Aún entre nosotros.

Capítulo 25

Quedaron en verse a las seis de la tarde en un café que ninguno de los dos conocía. El acuerdo fue sencillo, casi práctico, como si estuvieran organizando una reunión de trabajo y no un encuentro que llevaba diez años postergándose. Matteo respondió con un "Dime cuándo y dónde" que no tenía adornos ni nostalgia. Aria envió la dirección sin añadir nada más. No hubo emojis, ni frases de transición, ni intentos de suavizar lo inevitable. Solo una hora y un lugar.

A las cinco y cuarto, Aria estaba en su habitación intentando decidir qué ponerse sin admitir que estaba intentando decidir qué ponerse. No quería parecer distante ni demasiado preparada. No quería que su ropa hablara por ella. Terminó eligiendo algo sencillo, algo que no gritara pasado ni insinuara futuro.

Cuando abrió el cajón del escritorio para tomar su bolso, lo vio.

El sobre seguía allí, plano, ligeramente amarillento en las esquinas por el paso del tiempo. No estaba escondido. Tampoco estaba a la vista inmediata. Estaba en ese punto intermedio donde se guardan las cosas que no se quieren perder pero tampoco se quieren enfrentar a diario.

Lo tomó con cuidado, como si el papel pudiera quebrarse. El tacto era familiar. No necesitaba abrirlo para recordar lo que decía; lo llevaba memorizado en algún lugar del cuerpo.

La escribió tres meses después de que Matteo se levantara de aquella mesa y dejara el restaurante sin mirar atrás. No fue inmediata. No fue impulsiva. La carta no nació del shock, sino del momento en que el shock se agotó y quedó solo la realidad.

Tres meses después, el dolor ya no era una herida abierta que sangraba todo el tiempo. Era algo más estable, más silencioso. Se levantaba por la mañana y funcionaba. Iba al trabajo. Sonreía cuando correspondía. Respondía mensajes. Había aprendido a contar la ruptura con frases breves que no dejaban espacio para preguntas incómodas: "Terminamos." "No estábamos en el mismo lugar." "Fue decisión de él."

Esa última frase era la que más pesaba.

Fue decisión de él.

La noche que escribió la carta no estaba llorando. Estaba sentada en la mesa del comedor, con una lámpara pequeña encendida y una hoja en blanco frente a ella. No abrió el portátil. No quería borrar ni editar en exceso. Quería que lo que saliera quedara fijado, incluso con sus imperfecciones.

Escribió su nombre con tinta azul.

Matteo.

Se quedó mirando esa palabra durante varios segundos antes de continuar, como si al escribirla hubiera invocado algo que necesitaba tratar con cuidado.

"No estoy escribiendo para que vuelvas", fue la primera frase que puso sobre el papel. Y era verdad. A esas alturas ya no esperaba que la puerta se abriera de nuevo. La fase de esperar se había ido apagando lentamente, casi sin que ella lo notara. Lo que quedaba era otra cosa: una conversación pendiente que se repetía en su cabeza con variaciones mínimas cada noche.

Siguió escribiendo con una calma que la sorprendió.

"Lo que más me dolió no fue que terminaras. Fue que ya lo hubieras decidido sin mí."

Esa frase le costó, no por rabia, sino por claridad. Porque durante semanas había intentado convencerse de que el dolor era la pérdida en sí. Pero no. Lo que la había descolocado de verdad fue la exclusión. No haber tenido la oportunidad de participar en la decisión que afectaba su propia vida.

Recordaba perfectamente cómo se sintió aquella noche en el restaurante: confundida, sí; herida, también; pero sobre todo desplazada. Como si hubiera llegado tarde a una conversación que él ya había tenido consigo mismo.

"Yo estaba dispuesta a hablar. A quedarme. A intentar entender qué estaba pasando. Pero me dejaste sentada con una conclusión que no construimos juntos."

Mientras escribía eso, no había lágrimas cayendo sobre el papel. Había una especie de firmeza tranquila. No estaba acusándolo; estaba registrando un hecho.

Tres meses después de la ruptura, lo que más la sorprendía era que no lograba odiarlo. Había intentado hacerlo. Había buscado pequeñas fallas para amplificarlas, había repetido mentalmente que quien ama no se va así, había tratado de transformar la tristeza en enojo porque el enojo parece más fácil de gestionar.

Pero no lo consiguió.

"Intenté odiarte", escribió. "Pensé que si lograba enojarme lo suficiente sería más sencillo dejar de pensar en ti. Pero no pude. Me dolía imaginar que estabas convencido de que estabas haciendo lo correcto."

Esa era la parte más incómoda de admitir: incluso en el abandono, había empatía.

"No me fui", continuó. "Me quedé sentada esperando que volvieras. No sé si lo sabes. No sé si lo imaginaste. Pero esperé."

No detalló cuánto tiempo. No describió el restaurante ni la hora. No necesitaba hacerlo. La espera estaba implícita en la frase.

Cuando terminó la carta, la leyó varias veces. No había dramatismo ni súplicas. No había "regresa" ni "cómo pudiste". Era una carta contenida, casi sobria. Una carta escrita por alguien que estaba empezando a entender que el dolor no era solo perder a alguien, sino perder la posibilidad de decidir.

La dobló con cuidado. La metió en un sobre. Escribió su nombre en el frente. Nunca escribió la dirección. Nunca compró el sello.

Durante días la llevó en el bolso. La sacaba en momentos inesperados, la leía en silencio y volvía a guardarla. No la enviaba porque, en el fondo, sabía que no la estaba escribiendo para cambiar el pasado. La estaba escribiendo para no quedarse atrapada en él.

Con el tiempo dejó de cargarla, pero no la tiró.

Y ahora, de pie en su habitación, diez años después, la sostenía otra vez entre los dedos mientras se preparaba para verlo.

No abrió el sobre. No lo necesitaba. Lo que había escrito en esa hoja ya había cumplido su función: le permitió reconocerse en medio de la ruptura, aprendiendo a sostener la ausencia sin romperse y entender que no había sido pasiva por debilidad, sino porque estaba dispuesta a quedarse.




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