Omnisciente
Casa de los padres de Jade…
Tanto Friedrich como Klara se encontraban impacientes, contando los minutos para que Jade por fin saliera de su habitación. Ya rozaban el mediodía y, como era costumbre desde la noche que regresaron del hospital, tomaba el desayuno en la cama y bajaba tarde a almorzar. Ella estaba enojada y decepcionada con ellos; era entendible que no tuviera ganas de hablarles, y menos de verlos, pero debía alimentarse o su estado físico y mental empeorarían.
—Iré a buscarla —avisó Klara, sin poder controlar su ansiedad.
Klara se había equivocado. Aunque no participó directamente en los planes de su esposo, no hizo nada para detenerlo; tuvo una responsabilidad enorme al reservarse la verdad mientras su hija sufría.
Klara abandonó la estancia y caminó hacia las escaleras; sin embargo, cuando estaba a punto de subir el primer escalón, Zaira apareció y se abalanzó sobre ella.
—¿A dónde vas, abuela? —curioseó.
—A buscar a tu mami, cariño —respondió de inmediato.
—No está, salió muy temprano. Lo sé porque fue a mi habitación y me dio un beso antes de marcharse. También dijo que había una carta para ti y el abuelo, que no me preocupara y que me divirtiera con todos, que ella luego volvería.
Lo que Zaira acababa de comunicarle desató sus lágrimas, ya que una vez más sentía que su hija la odiaba y que había huido por su culpa.
—No llores, abuela —pidió la pequeña, pero eso solo aumentó sus lágrimas.
Friedrich se acercó al escuchar a su esposa y, al verla abrazando con fuerza a su nieta, se imaginó lo peor, aquello que tanto temía: Jade había huido porque los odiaba.
Sin embargo, eso no era lo que más le preocupaba, pues la última vez que salió de casa sin decir a dónde se dirigía, sucedió lo del disparo, y recordarlo lo llenaba de un temor aún mayor. Así que tomó su teléfono y llamó a la única persona que podría ayudarlo.
Casa de Axl…
—Demonios —maldijo Axl apenas Friedrich le comentó lo que estaba sucediendo—. Yo me encargo, no se preocupen y cuiden de Zaira —pidió, manteniendo la calma.
—Gracias —contestó Friedrich antes de finalizar la llamada.
Axl se giró hacia sus padres, que se encontraban junto a él. Tenía el día libre y, como tenía algunos temas pendientes por conversar con ellos, habían decidido reunirse en su casa.
—Se fue y no saben dónde está —comunicó antes de que le preguntaran—. Dejó una nota o algo parecido, pero no dijo qué rumbo tomaría. Ya intentaron hablar con ella, pero su teléfono está apagado.
—Hay que llamar a la policía. ¿Y si esas personas vuelven a aparecer? —Anneliese se preocupó.
—La policía está vigilándolos. Dijeron que, en caso de que regresen al país, nos informarán y nos prestarán mayor seguridad.
La comunicación con los agentes no había cesado, y la vigilancia tampoco. El trabajo en conjunto con sus homólogos franceses continuaba, debido a que una de las sucursales que las empresas de la familia Moreau abrirían en el exterior sería en Alemania, y a toda costa deseaban evitar que más grupos ilícitos entraran al país.
—Dejando eso de lado, ¿cómo harás para encontrarla? —cuestionó Genevieve.
Él respondió con una sonrisa, dado que ya se imaginaba dónde debía de estar Jade.
—Creo saber dónde debo ir a buscar…
Dieciséis años atrás…
—Si continúas así, te juro que me quito la venda y todo ter… ter…
No fue capaz de terminar su amenaza, puesto que los labios de su chico misterioso sobre los de ella se lo impidieron.
—No lo volveré a hacer, lo prometo —finalizó él con un último beso.
Jade se conformó con sus palabras. Como acostumbraba, recorrió con delicadeza cada facción del rostro de Axl con el objetivo de hacerse una imagen física de él. Llevaba meses practicando dibujo y aprendiendo cómo reconocer rostros y facciones solo con sus manos. Estaba haciendo trampa e incumpliendo su acuerdo, pero no podía seguir con la misma incertidumbre.
—No soy tonto, deja de hacer eso —pidió él, y en esa ocasión fue ella quien decidió persuadirlo con un beso.
Como Jade no desistió, Axl mordió uno de sus dedos, arrancándole un tierno quejido.
—¿Tienes planes para este fin de semana?
Deseaba estar al tanto de lo que ella hacía por si en algún momento se llenaba de valor para sorprenderla y revelarle su identidad.
—¿Vas a acompañarme? —preguntó ella en broma, y él guardó silencio—. Las chicas me invitaron al lago, pero asistirá mucha gente y no tengo muchas ganas de socializar, porque van a coquetearme y cada día me esfuerzo por no serle infiel a un chico extraño del que estoy enamorada —respondió, añadiendo un toque de ironía.
—¿Estás enamorada? —preguntó él, centrándose nada más en la parte que le interesaba: los sentimientos de Jade.
—¿De verdad? ¿En serio? Tan siquiera dime que sientes celos —pidió desilusionada.