Aún entre nosotros.

Capítulo 10

Los días posteriores al encuentro en la acera transcurrieron con la misma rutina que ambos habían aprendido a sostener: Matteo se sumergió en planos, renders y reuniones con contratistas; Aria en contratos, negociaciones y revisiones de cláusulas que parecían no terminar nunca.

Sus trabajos, aunque distintos, seguían conectados: el proyecto del puerto se había convertido en un eje silencioso que, de alguna manera, mantenía un hilo entre ellos, incluso cuando no lo reconocían abiertamente.

Matteo se despertaba temprano, repasando mentalmente el estado de los proyectos, evaluando avances, reajustando cronogramas. A veces, sin querer, se sorprendía pensando en Aria, cómo hablaba, cómo movía las manos cuando explicaba un punto legal complicado, cómo miraba a su alrededor con una seguridad que él había perdido en algún momento de su propia juventud.

Se decía que debía concentrarse, que cualquier distracción podía ser peligrosa; y aun así, su mente volvía a ella de manera casi automática.

Aria, por su parte, trabajaba con precisión militar, pero no podía negar que cada notificación, cada correo con referencias al puerto o a la renovación urbana activaba un leve recuerdo del encuentro.

Theo notaba su distancia, la diferencia sutil en cómo Aria se concentraba o vacilaba por un instante antes de responder. No decía nada, solo estaba presente, y eso la hacía sentirse más culpable por sus pensamientos que por cualquier acción.

Ninguno de los dos buscaba al otro. No era necesario. La ciudad era un tablero donde sus caminos se cruzaban inevitablemente, y ambos lo sabían. Matteo se encontraba revisando planos junto a un grupo de ingenieros cuando recordó cómo Aria había mencionado ciertos aspectos legales del terreno en la reunión anterior.

La precisión con la que ella articulaba riesgos y responsabilidades lo dejó pensativo más tiempo del que hubiera querido admitir. Aria, mientras firmaba documentos y ajustaba cláusulas, recordó la calma con la que él había sostenido su mirada en la calle, la naturalidad de su saludo, la manera en que la había reconocido sin dramatismo.

La tensión entre lo profesional y lo personal se volvió un delicado equilibrio. Cada proyecto que involucraba al puerto era, sin saberlo, un recordatorio de la otra persona. Cada decisión, cada aprobación de planos, cada revisión legal, estaba teñida de algo que no se atrevían a nombrar.

Y entonces llegó el sábado del cumpleaños de Miguel, un amigo en común que se había convertido en organizador de eventos de manera informal dentro del grupo de amigos de universidad.

Era un rooftop en un hotel céntrico, con vistas a toda la ciudad. La música suave y las luces cálidas mezcladas con el aire nocturno daban al encuentro una atmósfera despreocupada, que escondía tensiones inesperadas.

Aria llegó acompañada de sus amigas a quienes tenía semanas sin ver. Matteo entró por otro lado, saludando a conocidos y ajustando mentalmente la etiqueta social que siempre lo caracterizaba. No habían planeado coincidir, pero la ciudad tenía una manera de juntarlos.

La sorpresa de la noche vino cuando Sara, una de sus amigas, entre risas y copas, le dijo a Aria:

—Oye, podríamos hacer una boda conjunta... ¡ahora que somos dos prometidas en el grupo! — mientras le mostraba su anillo.

La frase cayó como un golpe sutil.

Aria rió nerviosa, pero su risa se cortó cuando sintió una mirada que la atravesaba. Matteo estaba allí, un poco alejado, escuchando. Su expresión era una mezcla de sorpresa y algo más profundo... algo que ella no pudo descifrar al instante.

La sensación de culpa y confusión la golpeó: ¿quería que él lo supiera? ¿Por qué me duele que lo sepa?

Aria sintió un nudo en la garganta, mezclado con confusión. No sabía por qué le dolía que él lo supiera, y mucho menos por qué sentía la necesidad de apartarse. Sin decir palabra, bajó al lobby del hotel para tomar aire, alejarse de las luces, de las conversaciones, de la ciudad que de repente parecía demasiado pequeña para contenerla.

Cada paso le parecía más pesado de lo normal, como si su mente se dividiera entre la alegría por sus amigas y la confusión que Matteo le provocaba. Mientras se apoyaba contra la baranda, recordó vívidamente el día en que Theo le había pedido matrimonio:

Estaba en un restaurante pequeño, elegante, con luces tenues que dibujaban sombras suaves en las paredes y velas que llenaban la mesa de un resplandor cálido y delicado. El aire olía a pan recién horneado y a flores frescas, y un hilo de música clásica se colaba entre las conversaciones de los demás comensales. Theo se arrodilló frente a ella, el brillo del anillo reflejando la luz de las velas, y su voz, ligeramente temblorosa, llenó el silencio:

—Aria... ¿quieres pasar el resto de tu vida a mi lado?

El corazón de Aria se aceleró. Sonrió, sintiendo la calidez de la propuesta, la certeza de que Theo la amaba, la atención con la que había cuidado cada detalle de la velada. Y, sin embargo, un pequeño vacío se abrió en su pecho, inesperado y confuso.

Por un instante, su mente buscó en silencio a Matteo. Lo recordó con claridad: su risa ligera en medio de una conversación, la manera en que podía hacerla sentir comprendida sin palabras, cómo la miraba con ojos de amor . Esa sensación de ser vista de verdad... de estar viva de otra manera... se mezcló con la emoción de la propuesta de Theo, generando un conflicto que Aria no podía ignorar.

Sintió cómo el calor de la felicidad se entrelazaba con un hilo de duda, como si su corazón quisiera abarcar dos realidades a la vez: la seguridad y el amor tranquilo de Theo, y la chispa intensa y desconocida que Matteo había dejado en ella años atrás. La comparación silenciosa fue como un pequeño golpe: la hizo vacilar, la hizo dudar por un segundo, aunque sabía que Theo era bueno, constante, confiable.

Respiró hondo, tratando de calmar la mezcla de emociones. Miró a Theo, a sus ojos llenos de amor y esperanza, y dejó que su decisión fluyera desde la gratitud y el cariño, sin desear lastimarlo, pero con una parte de sí misma que aún pertenecía a otro tiempo, a otro recuerdo.




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