Los días siguientes al reencuentro pasaron con la rutina habitual, pero nada era realmente igual para Matteo y Aria.
Matteo se despertaba temprano cada mañana, revisando planos y correos, organizando reuniones con contratistas. Sin embargo, mientras su cuerpo seguía la rutina, su mente se perdía en fragmentos de la conversación de la noche anterior y la confesión de Aria, sus dudas, cómo la había imaginado por un instante con otro hombre mientras ella aceptaba una propuesta... Todo resonaba en él con intensidad.
En las reuniones, su concentración era perfecta, pero su pensamiento se desviaba con facilidad: recordaba la forma en que Aria bajaba la mirada al confesar su confusión, cómo sus manos temblaban apenas perceptiblemente al hablar.
Matteo sentía una mezcla de tristeza y calor, de alivio y miedo, alegría por haberla escuchado, miedo porque ella iba a casarse. Cada recuerdo era un recordatorio de lo que podría perder, y de lo que siempre había significado para él.
Aria, por su parte, continuó con sus días entre la oficina y reuniones, pero su mente estaba en otro lugar. Aunque trabajaba con disciplina, cada correo relacionado con el proyecto del puerto, cada llamada con clientes, activaba un recuerdo de Matteo, su risa, sus gestos, la facilidad con la que la comprendía. A veces, incluso al revisar contratos, se encontraba pensando en la conversación de esa noche.
Los días transcurrieron entre mensajes de texto cortos y saludos breves en la calle o en reuniones de proyecto. Ninguno de los dos buscaba excusas para encontrarse, pero ambos notaban la falta de distancia emocional. Cada cruce de miradas, cada gesto, parecía estar cargado de significados antiguos, de confesiones apenas susurradas y de emociones contenidas.
En un momento, Matteo se detuvo frente a la ventana de su departamento, mirando la ciudad y pensando en Aria.
—Nunca fue solo nostalgia... esto que sentimos ahora es más fuerte que cualquier otra cosa —murmuró, dejando que la memoria de su risa y de su vulnerabilidad lo llenara de una mezcla de dolor y esperanza.
Aria, por su lado, caminaba por la ciudad después de una larga jornada de trabajo, deteniéndose un instante para observar las luces nocturnas que brillaban en los edificios. Sus pensamientos volvían a la conversación, al modo en que Matteo la había escuchado, sin reproches, sin juicios. La claridad de lo que sentía por él y la realidad de su compromiso con Theo se mezclaban, creando un hilo de confusión que no desaparecía.
Los días pasaron, y aunque sus rutinas se mantenían, ambos sabían que algo había cambiado. No era solo el recuerdo, no era solo la nostalgia: era la certeza de que esa conexión entre ellos no podía ser ignorada, no importaba cuánto tiempo hubiera pasado.
Era miércoles por la noche, y Aria se preparaba para la cena con la familia de Theo. Había pasado un par de días desde el reencuentro con Matteo; sus rutinas diarias se habían mantenido, pero la conversación con él seguía resonando en su mente.
Cada correo, cada reunión, cada pequeño momento en la oficina parecía recordarle su cercanía y lo que había sentido al escucharlo confesar lo que nunca le había dicho.
—Solo fue una conversación... pero no puedo sacarlo de mi cabeza —pensó mientras se ajustaba el vestido frente al espejo, sintiendo un nudo en el estómago.
Al llegar a la casa de los padres de Theo, la atmósfera era cordial pero inquisitiva. La familia estaba feliz de verla, pero pronto comenzaron las preguntas intensas sobre la boda, la fecha y los planes de la vida juntos.
—Entonces, ¿ya encontraron una casa? —preguntó la madre de Theo, con entusiasmo que parecía rozar la presión.
—¿Cómo van los preparativos de la boda? ¿Ya tienen todo organizado? —intervino el padre, con una sonrisa amable, pero insistente.
Aria sonrió débilmente, tratando de responder con calma, pero de repente se sintió atrapada. La conversación la bloqueó mentalmente. Cada pregunta sobre planes, fechas y decisiones importantes le hacía sentir una presión insoportable.
Su mente comenzó a divagar, y pronto se encontró reviviendo un recuerdo con Matteo, como si estuviera sucediendo frente a sus ojos.
Era un domingo por la tarde, años atrás, en la casa de los padres de Matteo. Estaban sentados en la mesa desayunado entre tazas de café y papeles con presupuestos, hablaban con emoción y cuidado.
—¿Y si conseguimos un apartamento después de graduarnos? —dijo Matteo, con los dedos jugando nerviosamente con el borde de la taza—. No tendría que ser grande, pero que sea nuestro.
Aria sonrió, apoyando la cabeza en su mano. —Podríamos decorar la cocina como queramos... incluso poner esa isla que siempre dices que quieres. Y una estantería grande para tus planos.
Matteo rió, aunque con un dejo de preocupación: —Sí... y podríamos organizar el salón para que tengamos espacio para trabajar y para descansar. Pero... no sé si mis padres me dejarán ir tan fácilmente, y no estoy seguro de si el presupuesto alcanza.
Ella tomó su mano, mirándolo con ternura. —Lo importante es que lo planifiquemos juntos. Lo demás... se resolverá.
Se quedaron en silencio un momento, imaginando el futuro, hablando de muebles, colores de paredes, cómo organizarían la sala, incluso de qué plantas pondrían en el balcón. Cada idea era un puente entre lo que deseaban y la realidad que los rodeaba.
Matteo suspiró, mirando hacia la ventana, donde la luz entraba suavemente. —Quiero que esto funcione, Aria... de verdad. Pero siempre tengo miedo de no estar a la altura. Todo lo que conocí... todo lo que vi en casa de mis padres... me hace temer que podría arruinarlo. Que podría repetir los mismos errores... la misma tensión, los reproches, las peleas...
Aria sintió un nudo en la garganta. Su corazón se apretó al comprender: no era solo la inseguridad por la vida juntos, era el miedo a que la historia de Matteo con sus padres se filtrara en su relación, incluso sin quererlo.
#3123 en Novela romántica
#884 en Novela contemporánea
saludmental, romance segundas oportunidades, reencuentro después de años
Editado: 19.02.2026