Matteo no miró atrás cuando se separaron.
No porque no quisiera, sino porque sabía que si lo hacía rompería algo que apenas habían logrado sostener. Caminó un par de calles con el mismo paso firme que había mantenido frente a ella, pero en cuanto dobló la esquina y dejó de sentir su presencia a la espalda, redujo la velocidad sin darse cuenta.
El ruido de la ciudad volvió a ocupar su lugar: motores, conversaciones sueltas, el murmullo constante del río a lo lejos. Todo seguía funcionando con normalidad.
Dentro de él, no.
Había imaginado ese encuentro más veces de las que admitiría. Se había dicho que sería simple, que bastaría con un saludo correcto y unas frases neutrales. Pensó que el tiempo habría hecho su trabajo. No había previsto el impacto inmediato de verla de nuevo, la forma en que su cuerpo reaccionó antes de que pudiera ordenar un pensamiento coherente.
Aria se veía bien, y no en un sentido superficial. Había algo distinto en la manera en que ocupaba el espacio, en cómo sostenía la mirada sin temblar. Se veía más asentada, más segura de sí misma. Y esa seguridad le produjo una mezcla incómoda de orgullo y distancia, como si estuviera observando el resultado de un proceso del que él ya no formaba parte.
Mientras cruzaba el puente, repasó cada segundo del encuentro con una precisión casi obsesiva. La pausa antes de que ella respondiera. El tono controlado de su voz. El hecho de que no hubiera reproches, pero tampoco cercanía. No había frialdad en ella, y eso era lo que más lo descolocaba.
Si hubiera sido distante, si lo hubiera tratado como a un extraño, habría sabido dónde pararse. Pero lo que hubo entre ellos fue algo más complejo, algo que no encajaba en una categoría cómoda.
Al llegar a su apartamento dejó las llaves sobre la mesa y se quedó de pie en medio del salón, como si necesitara unos segundos para reubicarse.
Había trabajado demasiado para construir la estabilidad que ahora lo rodeaba: contratos firmes, proyectos en marcha, una reputación sólida. Exactamente lo que, años atrás, no tenía cuando empezó a sentir que no era suficiente para ella.
Y sin embargo, verla no le dio sensación de triunfo. Le dio una pregunta.
Si ahora era el tipo de hombre que quería ser, ¿por qué la idea de hablar con ella seguía haciéndolo sentir como el mismo chico inseguro que decidió marcharse antes de arruinarlo todo?
Creció viendo a su padre perder trabajos y escuchar a su madre convertir la incertidumbre en reproche. Aprendió muy pronto que el amor podía volverse frágil cuando la estabilidad fallaba.
Cuando sus propios proyectos comenzaron a tambalearse, cuando la duda se instaló en su pecho, no pensó en pedir ayuda ni en compartir el miedo. Pensó en adelantarse al fracaso. En irse antes de convertirse en una carga. En protegerla de una versión de sí mismo que ni él soportaba.
Nunca le dio la opción de decidir.
Y ahora, después de años, esa era la parte que más pesaba.
Aria logró llegar a casa sin detenerse, aunque cada paso le resultó extrañamente consciente, como si su cuerpo estuviera intentando procesar algo que su mente todavía no quería nombrar. Cerró la puerta del loft con cuidado para no hacer ruido y dejó el bolso sobre la mesa. Theo estaba en la cocina preparando algo de cenar; la saludó con una sonrisa tranquila, la misma de siempre.
Ella le devolvió la sonrisa con naturalidad. Y eso fue lo que más la inquietó.
Porque nada en su exterior había cambiado. Podía hablar, podía moverse, podía mantener una conversación sobre asuntos cotidianos sin que la voz le temblara. Pero por dentro sentía una ligera alteración, una vibración constante que no lograba apagar desde que lo vio.
Durante la cena escuchó a Theo hablar sobre su día. Asentía, hacía preguntas, intervenía cuando correspondía. Lo quería. Eso era real.
Había elegido una vida que tenía sentido, una relación donde no tenía que preguntarse si mañana todo iba a desmoronarse.
Y aun así, mientras lo observaba gesticular con entusiasmo, una parte muy pequeña de su mente regresaba a la calle, al momento exacto en que los ojos de Matteo se encontraron con los suyos.
No hubo reproche en su mirada.
Eso la descolocó.
Durante años pensó que, si lo volvía a ver, sentiría rabia acumulada. Había rehecho mentalmente la escena muchas veces: ella firme, distante, intocable.
Pero lo que sintió no fue eso. Fue una especie de reconocimiento silencioso, como si algo que había permanecido guardado simplemente hubiera despertado sin pedir permiso.
Esa noche, cuando se acostó junto a Theo y apagaron la luz, tardó más de lo habitual en dormirse. Escuchaba su respiración constante y se concentraba en ella como si fuera un ancla. Intentaba convencerse de que el encuentro no significaba nada más que eso: una coincidencia inevitable en una ciudad que compartían.
Pero su mente no cooperaba.
Se preguntó cómo habría sido la vida si él no hubiera decidido marcharse sin explicaciones claras. Si le hubiera permitido elegir. Si en lugar de cerrar la puerta de golpe, hubiera dicho que tenía miedo.
Esa fue la parte que más dolió siempre: no la ruptura en sí, sino la sensación de que no la consideró lo suficientemente fuerte como para quedarse incluso en el desorden.
Al día siguiente se obligó a mantener la rutina. Llegó temprano al despacho, revisó contratos, sostuvo reuniones con una concentración casi disciplinada. Funcionaba mejor cuando tenía tareas concretas. Lo abstracto era lo peligroso.
Sin embargo, la ciudad parecía haber cambiado ligeramente de forma. Cada calle cercana al puerto le recordaba que ahora él caminaba por los mismos lugares. Cada noticia sobre nuevos proyectos urbanos la hacía pensar que, en algún punto, su nombre estaría implicado.
No lo buscaba.
Pero tampoco podía evitar imaginarlo.
Se sorprendió pensando en cómo se veía más adulto, más firme. Había algo distinto en su postura, en la manera en que hablaba. No era el joven que se marchó con una mezcla de ambición y miedo en los ojos. Era alguien que había atravesado cosas.
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Editado: 19.02.2026