Aún entre nosotros.

Capítulo 26

Se sentaron frente a frente, la mesa actuando como un límite que parecía imposible de atravesar. El café humeaba frente a ellos, olvidado, mientras el mundo exterior desaparecía: ni las conversaciones de otros clientes, ni el tintinear de cucharas, ni la música de fondo podían penetrar la burbuja que los contenía.

El silencio era casi físico, pesado. Aria entrelazó los dedos sobre la mesa, notando cómo sus nudillos se ponían blancos. Matteo movía los pies bajo la mesa, inquieto, pero mantenía la espalda rígida. Ninguno se movía primero. Ninguno huía. Por primera vez en años, estaban frente a frente sin escapatoria.

—No vine a recordar lo bonito —dijo Aria finalmente, cortando el aire—. Vine a entender lo que pasó.

Matteo la miró fijo, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. Sus dedos rozaron la taza de café, temblando apenas, y luego sacó un sobre arrugado de su chaqueta. Lo colocó sobre la mesa con cuidado, como si entregar aquello significara desnudar su alma.

—Es para ti —dijo simplemente.

Aria lo miró, sin comprender del todo. Luego, con manos temblorosas, tomó el sobre y lo abrió. Mientras sus ojos recorrían las palabras, todo el peso de los años de silencio de Matteo se hizo presente:

"Aria, hay tantas cosas que no te dije. Tenía miedo... miedo de no ser suficiente para ti, miedo de que descubrieras que no podía protegerte de todo lo que tu familia te hacía soportar. Siempre sentí que, por más que quisiera, no podía ser el refugio que necesitabas. Me culpaba antes de tiempo. Me culpaba por querer quedarme, por quererte demasiado. Y luego... luego sentía vergüenza. Vergüenza de mi propia cobardía, de no haber sabido ser el hombre que merecías. No podía dejar que me vieras así, débil, perdido entre tus problemas y los míos. Por eso me fui... por miedo, por culpa y por vergüenza."

Aria dejó que la carta cayera sobre la mesa por un momento, cerrando los ojos y respirando hondo. Cada palabra era un espejo de su propio dolor: años de reproches, soledad y silencios que ella había cargado sola, ahora compartidos. No era una disculpa bonita; era vulnerabilidad cruda y dolor genuino.

—Tenía miedo —dijo Matteo, con voz quebrada, observando cómo ella procesaba las palabras—. Miedo de que nunca pudiera darte lo que necesitabas. De que tu familia y sus sombras nos consumieran.

Aria levantó la vista, y por un instante, sintió que las lágrimas la traicionaban. Luego respiró profundo y dijo con voz temblorosa:

—Yo... también escribí algo —susurró—. Una carta que nunca te envié. Nunca pensé que alguien la leería.

Matteo parpadeó, sorprendido. Sus labios se abrieron, pero no emitió sonido al principio. Luego, con voz baja y tensa, dijo:

—No sabía... yo tampoco la envié. Sentí que ya había hecho suficiente daño. Creí que regresar sería egoísta.

El impacto de la confesión fue casi físico. Se miraron fijamente, reconociendo en los ojos del otro el mismo miedo, la misma vergüenza, la misma carga de silencios que habían llevado durante años. Por primera vez comprendieron que ambos habían sufrido en paralelo, que ambos habían querido decir algo que nunca llegó a las manos del otro.

Aria respiró hondo, dejando que cada palabra se asentara dentro de ella. El café ya no importaba; el mundo exterior había desaparecido por completo. Solo existían ellos y la verdad compartida.

—¿Y la terapia? —preguntó Aria, con calma que escondía la urgencia de su corazón—. ¿Fue por esto?

—Sí —dijo Matteo—. Años después. Necesitaba entenderme, entender por qué hice lo que hice, cómo no repetirlo... y cómo vivir con lo que perdí.

Aria asintió lentamente, procesando cada sílaba, cada silencio, cada gesto. Lo que dolía ya no era solo suyo; era compartido. Sus miedos se encontraban ahora en la misma habitación, expuestos y crudos, y eso le dio una claridad inesperada.

—Nunca he dejado de preguntarme qué habría pasado si me hubiera quedado —dijo Matteo, con la voz temblando—.

—Entonces... —dijo Aria, con voz firme—, ambos cargamos con nuestro miedo en silencio.

—Sí —susurró Matteo—. Y nunca quise que lo sintieras sola.

Se quedaron un momento en silencio, escuchando su respiración, los pequeños movimientos de sus manos, cómo el mundo seguía existiendo a su alrededor, pero ellos habían entrado en una dimensión diferente. El equilibrio había cambiado. Por primera vez en años, no había distancia impuesta, solo la verdad compartida.

Aria tomó aire, reuniendo el valor para decir algo que había pensado durante años, mientras Matteo la observaba, curioso y tenso:

—Diez años... —comenzó—. Diez años separados. ¿Sabes lo que hice en todo ese tiempo? Intenté construir una vida que me hiciera olvidar, pero siempre había huecos. Con Theo, con mi trabajo, con mis amigos... todo parecía completo, pero nunca lo estaba. Siempre había un espacio vacío, y ese espacio eras tú.

Matteo se inclinó un poco hacia adelante, como si necesitara absorber cada palabra:

—Yo también... intenté. Trabajo, viajes, distracciones... pero cada intento se sentía insuficiente. Nunca dejé de pensar en ti. Ni un solo año pasó sin que me preguntara si podía hacerlo diferente.

Se miraron, dejando que los recuerdos fluyeran entre ellos: días, meses, años de decisiones, de ausencias, de intentos fallidos de seguir adelante. La distancia de diez años parecía un océano, y aún así, allí estaban, frente a frente, compartiendo todo lo que habían guardado.

Y entonces, casi al mismo tiempo, sus ojos se elevaron hacia el reloj de pared.

7:43 p.m.

Ambos se quedaron paralizados un instante. La misma hora. La reacción fue idéntica: un sobresalto silencioso, seguido de una sonrisa pequeña, casi incrédula.

Era un momento trivial para cualquiera, pero para ellos tenía un peso imposible de ignorar. Como si el tiempo, que los había separado, ahora conspirara para sincronizarlos.

—Siempre... supimos encontrarnos —murmuró Matteo, y Aria sintió que no era un reproche ni una declaración romántica, sino una verdad que ambos habían llevado consigo durante diez años.




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