Aria empezó a notar que Theo la observaba más.
No de una manera invasiva. No desconfiada. Simplemente atenta.
Una tarde, mientras ella revisaba unos documentos en la mesa del salón, él se acercó por detrás y apoyó las manos a ambos lados de la silla. No dijo nada al principio. Solo dejó un beso breve en su cabello.
—Has estado trabajando mucho esta semana —comentó con suavidad.
Era una frase normal. Cotidiana.
Pero Aria sintió un pequeño nudo en el estómago.
Porque sabía que no era solo trabajo.
—Sí... ha sido pesada —respondió sin levantar la vista.
Theo asintió. No pidió detalles. No cuestionó.
Solo arrastró una silla y se sentó frente a ella con su portátil, acompañándola en silencio.
Ese gesto fue lo que más le dolió.
No la estaba interrogando. No la estaba presionando. Estaba simplemente ahí.
Y ella, por primera vez en mucho tiempo, se sintió ligeramente deshonesta en su propia casa.
El jueves por la noche salieron con amigos. Una reunión pequeña, risas, música baja, copas que se llenaban sin que nadie llevara la cuenta exacta.
Aria logró relajarse durante un rato. Habló, se rió, contó una anécdota del despacho. Se sintió casi normal.
Hasta que alguien mencionó el nuevo proyecto del puerto.
No dijeron su nombre.
Pero no hacía falta.
Sintió el cambio en su cuerpo antes que en su expresión. Una tensión mínima en los hombros. Un segundo de silencio más largo de lo natural.
Theo, sentado a su lado, lo notó.
No hizo ningún comentario en el momento. Continuó la conversación con naturalidad, incluso cambió ligeramente el tema sin que pareciera forzado.
Ese fue el tipo de cosas que hacía.
Más tarde, cuando caminaban de regreso a casa, él tomó su mano como siempre. Sus dedos entrelazados eran firmes, cálidos, estables.
—¿Te incomodó algo esta noche? —preguntó en tono tranquilo.
No había sospecha en su voz. Solo interés genuino. Aria negó de inmediato.
—No, para nada.
Theo la miró un segundo más de lo habitual, como si evaluara la respuesta. Luego asintió.
—Si algo te remueve... prefiero saberlo contigo que notarlo desde fuera.
La frase fue suave. Sin reproche. Sin dramatismo.
Y eso hizo que la culpa se expandiera dentro de ella como una mancha lenta porque no estaba mintiendo exactamente pero tampoco estaba siendo honesta.
Esa noche, en la cama, Theo la abrazó por la cintura. Aria apoyó la cabeza en su pecho y escuchó el ritmo constante de su respiración.
Seguro. Estable. Predecible.
Cerró los ojos e intentó concentrarse en eso.
Pero la imagen volvió sin permiso: Matteo bajo la luz fría de la calle, mirándola como si el tiempo no hubiera sido suficiente para borrar lo que fueron.
Aria sintió el peso de esa comparación y la rechazó de inmediato.
No era justo.
Theo no había hecho nada para merecer estar en competencia con un recuerdo.
Giró ligeramente y lo abrazó con más fuerza, casi como una decisión. Él respondió al gesto sin decir nada, acercándola más. Y en esa cercanía, Aria entendió algo que la inquietó profundamente:
No temía volver a ver a Matteo.
Temía que, cuando volviera a verlo, algo dentro de ella respondiera antes de que pudiera impedirlo.
Y eso no solo la afectaría a ella.
También afectaría a alguien que no tenía idea de que una grieta mínima acababa de abrirse.
El viernes por la noche era evento anual de recaudación de fondos para la renovación del Viejo Puerto que siempre reunía a medio Narev. Empresarios, abogados, arquitectos, ingenieros, prensa local, amigos que aparecían por invitación indirecta. Era el tipo de noche donde todos fingían naturalidad mientras evaluaban silenciosamente los movimientos de los demás.
Aria no quería ir.
Pero su presencia tenía sentido profesional y social. Además, Theo estaba genuinamente entusiasmado. Le gustaban esos espacios donde podía conversar, intercambiar ideas, sentirse parte de algo que crecía.
Cuando llegaron, el edificio restaurado estaba iluminado con luces cálidas que contrastaban con la oscuridad del río detrás. Música suave. Copas de vino. Conversaciones cruzadas que formaban un murmullo constante.
Theo apoyó una mano en la parte baja de la espalda de Aria mientras avanzaban entre la gente. El gesto era natural, protector sin ser posesivo.
Y fue exactamente ese gesto el que Matteo vio primero.
No a ella.
La mano.
Estaba conversando con un grupo de inversionistas cuando, por encima del hombro de uno de ellos, la distinguió al otro lado del salón. Tardó menos de un segundo en reconocer la curva de su perfil, la forma en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba.
Y luego vio al hombre a su lado.
La cercanía.
La familiaridad.
El modo en que él se inclinó ligeramente para decirle algo al oído y Aria sonrió.
No fue una sonrisa forzada.
Fue cómoda.
La conversación frente a Matteo siguió, pero él dejó de escuchar. Sintió algo directo y poco elegante atravesarle el pecho. No era sorpresa racional —sabía que su vida había seguido—, pero verlo era otra cosa.
No era una posibilidad abstracta.
Era real.
—¿La estás viendo? —preguntó Tomás a su lado en voz baja.
Matteo no respondió de inmediato.
—Sí.
Tomás siguió la dirección de su mirada y entendió en segundos.
—Ese es Theo —dijo—. Llevan tiempo juntos.
La información cayó con una calma brutal.
Llevan tiempo.
Matteo asintió apenas, sin apartar la vista.
Aria en ese momento levantó la mirada y lo vio.
El reconocimiento fue inmediato. No hubo sorpresa esta vez, solo una tensión que cruzó el espacio entre ambos como un hilo invisible.
Theo notó el cambio en ella. Fue mínimo: la rigidez de la postura, la respiración que se sostuvo una fracción de segundo.
Siguió la dirección de su mirada.
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Editado: 19.02.2026