Omnisciente
Casa de los padres de Jade…
—¿Qué haces en mi habitación? —vociferó. No quería verlo.
—¿Cuánto tiempo estarás así conmigo?
—El que sea necesario para que entiendas la importancia que tienen las promesas que le haces a nuestra hija. Y solo te advierto que no desperdicies tu tiempo diciendo «me equivoqué», porque no es suficiente; solo me irrita más.
Dejó claro que no iba a guardarse nada.
—Y no quiero hablar contigo, así que vete —ordenó.
—Pero yo sí, Jade Moreau.
—Imbécil —insultó—. Solo vete, ¿sí? —pidió nuevamente.
No quería discutir con él; ya estaba cansada, sucia y pegajosa, pues Zaira la había dejado así, por lo que debía darse una ducha.
—Entra, aquí te espero, mi vida —respondió él, lanzándole un beso.
Jade quiso pretender que no le causaba un poco de gracia su actitud; pese a su intento de negarlo, soltó una estrepitosa risa que hizo sonreír con arrogancia a Dominic.
Refunfuñó y, al igual que su hija cuando estaba enojada, dio pasos estruendosos y se dirigió rápidamente al baño. Al cerrar la puerta, con cautela, liberó las carcajadas que Dominic le acababa de provocar. Esa era una de las cosas que la enamoraba de él: que, sin importar la situación u obstáculo al que se enfrentaran, siempre intentaba hacerla reír. Hacía cualquier cosa para que esa sonrisa que se dibujaba en su rostro no desapareciera.
Pero, aun teniendo presente que se aceptaron el uno al otro con sus errores y que juraron amarse y envejecer juntos, el amor tomaba formas distintas. Al parecer, Jade sentía que el suyo se había transformado: en lugar de ser esposos, solo trataban de mantener una buena relación para no herir a su hija, lo cual terminaba siendo lamentable.
Mientras Jade continuaba inmersa en sus pensamientos, Dominic miraba hacia el techo, rogando por ayuda divina; sabía que, aunque Jade hubiese cedido un poco con sus risas, de verdad lo necesitaba. Sin embargo, a causa del sonido del teléfono de ella, perdió la concentración y, como era costumbre en ambos, lo tomó y decidió contestar.
Pero algo llamó su atención: el nombre del contacto.
—Hola, Jade, ¿me recuerdas? Soy tu abogado —dijo, empleando un poco de ironía, la voz que parecía ser un mensaje automatizado.
Su cuerpo se tensó al escuchar esas palabras. El sudor comenzó a correr por su frente, sintiéndose como un balde de agua fría, al tiempo que los latidos de su corazón se desbocaron por culpa del temor que aquella posibilidad provocaba.
—Desde hace un tiempo he tratado de comunicarme contigo para hablar de las opciones que tenemos, si deseas continuar con el proceso de divorcio o, en caso contrario, lo que debemos hacer. Espero tu llamada —finalizó.
El pánico lo invadió. Lo dejó sin la capacidad de procesar correctamente la información que dio el abogado.
La solución más racional que pudo proponerse a sí mismo fue eliminar toda la evidencia de la llamada, la información de contacto y las conversaciones de las aplicaciones de mensajería. Debía retrasar el proceso y conseguir algo de tiempo a su favor para convencerla de que había cambiado y de que aún había posibilidades de recuperar su matrimonio. Sin importar qué, se esmeraría por corregir sus errores y unir las piezas que en el pasado él mismo rompió.
Convencido de que, por el bien de los tres, estaba haciendo lo correcto, dejó el teléfono donde lo encontró y se dirigió al balcón. Sujetó con fuerza la barandilla de metal y suspiró. Elevó el rostro y una vez más se cuestionó, siendo aún incapaz de reconocer o entender las razones por las que había arriesgado a su familia por una estúpida aventura.
Sintió algo extraño descendiendo por su rostro, recorriendo sus mejillas, y suspiró. Bajó la cabeza y sus manos comenzaron a humedecerse por culpa de las lágrimas que se volvieron incontrolables. Su mente y su corazón comenzaban a darse cuenta de que no había marcha atrás, pero él se negaba a aceptarlo.
El leve chirrido de la puerta abriéndose llevó nuevamente su mente y cuerpo al interior de la habitación. Se cruzó con Jade y, sin siquiera atreverse a verbalizar nada, la tomó en brazos, la llevó hasta la cama y ocultó su rostro en el pecho de ella.
—Dominic, ¿qué pasa? —preguntó preocupada, sintiendo las lágrimas de él estallar contra su piel.
—Solo esta noche, luego me marcho —musitó con la voz a punto de quebrarse.
Eso solo aumentó la preocupación de Jade.
—¿Te sientes mal? Si necesitas ir al hospital yo puedo acompañarte, solo dímelo —ofreció. Estaba dispuesta a ayudarlo si él lo necesitaba.
—Lo que me pasa ningún doctor puede arreglarlo —reveló—. Así que te lo suplico, déjame quedarme junto a ti solo por esta noche.
Dudó; no sabía si era correcto y oportuno permitir que eso sucediera en el momento tan desagradable que estaban atravesando, pero decidió no negarse, pues recordó que él fue la única persona que la acompañó y estuvo incondicionalmente con ella durante los años más difíciles de su vida.
—Está bien —dijo, enredando los dedos en su cabello con el propósito de ayudarlo a calmarse y dejar de lado los sentimientos negativos que lo agobiaban.