Apagó la pantalla sin responder.
Dejó el teléfono sobre la mesa y caminó hacia el dormitorio, consciente de que no había hecho nada que pudiera señalarse como traición. Y, sin embargo, sabía que algo había cambiado en silencio.
No había respondido.
Pero tampoco había dejado de querer hacerlo.
No porque no tuviera qué decir, sino porque cualquier palabra sería una dirección. Y todavía no sabía hacia dónde quería moverse.
Y mientras se metía en la cama junto a Theo, sintiendo el calor tranquilo de su cuerpo a su lado, entendió que la verdadera tensión no estaba en el mensaje que había recibido, sino en la pregunta que ahora latía con más fuerza que nunca dentro de ella:
—Aria... —dijo Theo, acomodándose junto a ella—. He estado mirando opciones para la luna de miel. Pensé en Okinawa. Sé que siempre has soñado con ir allí.
El nombre de Okinawa la atravesó como un golpe seco. Instantáneamente, los recuerdos la arrastraron años atrás, a un momento íntimo con Matteo: estaban sentados sobre la cama con mapas de Japón extendidos por el suelo, risas mezcladas con planes absurdos y tiernos; imaginaban que, tras casarse, su luna de miel sería en Okinawa. Hablaban de templos, playas desiertas y atardeceres que prometían un futuro juntos, sin pensar en miedos ni inseguridades.
—O-Okinawa... —dijo, la voz más tensa de lo que quería—. Sí... es bonito. Pero... —tragó saliva, desviando la mirada hacia la pared, sus dedos jugando nerviosamente con la sábana—. Es... complicado.
Theo percibió la defensa inmediata, ese escudo invisible que se levantaba entre ellos. No insistió, aunque sintió un nudo de preocupación.
—No quería incomodarte —susurró, rozando suavemente su hombro con la mano—. Solo pensé... que tal vez podríamos soñar juntos un momento, sin presiones.
Aria cerró los ojos con fuerza, luchando contra la avalancha de emociones. Una parte de ella quería llorar por lo que había perdido con Matteo, por la ilusión que alguna vez compartieron y que ahora parecía tan lejana. Otra parte sabía que Theo merecía su verdad en el momento correcto, y que confesar su conflicto interno solo complicaría lo que tenían ahora.
—Es solo que... Japón... trae demasiados recuerdos —dijo finalmente, la voz apenas un susurro—. Pero... podemos pensar en otros lugares.
Theo la abrazó con suavidad, sin palabras, dejando que su silencio dijera "estoy aquí". Y Aria sintió un extraño alivio: que podía tener un futuro con Theo sin borrar lo que Matteo significaba para ella. Pero la tensión seguía allí, un recordatorio de que algunos amores no se olvidan del todo, aunque la vida continúe.
Mientras se acomodaban para dormir, Aria respiró hondo y volvió, por un instante, a aquel flashback con Matteo: él sonriendo mientras señalaba Okinawa en el mapa, ella apoyando la cabeza en su hombro, ambos imaginando atardeceres y risas que creían eternos. Y supo que, aunque esa fantasía había quedado atrás, siempre sería un recuerdo precioso, una parte de su historia que nadie podría borrar.
A la mañana siguiente, Aria se despertó antes que Theo, con esa sensación extraña de haber dormido pero no descansado. Permaneció unos segundos inmóvil, escuchando la respiración tranquila a su lado, el peso tibio del brazo de él rodeándole la cintura, la calma que siempre parecía envolverlo incluso dormido.
Theo tenía esa cualidad que ella envidiaba: cuando cerraba los ojos, el mundo dejaba de exigirle respuestas.
Ella no.
Giró apenas el rostro hacia la mesita de noche. El teléfono estaba ahí, silencioso, pero su mente no lo estaba. El mensaje de Matteo seguía intacto, sin respuesta, como una puerta que no había cerrado ni cruzado.
"Me alegró verte hoy."
Anoche había sentido electricidad. Esta mañana sentía algo más complejo. Algo que Lena había nombrado sin suavizarlo.
No romantices lo que te rompió.
La palabra rompió se instaló en su pecho con una claridad incómoda.
¿La había roto?
Durante mucho tiempo se obligó a contar la historia de otra manera. "No funcionó." "Éramos jóvenes." "No era el momento." Frases limpias. Ordenadas. Sin aristas.
Pero cuando dejó de repetir la versión amable, lo que apareció fue distinto.
Las últimas semanas con Matteo no habían sido una pelea. Habían sido una retirada.
Él todavía la abrazaba. Todavía le decía que la amaba. Pero cuando ella intentaba hablar de lo que venía después —planes, decisiones, futuro— algo en él se tensaba. Como si cada conversación que implicara compromiso lo arrinconara contra un miedo que no sabía explicar.
—No quiero discutir —decía, y la frase sonaba más a defensa que a límite.
Ella no quería discutir tampoco. Solo quería entender. Quería saber si estaban construyendo algo en la misma dirección.
Recordó una noche en particular, sentados en el suelo del departamento de él, rodeados de cajas porque estaba considerando aceptar un trabajo en otra ciudad. Aria le preguntó, con cuidado, si eso significaba que se mudarían juntos. No lo dijo como exigencia. Lo dijo como alguien que quiere planear.
Matteo tardó demasiado en responder.
—No lo sé —murmuró, frotándose la frente—. No puedo pensar en eso ahora.
—¿Por qué no? —preguntó ella, sintiendo cómo el vacío empezaba a formarse.
—Porque todo se vuelve demasiado cuando empiezas a presionar.
Presionar.
La palabra la había perseguido durante semanas.
Ella no estaba presionando. Estaba intentando sostener algo entre los dos. Pero cada vez que la conversación se acercaba a lo importante, él se cerraba. Cambiaba de tema. Se distanciaba. Decía que necesitaba espacio para aclararse.
Y Aria empezó a reducirse.
Empezó a decir que entendía.
Que podían hablarlo después.
Que no pasaba nada.
Hasta que un día entendió que sí pasaba.
No fue que Matteo no la amara. Ella sabía que la amaba. Lo veía en la forma en que la miraba cuando creía que ella no estaba observando. Lo sentía en cómo la abrazaba cuando el mundo se le venía encima. Pero amar no fue suficiente.
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Editado: 19.02.2026