Aún entre nosotros.

Capítulo 7

El evento terminó más tarde de lo que Aria había previsto, y aun así, cuando salió al aire frío de la noche junto a Theo, sintió que algo dentro de ella seguía demasiado despierto como para descansar.

La música aún vibraba levemente en sus oídos, pero lo que realmente la acompañaba era la imagen repetida de Matteo al otro lado del salón, la manera en que la había mirado sin apartar la vista de inmediato, como si entre ambos todavía existiera una conversación suspendida que nadie se había atrevido a retomar.

En el coche, el silencio no fue incómodo al principio. Theo conducía con la serenidad habitual, una mano relajada sobre el volante, la otra descansando cerca de ella. Aria apoyó la cabeza contra la ventana y observó las luces del puerto alejándose poco a poco.

Sabía que él terminaría preguntando. No porque fuera desconfiado, sino porque era atento. Y esa atención, que siempre le había parecido una de sus mayores virtudes, esa noche comenzó a pesarle.

—¿Quieres hablar de lo que pasó? —preguntó finalmente Theo, sin dramatismo, sin presión.

Aria tardó unos segundos en responder, no porque no supiera qué decir, sino porque no estaba segura de cuánto debía decir.

—No pasó nada —contestó al fin—. Solo fue raro.

Theo asintió despacio.

—¿Raro cómo?

Ella dudó. La palabra exacta no era "incómodo". Tampoco era "doloroso". Era algo más complejo, algo que implicaba historia y memoria.

—No esperaba verlo así. En ese contexto. Eso es todo.

Theo no insistió. No hizo preguntas incómodas ni pidió detalles que no le habían sido ofrecidos. Pero Aria notó el pequeño cambio en su postura, una leve tensión en la mandíbula que él intentó disimular. No era celos lo que veía. Era conciencia.

Los días siguientes se desarrollaron con una normalidad casi forzada. Aria se levantaba temprano, trabajaba, respondía correos, asistía a reuniones. Su vida seguía organizada, estructurada, exactamente como la había construido en los últimos años. Y sin embargo, había momentos en los que su mente se escapaba sin permiso.

Un edificio en construcción le recordaba conversaciones antiguas sobre proyectos que Matteo soñaba realizar. Un comentario en la oficina sobre la renovación del puerto activaba en ella una memoria que creía archivada.

En casa, Theo continuaba siendo el mismo. Preparaba café antes de que ella bajara, dejaba notas breves en la encimera cuando se iba antes al trabajo, la escuchaba con atención cuando hablaba de algún problema en el despacho.

Esa constancia, que durante años le había dado una sensación de seguridad casi tangible, empezó a confrontarla de una manera incómoda. Porque mientras más bueno era él, más evidente se volvía la parte de ella que no estaba siendo completamente honesta.

El miércoles por la noche, la conversación que parecía inevitable terminó ocurriendo sin que ninguno de los dos la buscara realmente. Estaban cenando algo sencillo en la cocina cuando Theo mencionó, con tono práctico, que quizás el próximo año podrían empezar a buscar un lugar más amplio. No lo dijo como una propuesta urgente, sino como una proyección natural, como quien asume que el camino compartido continúa.

Aria dejó el tenedor sobre el plato con más cuidado del necesario.

—¿Mudarnos? —preguntó, intentando que su voz no revelara la inquietud que sintió.

—No ahora —aclaró él enseguida—. Solo digo que podríamos empezar a mirarlo con tiempo. Si seguimos aquí, este espacio se nos va a quedar pequeño.

Si seguimos aquí.

La frase, sencilla y lógica, le pesó más de lo que debía. No porque dudara de Theo, sino porque en ese momento se dio cuenta de que su mente no estaba proyectando futuro con la misma claridad.

—No sé si quiero pensar en eso todavía —respondió.

Theo la miró con una mezcla de sorpresa y cautela.

—Es solo planear, Aria. No estamos firmando nada.

—Lo sé. Solo... no todo tiene que estar decidido con tanta anticipación.

El silencio que siguió no fue hostil, pero sí revelador. Theo apoyó los brazos sobre la mesa y la observó con una atención que no buscaba conflicto, sino verdad.

—Desde el evento estás distinta —dijo finalmente.

Aria sostuvo su mirada. Sabía que no podía seguir esquivándolo.

—Fue extraño verlo. Eso es todo.

Theo asintió, pero no apartó los ojos.

—¿Todavía sientes algo por él?

La pregunta llegó sin acusación, pero con una honestidad que la dejó sin defensa inmediata. Aria sintió cómo el impulso de responder "no" se mezclaba con una vacilación mínima, casi imperceptible. Ese segundo de demora fue suficiente. Lo vio reflejado en la expresión de Theo, no como enojo, sino como comprensión dolorosa.

—No —dijo, en voz baja—. Pero verlo... me hizo sentir extraña.

Theo bajó la mirada un instante y luego volvió a alzarla. No gritó. No exigió garantías. Solo respiró hondo.

—No quiero competir con un recuerdo —dijo con calma—. Si algo sigue abierto, prefiero saberlo ahora.

Aria sintió que la culpa se asentaba de manera más concreta. Porque Theo no estaba reclamando posesión. Estaba ofreciendo espacio para la verdad. Y ella no estaba segura de poder dársela completa.

Esa noche durmieron más separados de lo habitual. No hubo discusión formal ni ruptura evidente, pero el espacio entre sus cuerpos fue más consciente.

El viernes, al salir del trabajo, Aria decidió caminar sin rumbo claro. Necesitaba ordenar lo que sentía sin tener que explicarlo. Las calles de Estavia estaban llenas de gente, restaurantes iluminados, conversaciones que se mezclaban en el aire frío. No se dio cuenta de hacia dónde se dirigía hasta que reconoció la fachada.

Stanza.

El restaurante estaba exactamente igual. Las mesas ocupadas, el murmullo constante, la luz cálida detrás de los ventanales. Se detuvo frente al vidrio, sin intención de entrar. Solo miró.

Entonces vio el reloj detrás de la barra.




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