La cena se desarrolló con una normalidad casi ofensiva.
El pollo estaba en su punto. El vino era el correcto. Las conversaciones fluían entre anécdotas familiares y comentarios triviales sobre el trabajo, como si el mundo no acabara de inclinarse ligeramente en el pasillo de lácteos de un supermercado cualquiera.
Aria participaba cuando debía, sonreía cuando alguien la miraba, asentía en los momentos adecuados. Nadie, salvo Lena, habría notado que su risa llegaba medio segundo tarde.
Theo estaba especialmente atento esa noche. No controlador. No invasivo. Solo atento. Cada vez que alguien hacía una broma sobre la boda, él buscaba su reacción antes de sumarse. Cada vez que su madre mencionaba centros de mesa o listas de invitados, él parecía medirla con la mirada, como si estuviera comprobando si la ilusión seguía intacta.
—¿Entonces ya confirmaron el salón? —preguntó su madre mientras se servía más vino, con la ligereza de quien no sospecha que una pregunta puede ser una grieta.
Aria sintió un pequeño vacío en el estómago. No era la primera vez que escuchaba esa pregunta, pero sí la primera vez que le costaba tanto responderla.
Theo intervino antes de que el silencio se hiciera incómodo.
—Estamos en eso.
La frase quedó flotando en el aire con una ambigüedad estudiada. No era mentira. Tampoco era una afirmación firme. Era un puente.
Aria lo miró apenas un instante y le agradeció en silencio el rescate. Bajo la mesa, él apoyó su mano sobre su rodilla, un gesto pequeño, íntimo, casi imperceptible para los demás. Ese contacto, que otras noches le habría dado calma, ahora le recordó la responsabilidad que llevaba puesta en el dedo anular.
Lena observaba sin intervenir. No hacía falta que hablara; su silencio tenía una precisión quirúrgica.
La conversación siguió, pero Aria se sintió ligeramente desplazada dentro de su propio cuerpo, como si estuviera viendo la escena desde un ángulo más lejano.
Escuchaba a Theo hablar de planes futuros con una seguridad que siempre había admirado en él. Hablar de la luna de miel. De reorganizar algunos muebles después de la boda. De cómo sería vivir "ya oficialmente como esposos", dicho con una sonrisa que no buscaba aplausos, solo complicidad.
Y ella pensó, con una claridad incómoda, que nada de eso le parecía equivocado.
Nada de eso le parecía insuficiente.
Entonces, ¿por qué le dolía el pecho?
Cuando la cena terminó y comenzaron a recoger los platos, Theo se acercó por detrás y apoyó la barbilla apenas sobre su hombro, en ese gesto suyo tan natural que siempre la había hecho sentirse elegida.
—Estás distante hoy —murmuró sin acusación.
Aria se tensó apenas antes de relajarse.
—Estoy cansada —respondió, evitando mirarlo directamente.
Theo no insistió en ese momento, pero ella sintió que la pregunta seguía abierta entre los dos, esperando otro contexto.
De regreso en el departamento, el silencio del ascensor fue más denso que el de la cena. Theo hablaba de algo relacionado con el trabajo, una reunión que se había extendido más de lo previsto, pero Aria apenas retenía fragmentos. Su mente volvía al supermercado, a la forma en que el mundo pareció comprimirse en un pasillo demasiado iluminado, a la voz de Matteo pronunciando su nombre con una naturalidad que desarmaba cualquier defensa.
Al entrar en casa, Theo dejó las llaves en el mueble del recibidor y se quitó la chaqueta mientras comentaba que al día siguiente podían revisar lo del salón con más calma si ella se sentía saturada. Lo decía con genuina consideración, y eso la hacía sentir aún más injusta.
—¿Te pasa algo conmigo? —preguntó finalmente cuando ella dejó el bolso sobre la mesa sin mirarlo.
No era una confrontación. Era una inquietud sincera.
Aria levantó la vista y vio algo que no le gustó: vulnerabilidad. Theo no era un hombre inseguro, pero tampoco era indiferente.
—No —respondió demasiado rápido—. Solo estoy... pensando mucho.
—¿En qué?
La pregunta era legítima. Y difícil.
Aria sostuvo su mirada unos segundos y se dio cuenta de que no podía decir la verdad completa sin desatar algo que todavía no entendía del todo. No podía hablar de Matteo como si fuera solo un recuerdo, porque no lo estaba sintiendo como pasado.
—En todo —dijo finalmente—. En la boda. En el trabajo. En si estoy haciendo las cosas bien.
Theo se acercó un paso.
—No tienes que hacerlo perfecto —respondió con suavidad—. Solo tienes que quererlo.
La frase se quedó suspendida en el aire.
Solo tienes que quererlo.
Aria asintió, pero algo en su interior se estremeció. Querer no siempre era una línea recta. A veces era un territorio lleno de ecos.
Theo la besó en la frente y se dirigió al dormitorio para cambiarse. El sonido del armario al abrirse y cerrarse, el agua corriendo en el baño, la rutina tranquila de alguien que no sospecha la magnitud del desorden ajeno, comenzaron a llenar el departamento.
Aria se quedó sola en la sala unos segundos más.
Cuando el teléfono vibró sobre la mesa, Aria no necesitó mirar para saber que algo dentro de ella acababa de alterarse. Había pasado toda la noche intentando convencerse de que el encuentro en el supermercado había sido solo eso, una coincidencia breve, una sacudida momentánea que desaparecería con el ruido de la cena y la rutina compartida con Theo. Pero el cuerpo no se engaña tan fácil. Lo supo en la forma en que el pulso se le aceleró antes incluso de desbloquear la pantalla.
El nombre en la notificación apareció ahí, limpio, inevitable.
Matteo.
Sintió cómo el pulso le subía hasta la garganta antes incluso de abrir el mensaje. Se obligó a respirar con normalidad, como si el control físico pudiera traducirse en control emocional.
Durante un segundo sostuvo el teléfono sin abrir el mensaje, como si alargar ese instante pudiera protegerla de lo que fuera a sentir. Sabía que no tenía por qué ser algo importante. De hecho, lo más probable era que no lo fuera. Y aun así, la posibilidad era suficiente para tensarle los hombros.
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Editado: 19.02.2026