Aria comenzó a alejarse, sus pasos medidos, casi conscientes de cada movimiento. La brisa del río movía su cabello y el sonido del agua le resultaba más intenso de lo habitual. Por un momento, cerró los ojos, tratando de ordenar lo que acababa de suceder. La conversación había sido breve, civilizada, profesional incluso, pero no podía negar la tensión subyacente que la había recorrido como un escalofrío.
Se reprochó internamente lo rápido que su mente había buscado cualquier señal en sus palabras, en su tono, en la forma en que la miraba. No había preguntas sobre el pasado, no había reproches ni acercamientos indebidos, y sin embargo, se sentía desarmada. Cada pequeño gesto, cada pausa, cada mirada contenía algo que no había podido identificar todavía.
"Fue solo un saludo... solo eso", se dijo, intentando imponerse racionalidad.
Pero la lógica no calmaba el cuerpo ni la mente. Su corazón latía un poco más rápido de lo normal, y un recuerdo persistente de cómo era con él años atrás aparecía de manera insistente, inesperada, como si el tiempo nunca hubiera pasado realmente.
Mientras caminaba, Aria notó la normalidad de la ciudad que la rodeaba: las luces del puerto reflejándose en el agua, el murmullo de conversaciones lejanas, los pasos de los transeúntes sobre el pavimento húmedo. Todo seguía intacto, ajeno a lo que acababa de ocurrir. Y aun así, dentro de ella, algo se había movido.
Se obligó a enfocarse en la rutina: la reunión que le esperaba, los contratos que revisar, los correos pendientes. Pero incluso mientras planificaba mentalmente la tarde, no podía quitarse la sensación de que había algo que se había desordenado dentro de ella, un hilo invisible que había estado dormido y que ahora vibraba con fuerza.
Pensó en Theo, en la seguridad que él le daba, en la vida que habían construido juntos. Y, al mismo tiempo, no pudo evitar reconocer la inquietud que Matteo había reavivado: una mezcla de nostalgia y curiosidad, de reconocimiento y pregunta silenciosa.
No era rabia, no era deseo explícito; era algo más difícil de definir. Algo que pertenecía al terreno de lo que no se dice pero se siente con claridad.
Respiró hondo y apretó levemente el bolso contra su costado, como si ese contacto físico pudiera anclarla al presente. Sabía que la racionalidad le decía que todo estaba en orden, que no había ningún conflicto real que enfrentar. Pero también sabía que esa racionalidad tenía límites, y Matteo, con su sola presencia, los había mostrado.
Mientras giraba la esquina para dirigirse al despacho, se obligó a repetir en silencio: "Solo un encuentro. Nada más."
Y aun así, la frase sonaba vacía incluso para ella. Porque no había sido solo un encuentro. Había sido un recordatorio silencioso de lo que alguna vez importó y de lo que todavía podía importarle.
Cada paso que la alejaba de Matteo era, al mismo tiempo, un paso hacia la comprensión de que algo dentro de ella había despertado. Algo que no estaba preparado para cerrar, ni para ignorar, ni para comprender del todo.
Y mientras caminaba, la imagen de él frente a ella se mezcló con otra, distante pero vívida: un día hace años, en la universidad, cuando todo había empezado.
La primera vez que lo vio no sabía que cambiaría tanto su vida...
Aria recordaba con claridad ese momento, aunque había pasado más de diez años. Tenía veinte, estaba a punto de terminar un semestre intenso en la facultad de Derecho y cargaba consigo la mezcla constante de ansiedad y entusiasmo que definía sus primeros años universitarios.
Entre libros y exámenes, había aprendido a sonreír incluso cuando la presión parecía aplastarla, a proyectar seguridad mientras su mente corría a mil por hora resolviendo casos hipotéticos.
Matteo, con veintidós años, estudiaba Arquitectura. Su mundo era diferente, pero no tanto: planos, estructuras, maquetas y debates sobre cómo transformar el espacio que los rodeaba. Tenía esa mezcla de concentración absoluta y una espontaneidad que le daba vida a sus días; podía pasar de revisar un diseño con obsesión a bromear sobre una esquina del campus con la misma facilidad.
Se conocieron gracias a amigos en común, en una tarde que había empezado como cualquier otra: un encuentro improvisado en la cafetería universitaria, con risas compartidas, conversaciones sueltas sobre profesores, exámenes y planes de verano.
Aria estaba sentada con un grupo de amigas, revisando apuntes para un examen de Derecho Constitucional. Matteo llegó con su propio grupo de compañeros de Arquitectura, discutiendo sobre los últimos cambios en la biblioteca y cómo eso afectaba la luz natural para sus maquetas.
Al principio, no fue más que un cruce accidental de miradas. Matteo se inclinó para escuchar algo que uno de sus amigos decía, y sus ojos se encontraron con los de Aria.
Ella apartó la mirada al instante, como si reconociera una chispa de interés que no sabía manejar, pero no pudo evitar sentirse curiosa. Había algo en la forma en que él se movía, con seguridad sin arrogancia, que despertó su atención.
—¡Aria! —gritó una de sus amigas, interrumpiendo sus pensamientos.
Matteo aprovechó el ruido para acercarse, acompañado de una sonrisa fácil y natural que parecía romper cualquier barrera de formalidad—. Escuché que estudias Derecho, ¿verdad? —dijo, con tono casual, pero con una curiosidad genuina.
Ella lo miró, midiendo por un segundo si responder. Algo en su mirada, sin embargo, la hizo relajarse. —Sí, Derecho —respondió—. ¿Arquitectura?
—Exacto —asintió él—. Aunque hoy, honestamente, estoy más preocupado por sobrevivir a la biblioteca que por planos.
Fue suficiente para que la conversación fluyera. Hablaron de sus carreras, de cómo cada uno veía la ciudad y los espacios que habitaban. Matteo no dejaba de hacer preguntas, interesado sin ser invasivo. Aria, por su parte, encontró sorprendente lo fácil que era explicarle detalles de su mundo legal sin sentirse juzgada o aburrida. Su curiosidad era honesta, casi contagiosa.
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Editado: 19.02.2026