Aún entre nosotros.

Capítulo 17

El supermercado estaba demasiado iluminado.

Aria siempre había odiado esa luz blanca que no perdonaba nada. Ni las ojeras. Ni las dudas. Ni las grietas invisibles que una intenta esconder detrás de una sonrisa práctica.

El carrito rechinaba levemente cada vez que Lena lo empujaba con demasiada fuerza.

—Te dije que ese está dañado —murmuró Aria, tratando de girarlo hacia el pasillo de las verduras.

—Está perfecto. Solo necesita carácter —respondió Lena, empujándolo con el pie para enderezarlo.

Aria sonrió sin querer.

Ir al supermercado juntas siempre había sido así, pequeñas discusiones absurdas, comentarios sarcásticos, empujones con el hombro, silencios cómodos. Lena era tres años menor, pero había algo en ella que siempre parecía más firme, más directa. No daba vueltas. No maquillaba las cosas para que dolieran menos.

Aria sí.

—¿Lista para la cena diplomática? —preguntó Lena mientras agarraba una bolsa de arroz sin mirar la marca.

—No es diplomática. Es familiar.

—Exactamente.

Aria sonrió, pero solo con la boca.

Con Lena nunca había tenido que fingir demasiado. Esa era la ironía, podía mentirle al mundo entero, pero no a su hermana menor.

Lena había visto cosas que nadie más vio. La versión desarmada. La que lloraba en el suelo del baño para que mamá no escuchara. La que se repetía "no fue tan grave" mientras se rompía por dentro.

—¿Compraste el vino? —preguntó Lena.

—Sí. El que le gusta a mamá.

—¿Y el postre?

—Lo hago yo.

Lena la miró de reojo.

—Controladora.

—Perfeccionista.

—Ansiosa.

—Organizada.

—Evitativa.

Aria soltó una risa breve, pero su hermana no estaba sonriendo.

Lena siempre veía demasiado.

Mientras elegían tomates, Lena habló con una naturalidad que parecía casual.

—¿Theo viene esta noche?

—Sí.

—¿Todo va bien entre ustedes?

Aria tomó un manojo de cilantro solo para tener algo que sostener.

—Claro.

Lena la miró. No insistió. Pero su silencio decía: no te creo.

Su dinámica siempre había sido así. Aria ordenaba, conciliaba, buscaba el equilibrio. Lena confrontaba, desarmaba, rompía ilusiones si hacía falta.

Fue Lena quien la sostuvo cuando Aria no podía levantarse de la cama después de la ruptura. Lena quien escuchó las llamadas a las tres de la mañana, los "no entiendo por qué no fui suficiente", los "él decía que me amaba".

Lena no romantizaba nada.

Ni el pasado. Ni el dolor. Ni a Matteo.

Matteo.

El nombre apareció en su mente justo antes de escuchar su voz al doblar hacia el pasillo de lácteos.

—Aria.

Fue como si alguien apagara el ruido del lugar.

Como si el aire se volviera más denso.

Aria sintió primero el impacto físico, el estómago apretándose, el pulso acelerado en el cuello, esa reacción traicionera del cuerpo que siempre lo reconocía antes que su mente.

Giró lentamente.

Matteo estaba ahí. Sencillo. Real. Con una cesta en la mano y la misma expresión que había tenido siempre cuando la miraba, esa mezcla de intensidad y suavidad que la hacía sentir vista de una manera peligrosa.

Como si no hubiera habido despedidas imposibles, promesas rotas, años sin hablarse.

—Hola —dijo él, acercándose.

La palabra le raspó la garganta.

—Hola.

Odiaba que su voz cambiara. Que se volviera más baja, más vulnerable. Como si una parte de ella retrocediera años en un segundo.

—Hola a ti también Lena.

Lena no habló. Solo lo miró de arriba abajo sin disimulo.

Aria sintió que el aire se le quedaba corto.

—No sabía que estabas en la ciudad —continuó él.

—Lo mismo digo, vine solo por una cena familiar —respondió Lena, a secas.

Matteo comentó algo sobre lo "inesperado" del encuentro. Sobre lo pequeña que era la ciudad.

Sobre que tal vez podrían ponerse al día.

Sus ojos no se apartaban de los de Aria.

Y Aria se dio cuenta de algo que la asustó, no quería que se apartaran.

Cuando él sonrió, sintió esa chispa.

Esa vieja electricidad. No dulce. No segura.

Intensa. Incómoda. Viva.

Theo no la hacía sentir así, el la hacía sentir tranquila.

Matteo la hacía sentir despierta y esa diferencia era un abismo.

—Bueno, me alegra verlas —dijo él finalmente—. Espero sigamos en contacto.

Aria asintió.

Cuando Matteo se alejó, Lena no se movió de inmediato.

Esperó y observó cómo su hermana seguía mirando el pasillo vacío unos segundos más de lo necesario.

—¿Qué fue eso?

Aria fingió revisar la lista de compras.

—Nada.

—Te temblaron las manos.

—No.

—Respira —dijo Lena suavemente.

Aria inhaló tarde. Como si recién recordara cómo hacerlo.

—Hemos hablado —admitió finalmente.

Lena no parpadeó.

—¿Desde cuándo? —preguntó Lena.

No había juicio en su tono. Solo certeza.

Aria bajó la mirada, soltó el papel y apoyó ambas manos en el carrito.

—Desde que volvió.

Silencio.

El ruido lejano de cajas registradoras, el pitido de un escáner, alguien riendo en otro pasillo. El mundo seguía funcionando con normalidad mientras algo dentro de Aria se desordenaba.

—¿Qué significa "hemos hablado"? —preguntó Lena.

—Que... nos hemos encontrado de casualidad unas tres o cuatro veces. No hemos discutido solo hemos sido sinceros con nuestros sentimientos y me contó el motivo por el cual realmente me dejó.

Lena soltó una risa breve, incrédula.

—Qué conveniente.

—No es tan simple.

—Para él nunca lo es.

Aria levantó la mirada, herida.

—Ha cambiado.

—¿O tú quieres que haya cambiado?

La pregunta cayó como una piedra.

Aria tragó saliva.

—No lo sé.

Y esa era la verdad más honesta que había dicho en semanas.

—Estoy confundida —continuó, más bajo—. Con Theo todo es... tranquilo. Seguro. Él me quiere. Me cuida. No me hace dudar.




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