Matteo permaneció en el lobby un momento después de que Aria se fuera. Su pecho se apretó de golpe, como si de repente todas las emociones contenidas de los últimos años hubieran decidido irrumpir a la vez. No fue rabia ni reproche, sino una mezcla punzante de tristeza, nostalgia y un hilo de miedo que no sabía cómo nombrar. Cada palabra de Aria parecía tallar su corazón.
Sintió un vértigo extraño, una sensación de pérdida que no había esperado. Porque sabía que la amaba, lo había sabido siempre, aunque de manera silenciosa, contenida, modulada por el miedo y la distancia. Y ahora escucharlo confirmado, escucharlo en voz baja, directa, era un recordatorio de todo lo que había dejado de ser... y de lo que quizás nunca podría ser.
Al mismo tiempo, no había reproche. Matteo comprendía el porqué, podía sentir la lógica de sus decisiones: Theo era estable, confiable, seguro. Pero había un puñal emocional en saber que esa seguridad se había llevado parte de la posibilidad de lo que ellos podían haber tenido.
Cuando Aria comenzó a hablar de la confusión que sintió al recibir la propuesta de Theo y de cómo por un instante imaginó que era él quien le pedía matrimonio, Matteo sintió una mezcla de dolor y alivio. Dolor porque eso lo golpeaba directamente en el corazón, recordándole lo que había perdido y cómo su miedo lo había alejado; alivio porque ahora comprendía que Aria no lo había olvidado, que lo que habían compartido nunca desapareció del todo.
Caminó por la ciudad con la mente llena de recuerdos, de palabras dichas y no dichas, de cómo Aria lo había mirado y cómo sus ojos le habían revelado verdades que él temía enfrentar. Su orgullo, su racionalidad, su control sobre su vida se enfrentaban ahora a una vulnerabilidad que no estaba acostumbrado a sentir: un miedo profundo a perderla de nuevo, y una certeza igualmente profunda de que su conexión con Aria era única, imposible de ignorar.
Esa noche, después de que Matteo regresara a su departamento y Aria permaneciera en su sala, cada uno se sumergió en sus pensamientos, tratando de ordenar emociones que habían permanecido latentes durante años.
Aria, apoyada contra la ventana, veía las luces de la ciudad titilar. Su mente volvió a Matteo, no solo a la conversación de esa noche, sino a todo lo que había aprendido sobre él sin que él lo dijera: su disciplina, su pasión por la arquitectura, pero también sus miedos, su autoexigencia y esa necesidad de ser suficiente.
—No lo hizo por mí... —susurró para sí misma—. Lo hizo por miedo... miedo a no ser suficiente, miedo a perderme... miedo a no poder protegerme de su propio mundo.
Mientras reflexionaba, un recuerdo se coló, nítido y doloroso: un día en la casa de Matteo cuando ella aún no comprendía del todo su historia.
Era un domingo cualquiera, y Matteo la había invitado a conocer a su familia. Su hermano mayor, Marco, estaba allí: casado, con hija, con su carrera establecida y reconocida. Desde el momento en que llegaron, Aria percibió la tensión en la sala. Sus padres, con miradas que evaluaban y comparaban cada movimiento, parecían medir a Matteo contra Marco en silencio, pero con palabras punzantes.
—¿Viste que Marco consiguió el ascenso en la empresa y ahora está a cargo del equipo completo? —dijo su madre, con una sonrisa que parecía forzada pero cargada de reproche—. Deberías aprender de él, Matteo.
Matteo bajó la mirada, sintiendo cada palabra como un recordatorio de su retraso en la universidad, sus trabajos inestables, la sensación de no estar a la altura. Marco hablaba con naturalidad sobre su hija y sus logros, sin darse cuenta del peso que sus palabras ejercían sobre Matteo. Cada sonrisa de Marco parecía subrayar lo que sus padres consideraban insuficiente en él.
Aria observó a Matteo, mordiéndose el labio como si quisiera desaparecer. No era una reacción exagerada; era contenida, silenciosa, y a la vez dolorosa. Ella entendió, sin necesidad de palabras, que para él cada logro de Marco era un recordatorio de lo que sus padres consideraban insuficiente.
—Sí... siempre es bueno ver cómo se organiza y cumple con todo sin problemas —añadió su padre, con un tono más de advertencia que de orgullo—. Tal vez algún día tú también puedas mantener algo así sin complicarte.
Aria sintió un nudo en el estómago. No era solo la crítica sutil ni la constante comparación: era la forma en que Matteo se encogía ante cada comentario, la manera en que sus hombros se tensaban, y cómo sus ojos buscaban refugio en ella como si necesitara un espacio seguro en medio de la presión familiar.
Comprendió que aquel chico decidido y seguro que conocía afuera de esa casa llevaba años cargando un miedo profundo, miedo a no ser suficiente, miedo de perder a quienes amaba por no cumplir expectativas que ni siquiera había elegido.
Matteo bajó la mirada, sus hombros tensos. Aria entendió, de golpe, que aquel miedo lo había marcado y moldeado de cada decisión respecto a sus relaciones estaba filtrada por la posibilidad de que, si se acercaba demasiado a alguien, terminaría replicando lo que había visto crecer ante sus ojos desde niño, reproches constantes, resentimientos guardados, inseguridad que se filtraba en cada discusión, amor mezclado con frustración y juicio.
Incluso con Aria, la distancia que impuso no fue por falta de amor, sino por temor. Temeroso de que su historia con ella se convirtiera en un reflejo de la de sus padres.
Aria tragó saliva y sintió un afecto silencioso crecer dentro de ella, mezclado con tristeza y comprensión. Lo que fuera que había ocurrido entre ellos, la distancia que se habían impuesto años después... ahora cobraba sentido.
No era solo historia pasada; era miedo, protección y amor mal entendido. Y de repente, todas las piezas de Matteo, incluso las más dolorosas, parecían más humanas, más cercanas, más reales.
Aria sintió un nudo en el pecho al recordar las palabras. Cada gesto de Matteo, cada decisión de alejarse, cada silencio de años atrás, cobraba ahora un sentido más claro: era amor mezclado con miedo. Amor que quería protegerla, incluso si eso significaba perderse a sí mismo y a ella por un tiempo.
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Editado: 19.02.2026