Aún entre nosotros.

Capítulo 3

Matteo llevaba cuatro días en Narev y todavía no sabía si sentirse de regreso o simplemente de paso.

El apartamento que había alquilado en Estavia era cómodo, pero impersonal. Las paredes estaban limpias, sin cuadros. La cocina tenía lo justo: dos platos, dos vasos, una cafetera nueva que todavía no sabía usar bien. La maleta seguía abierta junto al armario. Había sacado camisas, el portátil y algunos documentos, pero el resto permanecía doblado, como si su cuerpo no terminara de aceptar que estaría allí más de unas semanas.

Se despertaba antes de que sonara la alarma. No por ansiedad, sino por costumbre. Desde la ventana veía el río avanzar con esa calma constante que siempre había caracterizado a Narev.

A esa hora, la ciudad no estaba dormida, pero tampoco activa del todo. Algunas bicicletas cruzaban las calles, un par de locales levantaban persianas, y el olor a pan recién hecho se mezclaba con el café de la esquina.

El distrito renovado estaba más cuidado que antes. Las fachadas tenían pintura fresca, los escaparates parecían más modernos. El Viejo Puerto, en cambio, mantenía su mezcla de historia y desgaste. Justo por eso el proyecto lo había interesado.

Caminar hasta la obra cada mañana le ayudaba a ordenar la cabeza. Allí todo era claro: planos extendidos sobre una mesa, decisiones que tomar, fechas que cumplir. Hablaba con los ingenieros, revisaba estructuras, discutía materiales. Se movía con seguridad. En el trabajo no había dudas.

Las dudas aparecían en los trayectos.

En una esquina que reconocía demasiado bien.

En una terraza donde alguna vez había pasado horas sin mirar el reloj.

En el reflejo del agua al atardecer.

No pensaba en Aria como un recuerdo constante. No era así. Pero su presencia estaba integrada en la ciudad, como si formara parte del paisaje.

No había buscado su nombre. No había preguntado por ella. Parte de él creía que era mejor dejar que la información llegara sola, si tenía que llegar.

El cuarto día, mientras revisaba unos planos en la oficina provisional, Tomás pasó a saludarlo. No fue una visita larga. Comentaron el proyecto, recordaron un par de anécdotas antiguas, hablaron de gente en común.

—La ciudad sigue casi igual —dijo Tomás.

—Sí —respondió Matteo—. Solo más ordenada.

Hubo un pequeño silencio que ninguno llenó con lo obvio.

Tomás no mencionó a Aria.

Matteo tampoco preguntó.

Agradeció ese acuerdo tácito.

Al despedirse, Matteo se quedó unos segundos mirando la puerta cerrada. Era consciente de que no podría evitar del todo el cruce de círculos. Narev no funcionaba así. Pero tampoco quería adelantarse a algo que todavía no había ocurrido.

Regresó caminando al apartamento esa tarde. El sol comenzaba a bajar y el río reflejaba una luz suave que le resultaba demasiado familiar. Se detuvo unos segundos apoyado en la baranda del puente.

No estaba triste. No estaba eufórico. Solo estaba allí, sintiendo el peso de haber vuelto.

Esa noche, al volver al apartamento, Matteo dejó las llaves sobre la mesa y se quedó unos segundos de pie en medio del salón, sin encender la televisión ni la música. El silencio no era incómodo, pero tampoco relajante. Era simplemente espacio suficiente para pensar.

No había preguntado por Aria desde que llegó. Ni una vez.

Se había convencido de que era lo correcto. Si el destino quería que se cruzaran, sucedería. Si no, no necesitaba forzarlo.

Pero pensar en ella era inevitable.

Se preguntaba cómo estaría ahora. Si habría cambiado mucho. Siempre había sido segura, incluso cuando dudaba por dentro. Tenía esa manera de sostenerse firme frente a los demás, aunque estuviera procesando algo importante.

¿Seguiría viviendo en el mismo loft?

¿Seguiría caminando por el río al atardecer?

¿Seguiría ordenando los libros por color cuando estaba nerviosa?

Le sorprendía recordar detalles tan simples. No las grandes conversaciones ni las discusiones finales. Sino cosas pequeñas. La forma en que ella fruncía el ceño cuando algo no le cuadraba. La manera en que lo miraba cuando él dudaba de sí mismo, como si realmente creyera que podía hacer cualquier cosa.

Ese recuerdo le incomodaba más que cualquier discusión pasada.

Porque no era fácil sostener la idea de que alguien había confiado tanto en él... y que aun así, él hubiera decidido irse.

No sabía si Aria lo odiaba. Tampoco sabía si lo recordaba con rencor o con indiferencia. La indiferencia, pensó, sería peor.

Se sentó en el sofá y apoyó los codos en las rodillas. No imaginaba un reencuentro dramático. No esperaba conversaciones pendientes en medio de la calle. Lo que sí le inquietaba era la posibilidad de verla simplemente viviendo su vida sin que él tuviera lugar en ella.

Quizá estaba casada.

Quizá estaba comprometida.

Quizá ni siquiera pensaba en él cuando pasaba por los lugares que habían compartido.

La idea le provocó algo difícil de definir. No era celos exactamente. Era conciencia del tiempo perdido.

Durante años había creído que dejarla ir era una decisión necesaria. Que el amor no bastaba si no podía ofrecer algo sólido, algo estable. Se había repetido eso hasta convertirlo en una verdad cómoda.

Pero ahora que caminaba por las mismas calles, la ciudad le devolvía una pregunta que no esperaba:

¿Y si ella no necesitaba que la protegiera?

¿Y si simplemente quería elegir?

Se pasó una mano por el rostro y se obligó a dejar ese pensamiento a un lado. No tenía sentido reconstruir decisiones antiguas con la claridad que solo da el tiempo.

Lo que sí sabía era que volver a Narev no era neutral.

Porque Aria no era solo un recuerdo.

Era parte de cómo él entendía esa ciudad.

Y aunque todavía no la hubiera visto, su ausencia tenía forma.

Al día siguiente, mientras revisaba avances en el puerto, notó que su mirada buscaba sin querer entre la gente que cruzaba la zona. No lo hacía de manera evidente, pero estaba atento. A una figura conocida. A una voz familiar. A cualquier señal.




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