Aria escribió el mensaje con el pulso inestable.
No porque dudara de lo que quería decir, sino porque sabía que esa frase era una puerta. Y ella llevaba años viviendo frente a puertas que no se atrevía a cruzar.
Si vamos a hablar, necesito que esta vez no te cierres.
Se quedó mirando la pantalla unos segundos antes de enviarlo. Sintió el mismo vértigo que había sentido la primera vez que le dijo "te quiero", mucho tiempo atrás. No era romanticismo. Era exposición.
Lo envió.
Matteo respondió casi al instante.
No me voy a cerrar. Dime cuándo y dónde.
Nada más.
No preguntó qué significaba eso.
No se defendió.
No suavizó el momento con nostalgia.
Solo aceptó la condición.
Y eso, más que cualquier cosa, le apretó el pecho.
Se encontraron al día siguiente en un café claro, con ventanales amplios y mesas pequeñas demasiado cercanas unas a otras. El lugar no invitaba a la intimidad. Era casi incómodo para conversaciones profundas. Tal vez por eso Aria lo eligió.
Cuando Matteo entró, ella ya estaba allí. Levantó la vista y por un segundo el tiempo hizo lo que siempre hacía cuando él aparecía: se dobló.
No era que quisiera correr hacia él.
No era que quisiera huir.
Era esa sensación antigua, conocida, de que algo en su cuerpo lo reconocía antes que su mente.
Él se acercó despacio. No invadió. No tocó su hombro como antes. No intentó leerle el rostro como si tuviera derecho.
—Hola —dijo con una suavidad que no era timidez, era cuidado.
—Hola.
Se sentó frente a ella y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa. Ese gesto mínimo —no estar pendiente de nada más— la descolocó más de lo que habría imaginado.
Durante unos segundos, ninguno habló. Afuera, alguien reía demasiado fuerte. Una cuchara chocó contra una taza. El mundo seguía con una normalidad absurda mientras ellos estaban allí, sosteniendo algo que años atrás se les había desmoronado entre las manos.
Aria decidió no rodear el tema.
—Las últimas semanas antes de que termináramos —empezó, sintiendo cómo su garganta se tensaba— yo ya no sabía cómo hablar contigo.
Matteo no la interrumpió.
Ese detalle le dio espacio para continuar.
—Cada vez que intentaba hablar de futuro... tú te cerrabas. No gritabas. No discutías. Solo... desaparecías. Te ibas al balcón. Decías que estabas cansado. Cambiabas el tema. Y yo me quedaba sintiéndome exagerada por necesitar claridad.
Mientras hablaba, los recuerdos regresaron con una nitidez incómoda.
La última discusión grande.
La mesa sin recoger.
El silencio pesado después de que ella dijo "no sé si estás aquí conmigo o solo conmigo por ahora".
Él pasándose la mano por el cabello, respirando fuerte, diciendo que no podía hablar si ella lo presionaba.
La puerta del apartamento cerrándose.
El eco.
Matteo bajó la mirada un segundo. No en evasión. En reconocimiento.
—Sí —dijo finalmente.
Solo eso.
Aria frunció levemente el ceño, como si ese "sí" fuera insuficiente.
—Yo sentía que te estaba pidiendo algo que tú no querías darme.
Él levantó la vista.
—No era que no quisiera. Era que no sabía si podía.
La respuesta la tomó desprevenida.
—¿Cuál es la diferencia? —preguntó.
Matteo respiró hondo, como si estuviera ordenando algo antes de decirlo.
—Querer implica intención. Poder implica capacidad. Yo te quería. Mucho. Pero cuando empezaste a hablar de planes reales, de decisiones concretas... me di cuenta de que no sabía si estaba listo para sostener lo que eso significaba. Y en vez de decirlo, me cerraba. Porque admitirlo era aceptar que podía perderte.
No había dramatismo en su voz. Tampoco victimismo. Solo una honestidad que no había estado allí antes.
Aria sintió algo extraño: no alivio, no dolor... algo más complejo. Como si por fin estuviera escuchando la versión que necesitó en su momento.
—Me hacías sentir sola incluso cuando estabas al lado mío —dijo en voz baja.
Esa frase se quedó flotando entre ellos.
Matteo no la esquivó.
—Lo sé.
No intentó explicarse.
No dijo "no era mi intención".
No dijo "no fue así".
Solo lo aceptó.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Humano.
—¿Y si vuelve a pasar? —preguntó Aria, sintiendo que esa era la pregunta que realmente importaba—. ¿Y si el miedo vuelve? ¿Si otra vez sientes que no puedes?
Matteo no respondió enseguida. No reaccionó desde el impulso. Pensó.
Ella lo observó. Antes, ese tipo de pregunta lo habría irritado. Se habría defendido. Habría dicho que ella dramatizaba.
Esta vez no.
—El miedo no desaparece —dijo al final—. Pero ahora sé reconocerlo. Y sé que cuando me cierro, no estoy protegiéndome. Estoy rompiendo algo. Si vuelve el miedo... hablaría. No me iría. No te dejaría adivinando.
Aria sintió un nudo subirle por la garganta. No porque él prometiera quedarse. Sino porque no estaba prometiendo nada grandioso. Estaba hablando de responsabilidad.
—No estoy aquí para convencerte —añadió él—. Ni para pedirte que elijas nada ahora. Solo quería que supieras que lo entendí. Lo que hice. Lo que no hice. Y que estoy trabajando en eso. No por recuperarte. Por mí.
Eso fue lo que la desarmó.
Si hubiera dicho "siempre fuiste tú", habría sido fácil resistirse.
Si hubiera dicho "he cambiado por ti", habría sonado romántico.
Pero no estaba hablando desde la intensidad.
Estaba hablando desde la conciencia.
Cuando salieron del café, el aire estaba más frío de lo que ella esperaba. Caminaron unos pasos juntos, sin tocarse.
—Gracias por decirme lo que antes no sabíamos sostener —dijo él.
No hubo intento de abrazo. No hubo roce accidental.
Se fue primero.
Y no miró atrás.
Esa noche, Aria se quedó sentada en el sofá de su apartamento, con la conversación repitiéndose en su cabeza como una película que no sabía cómo detener.
#3123 en Novela romántica
#884 en Novela contemporánea
saludmental, romance segundas oportunidades, reencuentro después de años
Editado: 19.02.2026