El correo seguía abierto en la pantalla desde hacía casi veinte minutos.
Aria no recordaba haberlo leído tantas veces en tan poco tiempo. La wedding planner no usaba un tono dramático, solo práctico, eficiente: necesitaban confirmar la fecha esa misma semana para enviar invitaciones. Si no lo hacían, el salón se liberaría.
Liberar.
La palabra le produjo una sensación extraña, como si no se refiriera a un lugar sino a algo más grande, algo que todavía no se atrevía a nombrar.
Theo estaba en la cocina, preparando café. El sonido de la cafetera llenaba el silencio del departamento con una normalidad casi cruel. Cuando volvió con las dos tazas, notó enseguida la rigidez en la postura de Aria.
—¿Es lo del salón? —preguntó, dejando la taza frente a ella.
Aria asintió sin levantar la vista.
—Dicen que necesitan confirmación esta semana.
Theo no respondió de inmediato. Se sentó frente a ella, apoyando los antebrazos sobre la mesa. No parecía nervioso. Pero tampoco relajado. Había algo contenido en su quietud, como si llevara días preparándose para este momento.
—¿Quieres confirmarlo hoy? —preguntó finalmente.
Era una pregunta sencilla. Pero no lo era.
Aria tomó la taza solo para tener algo que sostener. El calor le atravesó los dedos, la obligó a estar presente en su cuerpo. Intentó imaginarse escribiendo el correo de confirmación. Intentó visualizar el siguiente paso: invitaciones enviadas, pruebas finales del vestido, conversaciones familiares que ya no tendrían marcha atrás.
Intentó sentir ilusión.
Lo que apareció fue otra cosa.
No rechazo.
No miedo exacto.
Sino una sensación de que estaba avanzando más rápido que su propia verdad.
—Theo... —empezó, y la forma en que dijo su nombre hizo que él levantara la mirada con atención inmediata.
Él no la interrumpió.
—Necesito preguntarte algo —continuó, forzándose a no suavizar lo que estaba por decir—. ¿Tú sientes que algo cambió entre nosotros?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Theo la sostuvo con la mirada varios segundos antes de responder. No parecía sorprendido. Más bien parecía haber estado esperando que ella lo dijera en voz alta.
—Sí —admitió con calma—. Y creo que tú también lo sabes.
Aria sintió que el aire se volvía más pesado.
—No es que no te ame —dijo rápidamente, casi como si quisiera protegerlo del siguiente golpe.
—No dije eso.
La serenidad en su tono la descolocó más que cualquier reproche.
Theo tomó su taza, dio un sorbo y la volvió a dejar en la mesa con cuidado, como si necesitara tiempo para ordenar sus propias palabras.
—Desde que Matteo volvió —dijo sin rodeos—, hay una parte tuya que está en otra parte.
Aria sintió que el nombre atravesaba el espacio como algo tangible. No respondió enseguida.
—No estoy teniendo nada con él —aclaró, y no era una mentira.
—Lo sé —respondió Theo—. Esto no es sobre traición. Es sobre presencia.
La palabra la golpeó con precisión.
Presencia.
—A veces hablo contigo y estás aquí —continuó él—. Pero otras veces estás pensando en algo que no compartes. Y yo puedo sentirlo.
Aria bajó la mirada hacia sus manos. El anillo seguía ahí, brillando con una fidelidad que ella ya no sentía tan firme.
—Si Matteo no estuviera en la ciudad —preguntó Theo, ahora con la voz ligeramente más baja—, ¿estarías dudando?
La pregunta no fue agresiva. Fue honesta.
Aria quiso decir que no. Quiso aferrarse a esa versión más simple de la historia. Pero algo dentro de ella se negó a mentir.
Pensó en las semanas anteriores al reencuentro. En cómo ya se sentía inquieta cuando hablaban de detalles de la boda. En cómo la palabra "para siempre" había empezado a sentirse más como estructura que como deseo.
Le tomó unos segundos responder.
—Sí —susurró finalmente—. Creo que sí.
Theo cerró los ojos un instante, apenas perceptible, pero suficiente para que ella entendiera el peso de la respuesta.
Cuando volvió a mirarla, ya no había incertidumbre en su expresión. Había tristeza. Y algo más difícil: lucidez.
—Entonces no es él —dijo con suavidad—. Es algo que ya estaba en ti.
Aria sintió que esa frase la desarmaba por completo.
—Yo te amo —continuó Theo, y su voz no tembló, pero sí perdió parte de su firmeza habitual—. Te amo desde un lugar estable. Tranquilo. No dudo de nosotros. Nunca dudé.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de Aria sin que pudiera detenerlas.
—Pero no puedo casarme con alguien que todavía está intentando entender si eligió por calma o por convicción.
Eso fue lo que la quebró.
No era un ataque.
Era una protección.
Theo se inclinó hacia atrás en la silla, pasándose una mano por el rostro. Era un gesto pequeño, pero Aria lo había visto hacer eso solo cuando algo realmente lo afectaba.
—No quiero competir con una historia que no cerraste —añadió—. Y tampoco quiero ser el hombre que te dio seguridad mientras tú te preguntabas si otro era el amor de tu vida.
La crudeza de la frase le cortó la respiración.
—No es así de simple —intentó decir ella.
—Nunca lo es.
El silencio que siguió no fue vacío. Estaba lleno de todo lo que habían construido juntos. De cenas tranquilas. De planes de viaje. De la forma en que Theo siempre se quedaba cuando había conflicto.
Aria se dio cuenta de algo doloroso: él no estaba perdiendo la compostura. Estaba perdiendo la certeza.
—No quiero que te quedes por miedo a equivocarte —dijo finalmente Theo—. Quiero que te cases conmigo porque no puedes imaginar tu vida sin esto.
Aria cerró los ojos. Intentó imaginarlo.
Vio estabilidad.
Vio calma.
Vio una vida ordenada.
Pero no sintió esa inevitabilidad.
Y en el fondo sabía que eso no era justo para ninguno de los dos.
—No quiero hacerte daño —murmuró.
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Editado: 19.02.2026