El reloj del horno marcaba las 7:41 p.m. cuando Aria levantó la vista sin saber por qué.
No estaba esperando nada. No había alarma ni recordatorio. Pero algo en su cuerpo reconocía esa franja horaria con una precisión casi enfermiza. Como si diez años de memoria hubieran programado una alarma invisible bajo la piel.
Theo estaba de pie junto a la ventana, con la espalda recta y las manos en los bolsillos. No parecía enojado. No parecía derrotado. Solo parecía... triste. Triste de esa manera adulta que no hace ruido.
7:42 p.m.
El aire se volvió más espeso. No en la habitación. Dentro de ella.
Y el recuerdo llegó sin pedir permiso.
El restaurante estaba lleno esa noche. No era un lugar especial; lo habían elegido porque quedaba cerca del departamento de Matteo. Habían pedido vino. Ella recordaba el color rojo oscuro en la copa, aunque no recordaba el sabor.
Recordaba la luz cálida sobre la mesa. Recordaba el murmullo constante alrededor. Recordaba que había pan en una cesta entre los dos y que ninguno lo estaba tocando.
Matteo estaba frente a ella, pero no estaba con ella.
Eso lo entendió después.
En ese momento solo notó algo pequeño: él dejó de mirarla.
No fue inmediato. Fue sutil. Su mirada empezó a desviarse hacia el costado, hacia la pared, hacia cualquier punto que no fuera ella.
—¿Estás bien? —le preguntó Aria esa noche.
No era una pregunta dramática. Era cotidiana.
Matteo tardó en responder. Se pasó la mano por el cabello. Miró la mesa. Tomó aire.
Y entonces dijo:
—No puedo seguir.
Así. Sin elevar la voz. Sin advertencia.
El restaurante no se detuvo. Una pareja reía cerca de la ventana. Un mesero pasó pidiendo otra botella de vino. Alguien dejó caer un cubierto y el sonido metálico fue absurdamente fuerte.
Aria parpadeó.
Pensó que era una frase incompleta. Que venía algo más después.
—¿No puedes seguir qué? —preguntó, todavía intentando encajar la conversación dentro de algo lógico.
Él evitó su mirada otra vez.
—No es justo para ti.
Esa fue la frase que más la confundió.
Como si el amor pudiera organizarse en categorías correctas. Como si estuviera haciendo algo noble al levantarse de la mesa.
—Estamos pasando una mala semana —dijo ella rápidamente—. Lo hablamos. Lo arreglamos.
Estaba convencida de que las relaciones adultas no terminaban así. No sin discusión. No sin pelea. No sin al menos intentarlo.
Matteo la miró entonces.
Y en sus ojos había algo devastador: amor y miedo al mismo tiempo.
—Te amo —dijo.
Y ella sintió que todo se acomodaba por un segundo.
Pero luego vino la segunda parte.
—Pero no puedo.
Ahí fue cuando el suelo se inclinó.
No hubo gritos. No hubo escena. No hubo dramatismo.
Solo él levantándose con una decisión que ya había tomado antes de sentarse a cenar.
El reloj detrás de la barra marcaba las 7:43 p.m.
Ella lo vio caminar hacia la puerta.
Esperó que regresara por su chaqueta.
Esperó que volviera a decir que se había equivocado.
Esperó a que la puerta se abriera otra vez.
Nunca lo hizo.
Y en ese instante, algo dentro de Aria se quedó sentado en esa mesa para siempre.
7:43 p.m.
El reloj del horno cambió de número .
Aria parpadeó. Estaba en su casa. En su presente. No en aquel restaurante donde su corazón se había quedado.
Con Theo todavía allí y la diferencia la golpeó con una claridad casi dolorosa.
Theo no estaba evitando su mirada.
No estaba levantándose.
No estaba decidiendo por los dos.
—No quiero que esto se convierta en algo que nos rompa más adelante —dijo con voz baja.
No evitó su mirada.
No se levantó para irse.
No dejó una frase suspendida en el aire.
La sostuvo.
Con Matteo, el final fue una huida envuelta en amor incapaz. Con Theo, el final estaba siendo una conversación sostenida hasta el último segundo.
Aria sintió que algo se abría dentro de ella, algo que llevaba años apretado.
—Cuando Matteo me dejó —empezó, y el nombre ya no se sentía como traición sino como verdad—, sentí que yo no había sido suficiente para que alguien luchara.
La confesión salió suave, pero le atravesó el pecho.
Theo no reaccionó con celos. No tensó la mandíbula. Solo escuchó.
—Me quedé sentada después de que se fue —continuó ella—. Pero él ya había decidido.No me moví. Pensé que si esperaba lo suficiente, volvería. Que si lo amaba de la forma correcta, cambiaría de opinión.
Recordó el sonido de la puerta cerrándose. Recordó el frío repentino en la piel. Recordó la sensación de que el restaurante entero seguía funcionando mientras ella se quedaba detenida en el tiempo.
Durante diez años, cada vez que el reloj marcaba 7:43 p.m., volvía a ese restaurante.
A Stanza.
No porque quisiera.
Sino porque hay despedidas que no suenan como un final y por eso nunca terminan del todo.
—No fue que no me amara —susurró—. Fue que no supo quedarse.
Theo dio un paso hacia ella. No para tocarla. Solo para estar más cerca.
—Yo no me estoy yendo porque no te ame ni estoy decidiendo por ti —dijo con la voz ligeramente quebrada—. Me estoy yendo y decidiendolo junto a ti porque te amo lo suficiente como para no pedirte que te cases conmigo mientras una parte de ti está intentando resolver otra historia.
La frase cayó con un peso diferente.
Con Matteo, el dolor fue sentirse abandonada.
Con Theo, el dolor era asumir responsabilidad.
No había puerta cerrándose de golpe. No había una decisión unilateral.
Había dos personas mirándose de frente y reconociendo que algo no estaba entero.
Aria se dio cuenta de que estaba temblando.
La herida no era la misma y eso lo cambiaba todo.
Theo finalmente se acercó y la abrazó. No con desesperación. Con respeto. Como si ese abrazo fuera una despedida consciente, no una retirada.
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Editado: 19.02.2026