Aria caminaba por el departamento, con el móvil en la mano, revisando la lista de cosas por hacer para la boda. Su mirada pasaba por los recordatorios de citas: pruebas de menú, visita a lugares, reuniones con decoradores... pero nada de eso lograba capturar su atención. Cada recordatorio parecía un peso, un recordatorio de decisiones que no podía ordenar en su mente.
—Aria... —la voz de Theo sonó desde la cocina—. Hemos cancelado dos citas esta semana. ¿Está todo bien?
Ella bajó el móvil, tragando saliva, mientras su pecho se apretaba. No quería mentir, pero tampoco estaba lista para decir toda la verdad.
—Estoy... ocupada —respondió, intentando sonar casual—. Ha sido una semana larga. Necesito descansar.
Theo se acercó, con la calma que siempre la había hecho sentirse segura. —No es normal que pongas todo en pausa así, sin avisar. ¿Qué está pasando? —preguntó con firmeza, pero sin reproche.
Aria apartó la mirada, sus dedos jugando con la orilla de la mesa. Su mente se llenó de recuerdos, y de repente, estaba en otro tiempo, con otro hombre.
Era una tarde gris, y Aria recordaba el silencio pesado. Hacía unas semanas que Matteo había estado distante; ahora, finalmente, hablaban de lo que la estaba molestando.
—No entiendo por qué hiciste eso —decía Aria, la voz tensa pero controlada—. ¿Por qué no me dijiste nada?
Matteo bajó la mirada, apretando los dedos hasta arrancarse el pellejito del pulgar derecho, un tic que ella conocía demasiado bien. —No sé... —susurró, frustrado—. No quiero pelear.
—Pero no estamos peleando —respondió Aria—. Solo quiero entenderte y no quiero que te cierres así. Necesito que hablemos.
Él la miró, con los ojos cargados de emociones contenidas, y luego volvió a su silencio, dándose la espalda, como si alejarse del conflicto pudiera arreglarlo. Aria recordaba la impotencia, la sensación de que cada discusión quedaba suspendida, sin resolución, atrapada entre su necesidad de claridad y su miedo a empujar a Matteo más lejos.
Aria volvió al presente, a la voz de Theo que aún la llamaba suavemente.
—Aria, mírame —dijo él, con paciencia.
Ella lo miró, sintiendo el calor de su mano sobre la mesa, y comparó mentalmente: Theo no se cerraba, no se retiraba del conflicto. Él preguntaba, escuchaba, buscaba soluciones. Con Matteo, las discusiones terminaban en silencio, en separación, en emociones no expresadas que explotaban dentro de él y se traducían en ausencia. Con Theo, cada problema tenía un camino hacia la resolución.
—Lo siento... —murmuró ella—. No es fácil explicarlo.
Theo se acercó un paso más, y su mano rozó la de ella sobre la mesa. —Entonces ayúdame a entender —dijo—. No quiero que esto sea incómodo entre nosotros. Solo quiero que seas honesta.
Aria suspiró, dejando que los recuerdos de Matteo se mezclaran con la claridad que Theo ofrecía. Se preguntó cómo sería ahora Matteo, con todos esos años, con la terapia, con todo lo que había aprendido sobre sí mismo. ¿Podría enfrentar los conflictos sin cerrarse? ¿Podría hablar de sus emociones y resolver problemas de manera madura, sin el miedo que lo había alejado en el pasado?
Esa pregunta la golpeó con fuerza. Porque no era solo curiosidad; había un hilo de nostalgia, de lo que fue, de lo que quedó suspendido. Y también había miedo: miedo de sentirse dividida entre lo que tenía y lo que pudo haber sido diferente.
Theo, percibiendo su silencio, apretó suavemente su mano. —Aria... yo estoy aquí. No tenemos que decidir nada ahora. Solo quiero que sepas que puedes confiar en mí. Que podemos hablar de lo que sea, siempre.
Aria cerró los ojos un instante, dejando que sus emociones fluyeran: confusión, nostalgia, curiosidad y un dolor silencioso por lo que había sido. Sabía que nada estaba roto entre ella y Theo, y aun así, no podía ignorar el pensamiento que surgía con fuerza, había un Matteo distinto ahí afuera, y una parte de su corazón quería verlo, quería descubrir cómo sería ahora.
Cuando abrió los ojos, Theo aún estaba allí, con su paciencia intacta, ofreciendo un refugio que no requería decisiones inmediatas. Aria suspiró, apoyando su cabeza un instante en su hombro, sintiendo la diferencia, el mismo corazón dividido, pero un presente que le pedía claridad, y un pasado que le dejaba preguntas sin respuesta.
Su teléfono se encontraba entre sus manos, cuando la vibración le recorrió los dedos como una advertencia. No necesitó mirar la pantalla para saber quién era. Desde hacía días, los mensajes llegaban con la misma insistencia educada, con el mismo tono profesional que no dejaba de ser urgente.
Theo levantó la vista hacia ella.
—Debe ser Lucía —dijo, refiriéndose a la wedding planner, mientras se acercaba secándose las manos—. Dijo que hoy necesitaba confirmación.
Aria tragó saliva antes de mirar la notificación.
"Aria, necesito saber si confirmamos la fecha del salón antes de las 18:00. Si no, la liberan."
Liberan la fecha.
Sintió algo hundirse lentamente en su estómago. No era exactamente miedo. Tampoco era arrepentimiento. Era más bien la conciencia súbita de que esa decisión, tan administrativa en apariencia, era un punto sin retorno.
Theo se detuvo frente a ella.
—La wedding planner preguntó si confirmamos la fecha final —repitió con calma.
Fecha final.
La palabra se le quedó resonando adentro. Final. Como si no hablara solo de un calendario, sino de todo lo que quedaba atrás al elegir una vida.
Aria bajó el teléfono despacio. Sus dedos, casi de manera inconsciente, comenzaron a girar el anillo en su mano izquierda. El diamante atrapó la luz que entraba por la ventana, proyectando un destello breve sobre la pared. Recordó el día en que Theo se arrodilló frente al río, su voz ligeramente temblorosa, su sonrisa nerviosa. Recordó la certeza que sintió entonces. La felicidad limpia, sin sombras.
¿En qué momento esa claridad se volvió niebla?
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Editado: 19.02.2026