El mensaje llegó a las 6:56 p.m., mientras Matteo estaba sentado en la mesa de la cocina con el portátil abierto y una taza de café que ya se había enfriado sin que lo notara. Había estado respondiendo correos de trabajo con esa concentración mecánica que no exige emoción, solo presencia.
Cuando el teléfono vibró, lo ignoró los primeros segundos. Pensó que sería alguna notificación irrelevante, un recordatorio, cualquier cosa que no implicara abrir algo que todavía no sabía cómo manejar.
Pero vio su nombre en la pantalla.
Aria.
El corazón no se aceleró de golpe; fue más sutil que eso. Una presión leve en el pecho, como si el cuerpo reconociera el peso antes que la mente.
Abrió el mensaje.
Si vamos a hablar, necesito que esta vez no te cierres.
No había saludo. No había suavidad. No había nostalgia.
Solo una condición.
Matteo se quedó mirando la pantalla más tiempo del necesario. Sintió cómo algo antiguo se movía dentro de él, algo que conocía demasiado bien. Esa frase no era solo una petición; era un espejo. Porque si había algo que definió la última etapa de su relación, fue precisamente eso: cerrarse.
Apoyó el teléfono boca abajo sobre la mesa y se pasó una mano por la cara. El apartamento estaba en silencio. Afuera, alguien discutía por teléfono en la calle. Un vecino arrastró una silla. La vida seguía con la misma normalidad que siempre le pareció injusta en momentos importantes.
Que esta vez no te cierres.
La frase empezó a repetirse en su cabeza.
Y, sin quererlo, volvió a esa noche.
No como recuerdo distante.
Como escena viva.
El restaurante olía a vino y pan caliente. Habían pedido lo mismo que otras veces, como si la rutina pudiera sostener lo que ya estaba empezando a quebrarse. Matteo llevaba semanas sintiendo una presión constante en el pecho, una mezcla de amor y miedo que no sabía cómo traducir sin sentirse débil.
Aria hablaba de un proyecto nuevo en el trabajo. Tenía esa energía luminosa que siempre lo había enamorado. La escuchaba, pero al mismo tiempo sentía que la distancia entre lo que ella esperaba del futuro y lo que él creía poder ofrecer se agrandaba con cada palabra.
No era que no quisiera ese futuro con ella.
Era que no confiaba en sí mismo para no arruinarlo.
Cada vez que ella decía "cuando vivamos juntos" o "cuando tengamos algo nuestro", él asentía. Sonreía. Pero por dentro algo se tensaba. Pensaba en su trabajo estancado. Pensaba en las dudas que no le había contado. Pensaba en esa sensación constante de no estar avanzando al mismo ritmo.
Y en vez de decirlo, empezó a callar.
Aria tenía claridad. Tenía impulso. Tenía esa forma de amar que empuja hacia adelante.
Matteo, en cambio, llevaba meses sintiéndose estancado en un trabajo que no lo hacía feliz, dudando de cada decisión, cuestionando si estaba a la altura de lo que ella veía cuando lo miraba con esa fe absoluta. Y en lugar de decirle que tenía miedo, empezó a cerrarse.
Primero fue sutil: evitaba conversaciones largas, respondía con humor cuando ella intentaba profundizar, cambiaba de tema cuando la palabra "futuro" se volvía demasiado concreta. Después fue más evidente: irritabilidad sin motivo real, silencios prolongados, ausencias emocionales incluso cuando estaban en la misma habitación.
Esa noche, cuando Aria notó la distancia y le preguntó si estaba distante otra vez, Matteo sintió que el cuerpo entero se le tensaba. Otra vez. La palabra confirmaba que ella lo estaba sintiendo desde hacía tiempo.
Podría haber hablado.
Podría haber dicho: "Tengo miedo."
Podría haber dicho: "No me siento suficiente."
Podría haber dicho: "No sé si estoy listo para lo que tú ya estás lista."
Pero decir eso implicaba mostrarse incompleto. Vulnerable. Implicaba arriesgarse a que ella lo mirara diferente.
Y Matteo, en ese momento de su vida, confundía vulnerabilidad con fracaso.
Cuando dejó de mirarla antes de hablar, no fue por indiferencia. Fue porque si sostenía sus ojos un segundo más, no iba a poder seguir con la decisión que llevaba días ensayando.
—No puedo seguir.
La frase salió más estable de lo que se sentía.
No podía porque no sabía cómo sostener ese amor sin sentir que iba a fallar en algún punto esencial. No podía porque cada vez que imaginaba un compromiso más profundo, una vida compartida más concreta, la inseguridad le ganaba la partida. No podía porque en su cabeza el sacrificio parecía más digno que el riesgo de quedarse y equivocarse.
La vio parpadear. Vio cómo intentaba acomodar esa frase dentro de algo lógico. Ella pensó que era una mala semana. Que lo hablarían. Que el amor era suficiente para sostener cualquier grieta.
Y ahí fue cuando sintió la primera punzada real de culpa.
Porque ella estaba dispuesta a quedarse y enfrentar lo incómodo.
Él estaba eligiendo huir antes de que lo incómodo lo expusiera.
—No es justo para ti —añadió, como si el sacrificio pudiera disfrazar el miedo.
En el fondo sabía que esa frase era una coartada. Lo que quería decir era: No confío en mí mismo para no fallarte.
Pero no lo dijo.
Se levantó de la mesa antes de que su determinación se quebrara, el reloj detrás de la barra marcaba las 7:43 p.m. Ese número se le quedó grabado con una claridad absurda. No sabía que lo perseguiría durante años.
Mientras caminaba hacia la salida, sintió el impulso físico de regresar. De sentarse otra vez y decir la verdad completa. Pero el orgullo y la vergüenza pesaban más que el amor en ese momento. Volver implicaba admitir que la ruptura no era noble. Era insegura.
La puerta del restaurante se cerró detrás de él con un sonido suave que no estaba a la altura de lo que acababa de hacer. Durante un segundo se quedó de pie en la acera, como si el cuerpo necesitara ponerse de acuerdo con la decisión que la boca ya había pronunciado.
#3123 en Novela romántica
#884 en Novela contemporánea
saludmental, romance segundas oportunidades, reencuentro después de años
Editado: 19.02.2026