso, de un azul profundo e imponente, salpicado por diminutas luces que titilaban suavemente, casi hipnóticas. Eran tenues… pero algo en ellas resultaba demasiado intenso.
Demasiado familiar.
Sus ojos se cerraron de golpe.
Una punzada le atravesó la cabeza, arrancándole el aire por un segundo. Y entonces, sin aviso, la imagen apareció.
Axl.
Sonriendo con esa timidez suya, ligeramente apenado, ocultándose a medias detrás del lente de una cámara.
Era tan vívido que dolía.
Tan real… que asustaba.
Porque no era un recuerdo cualquiera.
Era exactamente igual a la fotografía que había encontrado en su casa.
—Ya estuve aquí… —soltó un murmullo.
Una brisa helada la recorrió de golpe, haciéndola estremecer.
Las flores invadieron su mente. El perfume también. Y aquellas risas nerviosas que compartieron… regresaron.
Por primera vez desde el accidente, lograba recordar algo.
Pero seguía siendo insuficiente frente a todo lo que había olvidado.
En medio de sus intentos y fracasos por recordar algo más, Jade se rindió y, al igual que Axl, se dejó dominar por el sueño, teniendo presente que descansaba entre los brazos del hombre al que siempre había considerado su primer amor.
Las horas pasaron y mientras ambos descansaban, el cielo azul y estrellado comenzó a ser invadido por la claridad. Rápidamente los rayos de luz se colaron por la ventana y chocaron contra el rostro de Axl que de inmediato se frunció. Abrió los ojos al sentir cómo su rostro ardía y para su suerte, a diferencia de siete años atrás, allí la encontró; no había huido, aún se hallaba entre sus brazos.
Temía que al despertar se encontrara en su habitación junto a un espacio vacío en su cama, pero no, Jade estaba allí para confirmarle que no se trataba de un sueño. Que todo era real y que aquello que diecisiete años deseó por fin se había cumplido.
Incluso con lo rápido que latía su corazón, esa sensación un poco amarga no se alejaba de él, ya que ella aún estaba casada, no recordaba nada y tenía todo el derecho de arrepentirse por lo sucedido.
Axl deseaba quedarse un rato más abrazando a Jade, pero su vejiga quería explotar, por eso hizo su mayor esfuerzo por no despertarla sin saber que ella lo había hecho momentos atrás, pero se sentía tan cómoda entre sus brazos que no se quiso apartar.
—¿Esta es tu venganza? —bromeó recordando que en las ocasiones anteriores ella se desvaneció—. ¿Piensas marcharte y dejarme aquí? —continuó al ver cómo el color abandonaba su rostro.
Contuvo sus risas y solo lo observó.
—¿Q-qué-é? N-no, jamás haría eso —con afán dio su respuesta. No quería que ella se enfadara.
Sin embargo, Jade comenzó a reír y el alma le volvió al cuerpo.
—Es una broma. No te lo tomes en serio —pidió.
Sonrió al confirmar una vez más que ese tímido y tierno chico todavía hacía parte de su esencia.