Aún entre nosotros.

Capítulo 4

Esa noche, cuando Aria volvió al loft, no habló del tema.

Theo estaba en el sofá con el portátil sobre las piernas. Levantó la vista cuando ella entró.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Bien. Normal. Mucho vino —respondió, dejando el bolso sobre la mesa.

No era mentira. Tampoco era toda la verdad.

Se duchó, se puso el pijama y se acostó junto a él. Theo apagó la luz después de darle un beso breve en el hombro. Su respiración se volvió constante en pocos minutos.

Aria, en cambio, permaneció despierta.

Matteo volvió.

No sabía por qué esa frase tenía tanto peso. No habían hablado en años. No compartían nada. Su vida estaba encaminada, estable.

Y, sin embargo, la ciudad se sentía más pequeña de repente.

Pensó en las probabilidades. Narev no era enorme, pero tampoco era un pueblo. Podían pasar meses sin cruzarse.

Intentó convencerse de eso antes de quedarse dormida.

El lunes llegó con rutina.

Aria permaneció unos segundos mirando el techo del loft, escuchando la respiración tranquila de Theo a su lado.

Todo seguía igual.

El mismo techo blanco.

La misma luz entrando por la ventana.

La misma estabilidad.

Y, sin embargo, algo estaba desacomodado.

No era tristeza. No era nostalgia exacta. Era una especie de alerta constante, como si su cuerpo hubiera recibido una noticia antes que su cabeza y no supiera qué hacer con ella.

Se movió con cuidado para no despertarlo y fue a la cocina. Preparó café, abrió su agenda, repasó mentalmente el día. Intentaba mantenerse dentro de lo concreto: horarios, reuniones, contratos.

Eso sí sabía manejarlo.

Lo que no sabía manejar era la sensación de estar esperando algo que no quería que ocurriera.

En el despacho logró funcionar con normalidad. Respondió correos, atendió llamadas, corrigió documentos con precisión. Sus compañeras no notaron nada distinto.

Pero ella sí notaba pequeños fallos: releía el mismo párrafo dos veces, escribía un mensaje y lo borraba sin razón, se quedaba mirando la pantalla unos segundos más de lo necesario.

Cada vez que alguien mencionaba el puerto o algún proyecto nuevo en la ciudad, su cuerpo reaccionaba antes que su mente.

El Viejo Puerto estaba lleno de movimiento esa semana. Inversiones nuevas. Reformas. Empresas regresando.

Él trabajaba en eso.

A media mañana tuvo que ir precisamente allí para revisar unos papeles. Mientras caminaba por la zona, el ruido de las máquinas y el olor a metal y agua le trajeron recuerdos que no estaban invitados.

Habían caminado muchas veces por ese mismo lugar cuando aún no había obras, cuando todo era promesa. Matteo señalaba edificios y hablaba de cómo podrían transformarse. Ella lo escuchaba con esa mezcla de admiración y ternura que solo se tiene cuando todavía no hay grietas.

Recordó cómo él gesticulaba cuando se emocionaba, cómo sus manos dibujaban estructuras invisibles en el aire, cómo ella fingía entender términos técnicos solo para verlo seguir hablando.

Aria tragó saliva y siguió avanzando.

No lo vio.

Pero durante toda la reunión estuvo consciente de cada paso detrás de la puerta, de cada voz masculina que pasaba por el pasillo y al salir, su mirada recorrió el espacio casi sin querer.

Buscando o asegurándose de no ver.

El miedo no era encontrarlo.

El miedo era descubrir que aún podía descolocarla con una sola mirada.

Se dijo que era absurdo sentir alivio cuando no lo vio.

Esa misma mañana, Matteo estaba en el extremo opuesto del puerto revisando unas estructuras antiguas. Llevaba casco y planos bajo el brazo. El proyecto avanzaba más rápido de lo previsto y eso lo mantenía ocupado.

Sin embargo, desde que supo —por un comentario casual de Tomás esa tarde anterior— que Aria seguía viviendo en la ciudad, algo había cambiado en su manera de moverse por ella.

No preguntó detalles. No quiso parecer interesado.

Pero la información estaba ahí.

Ella aún estaba en Stavia.

Mientras hablaba con uno de los ingenieros, notó que su atención se dispersaba cada vez que alguien cruzaba por el muelle. No de forma evidente, pero sí suficiente como para irritarlo.

Pero su mente no imaginaba saludos breves. Imaginaba el instante exacto en que sus ojos se encontrarían. Imaginaba si ella apartaría la mirada primero. Imaginaba si habría reproche. O indiferencia. Y no sabía cuál de las dos cosas le asustaba más.

Se obligó a concentrarse.

No había vuelto por eso.

El martes, Aria trabajó desde una cafetería en Estavia durante la mañana. Necesitaba cambiar de ambiente para revisar unos documentos largos.

Eligió una mesa junto a la ventana.

Cuando el camarero dejó el café frente a ella, el olor le resultó demasiado familiar. No por la bebida en sí, sino por la memoria asociada a ese tipo de lugares. Tardes largas. Conversaciones que parecían no terminar.

Sacudió la cabeza y abrió el portátil.

Cada vez que la puerta del local se abría, su mirada se levantaba unos segundos antes de que pudiera evitarlo.

Se sentía ridícula.

No quería verlo.

Pero tampoco quería que el primer encuentro fuera una sorpresa total.

Esa contradicción la acompañó toda la semana.

Matteo, por su parte, evitó deliberadamente ciertos sitios.

No entró en Stanza.

No pasó por la calle donde estaba el antiguo loft de Aria.

No preguntó a nadie por ella directamente.

Pero Narev no ayudaba.

El miércoles, mientras cruzaba el puente principal al final del día, vio a lo lejos una figura con el cabello recogido que, por un segundo, le pareció ella.

El corazón le dio un golpe rápido.

No era.

Se quedó unos segundos más de lo necesario apoyado en la baranda, molesto consigo mismo.

No sabía si quería verla para confirmar que estaba bien... o para confirmar que ya no tenía lugar en su vida.




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