Aria leyó el mensaje una última vez antes de bloquear la pantalla.
No respondió.
No porque no tuviera algo que decir, sino porque cualquier palabra sería una apertura, y todavía no sabía si quería abrir nada. Necesitaba tiempo para entender si lo que sentía era nostalgia, curiosidad o algo más profundo.
Dejó el teléfono sobre la mesa y se obligó a continuar el día. Trabajó. Respondió correos. Asintió en reuniones. Pero en cada pausa silenciosa, la frase volvía.
"No fue falta de amor. Fue falta de herramientas."
Eso era lo más difícil de aceptar.
Porque si había sido falta de amor, era más simple.
A media tarde volvió a mirar el teléfono.
Visto.
Nada más.
Él no había escrito otra vez.
No había añadido un "perdón si fue mucho".
No había enviado un "olvida lo que dije".
No había presionado.
Y esa ausencia de insistencia la inquietó más que cualquier impulso dramático.
En otra parte de la ciudad, Matteo miró la pantalla cuando apareció la notificación de leído.
Sintió el impulso inmediato de escribir algo más. Algo ligero. Algo que alivianara la vulnerabilidad que había dejado expuesta.
Se detuvo.
Respiró.
Hace unos años, el silencio lo habría hecho reaccionar desde el miedo. Habría llenado el espacio con palabras apresuradas o se habría convencido de que ya no importaba.
Esta vez no.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
Si había dicho que quería aprender a quedarse, eso también significaba quedarse en la incertidumbre.
No todo necesita respuesta inmediata.
Esa noche, Aria salió más tarde del trabajo de lo habitual. Necesitaba caminar antes de volver al departamento. El aire estaba fresco y la ciudad tenía ese murmullo constante que permitía pensar sin sentirse sola.
Entró en una librería pequeña que siempre le había gustado. No porque buscara algo específico, sino porque necesitaba distraer la mente.
No esperaba verlo.
Matteo estaba cerca de la sección de ensayo, con un libro abierto en las manos. Levantó la vista casi al mismo tiempo que ella entraba.
El impacto fue más suave que en el supermercado.
No menos intenso.
Pero diferente.
Él cerró el libro con calma. No se apresuró hacia ella. No invadió el espacio.
—Hola —dijo, con una serenidad que no parecía ensayada.
—Hola.
Hubo un segundo en el que ambos supieron que había algo pendiente entre ellos.
—Leí tu mensaje —dijo ella finalmente, antes de que el silencio se volviera demasiado pesado.
Matteo asintió.
—Lo imaginé.
No añadió nada más.
No preguntó por qué no respondió.
No reclamó.
Aria frunció ligeramente el ceño, casi desconcertada.
—No sabía qué decir —admitió.
—No tienes que decir nada —respondió él con suavidad—. No lo escribí para que me respondieras. Lo escribí porque era honesto.
Esa diferencia la atravesó.
Antes, cualquier conversación incómoda con él habría estado cargada de tensión contenida. Ahora había espacio.
—¿Y si lo que sientes cambia algo? —preguntó ella, sin darse cuenta de que estaba probándolo.
Matteo sostuvo su mirada.
—Entonces cambiaremos con eso —dijo—. Pero no quiero presionarte. Sé dónde estás. Sé que tu vida no está en pausa esperando que yo resuelva lo que no supe resolver antes.
No había dramatismo en su voz.
Había límites.
Y responsabilidad.
Aria sintió algo nuevo. No esa chispa eléctrica que desordena, sino una inquietud más profunda. Él no estaba compitiendo. No estaba intentando convencerla de nada. Estaba parado frente a ella, completo en su postura, sin pedirle que lo salvara ni que lo eligiera.
—Antes me cerraba —continuó él, sin victimismo—. Ahora intento no hacerlo. Incluso si la conversación me incomoda.
El viejo Matteo habría evitado esa frase.
Este no.
Aria bajó la mirada un segundo, procesando.
—Estoy confundida —dijo, y esta vez no fue una confesión impulsiva, sino un reconocimiento honesto.
—Lo sé —respondió él.
Y no intentó arreglarlo.
Ese fue el cambio.
No huyó del silencio que siguió. No lo llenó. Se quedó.
Después de unos segundos, dio un pequeño paso atrás.
—No quiero complicarte la vida —añadió—. Si hablar conmigo te desordena demasiado, dímelo. Puedo respetar eso.
No era una amenaza de desaparecer.
Era una elección consciente.
Aria sintió que el suelo bajo sus certezas volvía a moverse.
Porque lo que siempre la había atraído de Matteo era la intensidad.
Y ahora lo que la estaba descolocando era la estabilidad.
—No lo sé todavía —respondió.
Matteo asintió.
—Está bien.
Y lo decía en serio.
Cuando se despidieron, no hubo promesas. No hubo planes.
Solo una sensación clara: Esta vez, él no estaba huyendo.
Y eso era más peligroso que cualquier declaración apasionada.
Aria no le contó nada a Theo esa noche. Tampoco a Lena. Pero al día siguiente le escribió a Maya con una frase que ya era código entre ellas:
"¿Tienes café y paciencia?"
Maya respondió en menos de un minuto.
"Siempre."
Se encontraron en el departamento de Maya, que siempre olía a incienso suave y libros abiertos. Había una familiaridad ahí que le permitió a Aria sentarse en el sofá y quedarse en silencio unos segundos antes de empezar.
Maya no la apuró. Nunca lo hacía.
—Lo vi —dijo finalmente Aria.
Maya levantó la mirada, entendiendo sin que tuviera que explicar quién.
—¿Y?
Aria suspiró.
—No fue como pensé que sería. No fue una explosión. Fue... tranquilo.
Maya se acomodó frente a ella.
—Eso suena más peligroso que una explosión.
Aria soltó una risa breve.
—Sí. Exacto.
Le contó del mensaje. De la librería. De cómo Matteo no la presionó. De cómo habló diferente. Más consciente. Más presente.
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Editado: 19.02.2026