El reflejo frente a ella era casi perfecto. El vestido blanco, ajustado en la cintura y fluido hacia abajo, parecía hecho para alguien más... alguien diferente. Aria se giró lentamente, dejando que la tela acariciara sus piernas, y observó cada pliegue, cada bordado, cada detalle que tantas noches había imaginado para este momento. Todo estaba en su lugar. Todo parecía correcto. Y, sin embargo, algo no encajaba.
No estaba infeliz. Realmente no.
Theo Bennett era todo lo que siempre había creído necesitar: confiable, atento, paciente. La seguridad que ofrecía era tangible, sólida como el mármol de los edificios en Estavia, el distrito donde vivían. Cada loft restaurado, cada café con aroma de pan recién horneado y café intenso, cada escaparate con luz cálida, parecía decirle que todo estaba en orden.
Pero Aria no podía ignorar la sensación sutil, casi imperceptible, que se había instalado en su pecho. Como un espacio vacío que no pertenecía a su presente, sino a un recuerdo que se negaba a desaparecer.
Caminó hacia la ventana del salón, dejando que la luz del atardecer iluminara la habitación y el reflejo de los vitrales del distrito dorara su piel.
Desde allí podía ver Estavia en todo su esplendor: calles limpias , galerías con vitrinas llenas de libros antiguos y arte moderno, bicicletas cruzando entre cafés y panaderías, y los ventanales de los lofts reflejando el cielo anaranjado que anunciaba la noche. Los faroles de hierro forjado empezaban a encenderse, derramando luz cálida sobre las aceras, y los aromas de chocolate, pan y café recién hecho se mezclaban con el aire fresco de la tarde.
Todo parecía perfecto, calculado, seguro. Y, sin embargo, un escalofrío recorrió su columna.
Se sentó en el banco del probador y recogió el cabello con un gesto automático, como si pudiera controlar así lo que no podía controlar dentro de ella. Sus dedos tocaron el reloj de pulsera.
7:43 PM.
Ninguna campana, ningún evento especial. Solo una hora cualquiera. Y aun así, por un instante, la sintió demasiado clara, demasiado exacta, como si la ciudad misma hubiera hecho una pausa junto a ella.
—¿Lista para probar el siguiente vestido? —preguntó la asistente, con voz suave y alentadora—. Te ves... increíble.
Aria forzó una sonrisa y asintió. —Sí... sí, creo que sí.
Mientras hablaba, su mente se deslizó hacia otra época.
Matteo.
Recordó el primer día que lo vio, riendo en medio de una cafetería del Viejo Puerto, el cabello oscuro ligeramente despeinado, la mirada intensa que parecía verla sin filtros, como si pudiera leer cada rincón de su mente.
Sintió el calor de sus manos cuando se entrelazaban, los silencios que eran más profundos que cualquier conversación, la sensación de que juntos podían sostener el mundo sin derrumbarse.
Suspiró y se levantó, dejando que el vestido se moviera con ella. Cada giro frente al espejo era una mezcla de admiración y nostalgia. Se preguntó cómo sería mirar ese mismo espejo junto a Matteo hoy, después de diez años.
La pregunta le dolía, pero no la buscó responder. Tenía un compromiso, un hombre que la amaba y que confiaba en ella. Theo era estabilidad y confianza. Pero, aun con todo eso, el recuerdo de Matteo tenía un peso que no podía ignorar.
El murmullo lejano de la música ambiental del salón, el roce de la tela mientras la asistente ajustaba los pliegues, el aroma del perfume nuevo mezclándose con el olor del pan de los cafés de Estavia... todo parecía suspendido, como si el mundo contuviera la respiración.
Aria cerró los ojos y vio a Matteo: su cabello oscuro desordenado por la brisa, la mirada intensa que parecía leerla hasta el alma, esa mezcla de confianza y vulnerabilidad que siempre la había atraído y aterrorizado al mismo tiempo.
Se obligó a abrir los ojos, a volver a la realidad.
Theo estaba afuera, esperando. Seguro, paciente, listo para construir un futuro estable y predecible. Todo lo que había prometido desear. Y aun así, un recuerdo silencioso la atravesaba: el pasado no se olvida tan fácilmente.
Se apoyó en la ventana, observando Estavia. Desde allí podía ver las calles ordenadas, cafés con luces cálidas, vitrinas llenas de libros y artesanías locales. Todo parecía seguir su rutina normal, como si nada en el mundo hubiera cambiado, aunque ella sentía el peso del tiempo y de los años que habían pasado.
Todo estaba vivo, pero ella se sentía extrañamente fuera de lugar, atrapada entre la certeza de su vida actual y el recuerdo de lo que una vez había sido.
Aria respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos. Su vida estaba construida sobre estabilidad, decisiones cuidadosas y compromisos claros. Y aun así, había algo que no encajaba, un recuerdo que se resistía a desaparecer, una sensación que ninguna certeza podía borrar.
Algunas cosas del pasado no se olvidan tan fácilmente, pensó, y no porque el tiempo las mantenga vivas, sino porque dejan un eco en quien eres ahora, un espacio silencioso que persiste aunque intentes ignorarlo.
No era culpa de nadie. Ni de ella, ni de Theo, ni siquiera de Matteo. Era solo la manera en que los recuerdos se adhieren a la piel, a los gestos, a las decisiones. Y en ese instante, mientras el reflejo del atardecer pintaba de oro las calles de Estavia, Aria se dio cuenta de que estaba viviendo entre dos tiempos: el que había elegido y el que aún no había terminado de dejar atrás.
—No sé si estoy lista —susurró para sí misma, apenas audible.
La asistente la miró, confundida, y Aria forzó otra sonrisa. Pero dentro, algo se quebró.
No era tristeza, ni arrepentimiento. Era... algo más profundo.
Un recordatorio de que algunas historias no terminan, aunque uno trate de dejarlas atrás.
Se giró hacia el espejo y se tocó la cara, como para asegurarse de que estaba ahí, de que no se había perdido en sus recuerdos.
Recordó una tarde con Matteo en el Viejo Puerto, las calles hechas de piedra bajo sus pies, el olor del mar mezclado con la brisa urbana, y cómo había sentido que podía quedarse así para siempre. La memoria dolía y al mismo tiempo la envolvía en una calidez peligrosa, que contrastaba con la calma casi mecánica de su vida presente.
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Editado: 19.02.2026