Aún entre nosotros.

Capítulo 14

Matteo ajustó la cámara de su laptop y respiró hondo antes de darle "clic" al link de su sesión semanal de terapia online luego del trabajo. La ventana de la psicóloga apareció en la pantalla, con su rostro sereno, atento, y listo para guiarlo a través de lo que sabía que sería un terreno emocional complicado.

—Hola, Matteo —dijo ella con suavidad—. ¿Cómo ha sido tu semana?

Él respiró hondo, sintiendo cómo el peso de los últimos días lo atravesaba.

—Difícil... y confuso —admitió, con la voz baja—. Vi a Aria hace unos días. Solo hablar con ella... fue suficiente para que todo lo que creía resuelto volviera a aparecer.

—Cuéntame —dijo la psicóloga, sin prisa, dejándolo organizar sus pensamientos—. ¿Qué apareció exactamente?

Matteo cerró los ojos un instante, como si necesitara darle forma a la maraña de emociones.

—Todo. La conversación fue clara, honesta... sin reproches —dijo, con un hilo de voz—. Pero verla, escucharla, sentir que todavía nos entendemos sin esfuerzo... me hizo recordar cuánto la amé, cuánto la sigo recordando. Y al mismo tiempo... —hizo una pausa, y sus dedos tamborilearon sobre la pierna—... también me recordó mis miedos.

—¿Miedos de qué tipo? —preguntó ella suavemente.

—Todo lo que conocí del amor cuando era niño. La relación de mis padres... era tóxica. Reproches, resentimientos, críticas constantes, comparaciones... —su voz se quebró un instante—. Crecí viendo cómo el amor podía estar mezclado con miedo, frustración y culpa. Y... —tragó saliva— siempre tuve miedo de replicarlo. Con Aria, hace años, me alejé porque temía que, si me acercaba demasiado, terminaríamos atrapados en esos mismos patrones. Que el amor que sentía no fuera suficiente para mantenernos juntos, o peor, que me convirtiera en alguien como mi padre: impredecible, inestable, incapaz de proteger lo que amaba.

—Eso suena muy doloroso, Matteo —dijo la psicóloga—. Reconocerlo ya es un paso enorme.

—Sí... —dijo él, frotándose el puente de la nariz—. Y ahora que la vi, y que hablamos... siento algo que no esperaba. Nostalgia, deseo, culpa... y miedo. Miedo de sentir demasiado, de que esas emociones me desborden. Miedo de volver a equivocarme, aunque esta vez no sea mi decisión alejarme.

La psicóloga asintió y lo alentó con una sonrisa tranquila: "Tómalo con calma. No tienes que solucionarlo ahora, solo identificar lo que sientes."

—Hay otra cosa —continuó Matteo, más bajo, casi susurrando—. Parte de mí... siente que nunca fui suficiente para su mundo. Marco, mi hermano, siempre tan organizado, tan exitoso... mis padres siempre lo usaban como comparación. Crecí pensando que lo que hacía nunca alcanzaba. Y aunque ahora he construido cosas propias, ese recuerdo sigue ahí. Siempre comparándome, siempre dudando de mí mismo... incluso con Aria. Siempre preguntándome si lo que soy o lo que hago será suficiente para alguien que importa.

—Eso es mucho que procesar —dijo la psicóloga—. Pero lo importante es que ahora puedes verlo y hablarlo. Puedes reconocer que tus miedos vienen de tu pasado, no de ella.

Matteo suspiró, sintiendo un peso levantarse apenas un poco. La sesión le permitía explorar cada sensación, cada recuerdo, sin tener que actuar sobre ellos.

—Y hay otra cosa que me duele —continuó, con los hombros encogidos—. Saber que Aria se va a casar... que tomó un camino sin mí. No puedo... no puedo cambiar eso. No es mío para decidir. Pero me duele. Me duele que alguien más ocupe el espacio que yo siento que siempre tuve con ella. Y aún así, no hay reproche. Solo... un vacío extraño y pesado.

—Es natural —dijo la psicóloga—. Sientes pérdida, pero también reconoces la realidad. Ese es un paso muy maduro.

—Sí... —dijo Matteo, dejando que la voz sonara más calma—. Solo... desearía haber podido estar en un lugar donde todo fuera distinto. Donde no tuviera miedo de repetir los errores que conocí. Donde pudiera acercarme a ella sin pensar en los fantasmas de mi pasado.

La psicóloga asintió. Matteo cerró los ojos, dejando que los recuerdos de Aria se mezclaran con las emociones de su infancia, con las comparaciones con Marco, con la presión de sus padres, con el miedo a no ser suficiente.

—Hoy solo puedo reconocerlo —susurró—. Reconocer que la amo, que la extraño, que la conexión sigue ahí... y que no puedo hacer nada. Solo sentirlo y entenderlo. Y eso... —suspiró profundamente—... eso ya es suficiente por ahora.

La sesión de terapia había terminado, pero Matteo permaneció unos minutos más frente a la pantalla, respirando hondo.

Por primera vez en días, sentía que podía dejar que todo estuviera ahí, recuerdos, miedos, lo que aún sentía por Aria... sin tener que esconderlo ni solucionarlo de inmediato.

La luz de la ciudad que entraba por la ventana le recordó que la vida seguía, y que él podía existir con esos sentimientos, incluso sin ella a su lado.

Al día siguiente, mientras revisaba los planos en la obra y caminaba entre las estructuras a medio construir, Matteo se topó con Aria en el puesto de hot dogs que habían colocado en el sitio de construcción del Puerto.

Con su agenda aún en mano, ella parecía concentrada en la revisión de documentos, y él sonrió ligeramente.

—¡Vaya! —dijo Matteo, sorprendido—. No esperaba verte aquí.

—Lo mismo digo —respondió Aria, sonriendo mientras apartaba el cabello de la cara—. Solo vine por algo de comer rápido antes de la reunión.

Se acomodaron frente al mostrador, cada uno con su hot dog en la mano. Entre mordiscos y risas, comenzaron a ponerse al día con suavidad, hablando de la obra, de los contratos, de detalles legales.

—¿Cómo has estado?— Preguntó Matteo mirandola a los ojos.

Ella se detuvo un momento, sintiendo que su corazón se aceleraba un poco al verlo allí, tan cerca y a la vez tan cotidiano.

—Bien... bien, gracias —respondió con una sonrisa calmada—. ¿Y tú?

Matteo se acomodó la chaqueta y suspiró, con un dejo de tranquilidad que no parecía fingido.




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