Atrápanos Si Puedes

CAPITULO XXXIV

Omnisciente

Johann-Bernhardt Universitätsklinikum

A través del cristal, Axl observaba la acalorada conversación que Dominic mantenía con Jade, pero en lugar de sentirse satisfecho o alegre por el fin de su relación, era todo lo contrario: el dolor de verla sufrir era mucho más fuerte que la pizca de esperanza que aún mantenía en que ella todavía lo amara.

—¿Cuánto tiempo llevan hablando? —preguntó, dirigiéndose a Friedrich.

—Horas —dio una respuesta corta.

Su cabeza estaba en otro mundo.

Era consciente de que, aunque Jade sufriera un poco más, él debía asumir la responsabilidad de todo el malentendido causado, pero no sabía por dónde empezar, mucho menos evitar que su hija se alejara una vez más de él. Tampoco que en una nueva ocasión dijera que lo odiaba.

—¿El doctor Wagner estuvo aquí?

Averiguó con la intención de saber si el idiota de su colega, quien desde horas atrás lo estaba evitando, había hecho la guardia correspondiente.

—Sí, pero se marchó para no cruzarse contigo —dijo Friedrich con burla.

Aunque la situación que atravesaban era la peor, se alegraba de ver lo mucho que Axl amaba a su hija. Era satisfactorio saber que alguien, además de él y su esposa, le importaba tanto Jade.

—Cuando lo vea le daré unos buenos golpes —aseguró.

Friedrich negó, dejando que su sonrisa permaneciera intacta.

Ambos se quedaron en silencio, no tenían mucho de qué hablar, dado que Axl aún tenía cierto resentimiento hacia Friedrich por las decisiones que tomó en el pasado y, pese a que intentaba no culparlo, seguía responsabilizándolo por privarlo de la oportunidad de estar presente para Zaira en los momentos en que ella más lo necesitara. Aunque lo intentara, jamás olvidaría que se perdió su primera risa, su sonrisa y el privilegio de llamarlo como tanto deseaba: Papá.

Axl sabía que nunca recuperaría el tiempo perdido, aun así, se prometió estar presente cada vez que ella lo requiera, sin importar que eso condujera a su funeral, ya que la pequeña aún no abandonaba la idea de heredar a temprana edad.

—¡Axl!

Axl escuchó su nombre provenir de aquella dulce vocecita.

Se dio la vuelta y la observó corriendo hacia sus brazos y suspiró, pues era capaz de dar todo lo que poseía con tal de verla dar una vez más sus primeros pasos.

—Hola, princesa.

—Fui a tu oficina y no estabas. Me hiciste buscarte por todos lados —reclamó, cruzándose de brazos.

—Lo siento —De inmediato ofreció su disculpa.

Zaira sonrió, pues ella siempre debía tener la razón.

—¿Con quién vienes? —averiguó, ya que era extraño verla sola y sabía que Friedrich no había abandonado el hospital.

—Mi abuela, pero se quedó atrás porque está hablando con Greta.

Su respuesta le dio tranquilidad.

Sin embargo, justo cuando estaba a punto de hablar respecto a sus planes el próximo fin de semana, Dominic abandonó la habitación de Jade y la expresión en su rostro era señal de que todo entre ellos había terminado. Que Jade no había logrado perdonarlo y no habría más segundas oportunidades entre ellos.

—¡Papi! —Zaira volvió a gritar, olvidándose del lugar en donde se encontraba.

El semblante de Dominic cambió de inmediato y la tristeza que se notaba lo atormentaba fue reemplazada por una enorme sonrisa al escuchar la voz de Zaira y ver su rostro.

Caminó rápidamente a su encuentro y la abrazó con fuerza, permitiendo que algunas lágrimas impertinentes se le escaparan. Axl entendía el motivo, dado que ya se había acostumbrado a vivir junto a ella y, desde ese momento, estarían en países distintos, ya no sería lo mismo. Pero por más que Axl suponía el motivo, no llegaba siquiera a imaginarse que el temor de Dominic era que Zaira lo olvidara, que dejara de amarlo y llamarlo papá.

—¿Por qué lloras? ¿No estás feliz de verme? —preguntó con tristeza al verlo llorar.

—Son lágrimas de felicidad, mi amor. También es porque debo irme y no podré regresar pronto, odio estar lejos de ti —contestó.

—Pero puedo llamarte todos los días y tú a mí, cada vez que me despierte y que me vaya a dormir. Mamá también puede llevarme a verte a ti, a las tías y los abuelos.

Propuso distintas soluciones para que su padre no estuviera triste.

—Así que no llores y dame una linda sonrisa —dijo, llevando sus dedos a la comisura de sus labios y estirándolas.

Dominic no pudo evitar reír y sonreír. Sin importar que se encontraran a horas de distancia y que para Jade fuese difícil verlo en un futuro cercano, haría todo lo que estuviera a su alcance para que esa mirada y esa sonrisa llena de amor siguieran perteneciéndole. No se rendiría con Zaira porque, pese a que no llevaban la misma sangre, compartían un mismo sentimiento: el amor que se tenían el uno al otro, y lo protegería a como diera lugar.

—Entonces dame un beso enorme que dure hasta que vuelva a verte, mi amor, así no estaré triste por mucho tiempo —pidió.




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