Aún entre nosotros.

Capítulo 2

Los primeros rayos de sol se colaban tímidamente por las ventanas del loft de Aria y Theo.

La luz dorada dibujaba sombras suaves sobre la madera del piso y los objetos cuidadosamente colocados: la taza que Theo le había traído en su primer aniversario, el jarrón de flores secas que Aria había elegido para la mesa de la cocina, un pequeño cuadro de Estavia que siempre la calmaba.

Todo parecía estable, familiar... seguro. Y aun así, Aria sentía un tirón en el pecho que no podía nombrar.

Desde la cama, observó a Theo dormir. Su respiración era profunda y constante, un ancla silenciosa que la sostenía sin exigirle nada. Cada mañana, ese ritmo tranquilo contrastaba con la inquietud que Aria cargaba dentro: una sensación de que algo estaba pendiente, como un hilo invisible que conectaba su presente con un pasado que no terminaba de cerrar.

Se incorporó despacio, dejando que la manta cayera sobre sus hombros. La luz iluminó el anillo de compromiso en su mano izquierda, y por un instante lo miró como si quisiera encontrar en él una respuesta a lo que sentía.

Pero no había respuesta. Solo un recordatorio de estabilidad, de un amor seguro, de la vida que había elegido construir.

Bajó al suelo, dejando que la alfombra acariciara sus pies, recordándole la suavidad de los días en que la vida era más simple, sin compromisos ni decisiones importantes.

Cada objeto en el loft parecía contar su propia historia, un collage de recuerdos cuidadosamente seleccionados para sostener el presente. Sin embargo, ningún objeto podía sostener lo que Aria sentía en su interior.

Caminó hacia la cocina y comenzó a preparar café. Cada movimiento era rutinario: llenar la cafetera, medir los granos, escuchar el agua hervir. Pero su mente no estaba en el café. Se deslizaba entre los últimos días, repasando reuniones de oficina, almuerzos apresurados, mensajes de sus amigas celebrando su felicidad y la insistencia de su madre sobre los preparativos de la boda.

Todo parecía perfecto, y sin embargo, un hilo invisible la conectaba con algo que no había desaparecido.

Mientras vertía el café en la taza, un recuerdo la atravesó.

Stanza.

Había estado en aquel restaurante la noche anterior con su mejor amiga, Maya, una salida llena de risas y confidencias. La cena había sido una distracción perfecta, pero cuando regreso a casa y se acostó, su mente se negó a descansar.

Al dormirse, tuvo un sueño donde volvió a recorrer otro Stanza, más antiguo, más íntimo.

Cada detalle parecía suspendido en el tiempo, como si la ciudad misma hubiera decidido guardar un fragmento de aquel pasado intacto.

Las luces cálidas y tenues, el aroma del pan recién horneado y del café tostado, las mesas alineadas con una precisión silenciosa... y la silla vacía frente a ella.

Allí estaba Matteo, con su mirada intensa, mezcla de vulnerabilidad y confianza que siempre la había desarmado. Sintió un calor en el pecho, como si él estuviera allí a pesar de que el lugar estuviera vacío. El sueño terminó antes de poder tocarlo, dejándole un sabor dulce y doloroso al despertar.

Al día siguiente, Aria se sumergió en el trabajo. Su despacho estaba lleno de papeles, contratos y casos pendientes, y cada tarea la mantenía ocupada mientras trataba de mantener su mente alejada del recuerdo de Matteo. Se permitió un momento para observar la luz que entraba por la ventana de su oficina, reflejando los destellos del río Narev que corría en paralelo a su edificio. El movimiento constante del agua le recordaba que, aunque todo parecía estable, la vida nunca se detenía del todo.

Cuando Theo la llamó para almorzar, aceptó con una sonrisa que escondía un ligero peso en el pecho. La conversación fue ligera, con planes para el fin de semana, pequeños detalles sobre la boda, y la cotidiana paciencia de Theo que siempre le daba seguridad.

Pero mientras hablaba, Aria no podía evitar pensar en Matteo: su forma de fruncir el ceño cuando concentrado, su voz baja en los momentos íntimos, la manera en que podía alterar su mundo con un gesto mínimo. Incluso Theo, con toda su estabilidad, no podía borrar esas huellas.

A lo largo de los siguientes días, Estavia se convirtió en un collage de pequeños momentos: el sol calentando las calles de piedra, los aromas del café recién molido y pan horneado mezclándose en el aire, el murmullo de voces en cafés y librerías, y los pasos de los transeúntes que dibujaban un ritmo silencioso en la ciudad. Cada gesto de Theo, cada palabra amable, cada demostración de paciencia y seguridad, era un recordatorio de que su vida podía ser hermosa y estable.

Y aun así, los recuerdos de Matteo se filtraban en fragmentos, invisibles para los demás: un banco vacío donde solían sentarse, el reflejo de un río que le recordaba sus paseos, un aroma que la transportaba a una tarde de verano hace años.

Otro día Aria decidió caminar sola por Estavia. Las calles empedradas y los escaparates iluminados la envolvieron en una sensación de calma, aunque no total. Se detuvo frente a un café, respirando hondo.

El aroma del café recién molido llenó sus pulmones y, por un instante, creyó escuchar una risa conocida mezclándose con el murmullo de la ciudad. Cerró los ojos, deseando que fuera solo imaginación, pero su corazón sabía que no lo era del todo. Cada recuerdo se filtraba en su presente, insistente, suave y doloroso a la vez.

Al caminar, Aria se permitió observar detalles que antes pasaban desapercibidos: el letrero antiguo que se mezclaba con los modernos, la textura húmeda del pavimento después de la lluvia, la luz del sol reflejada en los cristales. Todo parecía parte de un mosaico donde el pasado y el presente se entrelazaban. Sintió nostalgia y un vacío a la vez: recuerdos de risas compartidas, de silencios llenos de complicidad, de promesas que no se habían dicho. Y aunque Theo estaba presente en su vida, con su paciencia, estabilidad y seguridad, Aria no podía evitar que su mente y su corazón viajaran a lo que fue.




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