Aún entre nosotros.

Capítulo 8

Los días siguientes transcurrieron con una normalidad que parecía cuidadosamente ensayada.

Aria se refugió en el trabajo con una disciplina que rozaba la obstinación. Llegaba antes que el resto del equipo, revisaba contratos con una precisión casi quirúrgica y se ofrecía para reuniones que normalmente habría delegado. Era más sencillo debatir cláusulas y plazos que permitir que su mente regresara al puerto, al sonido del río, a esa conversación breve que no había sido suficiente.

Entre correos, llamadas y presentaciones, Aria se encontraba casi mecánica. Preparaba argumentos legales, revisaba documentación y aseguraba que todo estuviera en orden para los clientes más exigentes. Cada firma, cada plazo cumplido, se convertía en un recordatorio silencioso de que podía controlar algo, aunque fueran minutos de su tiempo y no los recuerdos que se colaban sin permiso.

En casa, Theo mantenía la misma rutina estable y discreta que la había acompañado durante meses. Preparaba café antes de que Aria bajara, dejaba notas breves en la encimera cuando salía, revisaba sus propios proyectos en la sala mientras ella trabajaba. Sus gestos, mínimos y constantes, se habían convertido en la base de la seguridad que Aria había aprendido a aceptar. Y, sin embargo, cada sonrisa o comentario casual la hacía consciente de que había otra parte de su atención que no podía controlar.

Por su parte, Matteo había retomado su ritmo profesional con la misma intensidad que siempre lo caracterizó, pero con un matiz distinto: más centrado, más calculador. Sus días se llenaban de planos, reuniones con contratistas y visitas a obras.

Caminaba por la ciudad con un ojo puesto en los edificios, en las estructuras, en cómo cada proyecto podía integrarse al paisaje urbano que recordaba y en el que Aria estaba inevitablemente presente.

Las noches eran cortas, a menudo acompañadas de bocetos y llamadas de última hora con su equipo, pero encontraba en la actividad constante una manera de mantener su mente ocupada, evitando que los recuerdos de ella lo alcanzaran con demasiada fuerza.

Y aun así, mientras revisaba planos en su estudio, Matteo encontraba pequeños detalles que le recordaban conversaciones antiguas con Aria: la forma en que ella comentaba sobre la funcionalidad de los espacios, su insistencia en que todo debía tener un propósito y sobre todo, cómo su atención al detalle reflejaba algo de su propio carácter.

Con Theo, Aria continuaba funcionando en la rutina habitual, pero ahora con una sensibilidad nueva. Él no hacía preguntas directas, no exigía explicaciones, pero la observaba más.

Notaba cuándo ella se quedaba unos segundos en silencio antes de responder. Notaba cuándo sonreía un poco tarde, cuándo sus dedos se demoraban en tocar un documento.

No era desconfianza. Era intuición.

Aria lo quería. Eso era real.

Lo admiraba y confiaba en él. Tenía a su lado alguien estable, alguien que no hacía falta medir a cada instante, alguien cuya constancia era un refugio silencioso.

Pero también era real que algo dentro de ella estaba en movimiento, un hilo invisible que se tensaba ante cualquier recuerdo de Matteo. La ciudad, el puerto, el eco de sus pasos juntos, la manera en que él sostenía la mirada; todo eso, aunque apenas perceptible, empezaba a colarse en su día a día, entre contratos, reuniones y el aroma del café que Theo siempre preparaba con la misma precisión.

Cada tarde, mientras Aria revisaba papeles, y Matteo caminaba por las calles revisando estructuras, los mundos de ambos seguían funcionando de manera paralela. Separados, ocupados, pero inevitablemente conscientes de que algo que creían cerrado aún respiraba bajo la superficie.

El segundo encuentro ocurrió una semana después, otra vez cerca del puerto, aunque esta vez no fue completamente casual.

Aria salía de una reunión con representantes del ayuntamiento. Habían discutido modificaciones legales relacionadas con la expansión de una zona comercial cercana al río. Mientras caminaba revisando notas en su teléfono, escuchó su nombre.

—Aria.

No fue sorprendente. Fue inevitable.

Matteo se acercaba desde el acceso lateral del edificio donde se coordinaban las fases técnicas del proyecto. Vestía camisa clara, mangas ligeramente remangadas, planos enrollados bajo el brazo. Se veía menos distante que en el evento social. Más en su terreno.

—No sabía que estabas trabajando directamente con el ayuntamiento en esto —dijo él cuando estuvo frente a ella.

—No lo estoy directamente. —Aria guardó el teléfono—. Mi firma asesora en la parte contractual. Permisos, licitaciones, cláusulas de responsabilidad. La parte menos visible.

Matteo sonrió apenas.

—La parte que evita que todo se venga abajo.

Ella sostuvo su mirada.

—La parte que evita demandas millonarias.

Esa vez la sonrisa fue más clara.

Caminaron unos pasos juntos casi sin decidirlo. No demasiado cerca. No demasiado lejos.

—He visto las modificaciones que propusieron la semana pasada —dijo Matteo—. Cambiaron el esquema de uso mixto.

—Lo ajustamos —respondió Aria—. Había demasiadas zonas grises. Si el proyecto crece, las reglas tienen que ser claras desde el inicio.

—Siempre fuiste así —comentó él, mirándola de reojo—. Ordenabas todo antes de que el resto notara el desorden.

No fue una acusación.

Tampoco fue un elogio sencillo.

Aria lo sintió en el estómago.

—Y tú siempre empezabas algo enorme sin estar seguro de cómo lo ibas a terminar.

Matteo soltó una risa baja.

—Eso sigue siendo cierto.

La conversación fluía mejor cuando hablaban de trabajo. Era territorio neutral, pero no vacío. Ambos entendían lo que el otro hacía. Se respetaban ahí.

—¿Te ha gustado volver a la ciudad? —preguntó Aria después de unos segundos.

Matteo se tomó el tiempo de pensar antes de responder.

—Es extraño. Stavia se ve más pequeña de lo que recordaba. Pero más compleja.




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