Aria caminaba hacia el lugar de reunión, con la agenda en mano, pero su mente estaba en otra parte.
Sentía cada paso sobre el pavimento como un recordatorio de su propio ritmo cardíaco acelerado; el leve cosquilleo en el estómago le hacía recordar que Matteo había compartido algo que nunca había esperado, su sesión de terapia.
Una mezcla de sorpresa y alivio se asentó en su pecho, cálida pero sutil, como un respiro profundo después de contener la respiración durante años.
Recordó cómo habían sido sus días juntos, cuando Matteo parecía cargar con un peso invisible. Había tardes en que lo veía cabizbajo, hundido en sí mismo, con la autoestima rota y la mirada perdida, y Aria apenas sabía cómo acercarse sin que él se cerrara aún más.
Esa vulnerabilidad reprimida, esos silencios y muros, habían dejado grietas en su relación; pequeñas al principio, pero profundas, imposibles de ignorar.
Su mente la llevó a un recuerdo en particular, vívido y doloroso:
Era un viernes por la tarde. Matteo había llegado del trabajo con los hombros caídos, los ojos cargados de cansancio, como si llevara todo el mundo sobre sí.
La construcción donde estaba asignado no tenía nada que ver con su carrera en arquitectura; era un trabajo físico, agotador, con jornadas interminables, obreros a su cargo, horarios cambiantes y demandas que lo drenaban física y emocionalmente. Se sentía atrapado, entre la obligación de seguir pagando la universidad y el miedo de perderse sus sueños.
—No sé qué hacer, Aria —había dicho, con la voz tensa y los hombros temblando—. Si renuncio, ¿cómo voy a conseguir otro trabajo? ¿Y si nunca logro terminar la carrera? Siento que... que soy un fracaso.
Ella lo escuchaba, en silencio, tratando de no decir nada que lo hiciera sentir más presionado. Lo veía luchar contra la frustración, con las manos crispadas por la tensión y los ojos llenos de dudas. Matteo estaba atrapado entre la necesidad de seguir pagando la universidad y la sensación de que cada día en aquel trabajo lo alejaba de sus sueños.
Y, sin embargo, había algo que lo mantenía allí: la determinación de no rendirse, de seguir avanzando aunque cada paso doliera y cada noche se sintiera agotado.
—Sé que lo necesitas, Matteo —dijo ella suavemente, sin juicio—. Pero no tienes que cargarlo todo solo... podemos encontrar formas de apoyarte.
Él suspiró, cerrando los ojos un instante, y Aria recordó cómo aquel miedo a mostrarse débil, a no ser suficiente, había levantado muros que a veces los separaban emocionalmente. Ese miedo había generado grietas en su relación, pequeñas pero dolorosas, que los momentos felices no siempre podían cubrir.
Aria recordó ese día con una mezcla de tristeza y comprensión, y luego pensó en lo que Matteo le había contado sobre la terapia. Sintió un calor en el pecho, un alivio que se mezclaba con la nostalgia, finalmente él tenía un espacio donde enfrentar sus miedos y procesar la tristeza acumulada, sin depender de ella ni cargarlo todo en soledad.
La imagen de Matteo respirando, liberando lentamente lo que antes lo aplastaba, se volvió vívida en su mente y le provocó un hilo de sonrisa silenciosa. La idea de que pudiera cuidar de sí mismo le dio un alivio profundo, una especie de calma que hacía mucho tiempo no sentía.
La idea de que Matteo pudiera enfrentar sus miedos y su tristeza sin sentirse solo le dio una especie de paz que no había sentido en años. Su cuerpo entero se relajó un poco más, los hombros que inconscientemente habían estado tensos se soltaron y un ligero peso que llevaba desde su último encuentro con él se disipó.
El pensamiento la calmó y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que la distancia que habían tenido no borraba lo que había entre ellos.
Aunque ya no compartieran la misma vida, aunque él no estuviera a su lado como antes, Aria se dio cuenta de que parte de ella estaba genuinamente feliz por él. El sol de la tarde se colaba entre los edificios, tocando su rostro y haciendo que sus ojos se entrecerraran ligeramente.
Por un instante, Aria se permitió respirar con lentitud, saboreando la sensación de libertad emocional que le daba saber que Matteo podía enfrentar sus miedos sin ella a su lado. La distancia entre ellos ya no se sentía como un vacío imposible, sino como un espacio necesario para que ambos crecieran, sanaran y, quizá algún día, se reencontraran desde un lugar más completo y consciente.
Más tarde, Matteo llegó a su apartamento después de su jornada laboral , con esa sensación ligera y un poco extraña que deja una conversación sincera. Se dejó caer sobre el sofá, aún recordando la risa de Aria en su encuentro más temprano, el toque inesperado de sus dedos al limpiar el ketchup, y cómo sus miradas se habían quedado suspendidas un instante más de lo normal.
Mientras cerraba la puerta detrás de sí, se dejó caer ligeramente sobre el sofá, con la mente todavía vibrando con la cercanía de Aria.
Pensó en cómo se había sentido verla, hablar con ella, y aunque sabía que la vida los mantenía separados de forma irrevocable, algo dentro de él se había suavizado. Sentía alivio al comprobar que podía mantener una conversación con ella sin que los viejos miedos o la nostalgia los arrastraran a discusiones o silencios dolorosos.
Al mismo tiempo, un remolino de emociones lo atravesaba: deseo, ternura, y una sensación punzante de que esa conexión nunca se rompería del todo.
Recordó su propia sesión de terapia de la semana anterior, lo que había hablado con su psicóloga, cómo estaba empezando a reconocer sus patrones de miedo, la presión que se imponía por sentirse insuficiente, y cómo todo eso había influido en su relación con Aria.
Ahora podía ver, con una claridad nueva, que incluso la distancia entre ellos tenía un propósito, los espacios que ambos necesitaban para crecer y aprender a manejar su dolor y su vulnerabilidad.
Una mezcla de orgullo y melancolía se instaló en él; orgullo por permitirse pedir ayuda, melancolía por todo lo que había perdido antes por no hacerlo.
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Editado: 19.02.2026