Matteo caminaba a su lado sin decir una palabra, dejando que Aria marcara el ritmo. La ciudad nocturna los rodeaba con luces amarillas y sombras largas, pero ambos estaban absortos en la sensación de que el mundo podía desaparecer a su alrededor y no pasaría nada. Cada paso era una pequeña concesión, un acercamiento silencioso que los acercaba no solo físicamente, sino a todo lo que habían reprimido durante años.
—Gracias por acompañarme —dijo Aria, apenas un susurro, mientras abría la puerta de su apartamento.
Matteo asintió, sin mirarla directamente. Cada gesto suyo era medido, como si temiera romper algo que acababa de reconstruirse en horas: la confianza, la vulnerabilidad, los secretos compartidos. La carta seguía en la cartera de Aria, un vínculo físico y emocional que los mantenía juntos incluso cuando no decían nada.
Aria cerró la puerta tras ellos y dejó escapar un leve suspiro, como si en ese simple acto pudiera depositar años de tensión acumulada. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola en su propio espacio. Su corazón latía con fuerza, pero no de miedo: de expectación, de anhelo contenido, de algo que había esperado sin saberlo durante una década.
Se sentaron en el sofá, todavía con las chaquetas puestas, las manos cerca pero sin tocarse. La carta descansaba dentro de la cartera de Aria, y cada tanto ella la rozaba inconscientemente, recordando las palabras de Matteo y su propia vulnerabilidad al abrirse.
—He terminado con Theo —dijo por fin—. Cancelé la boda.
La frase flotó entre ellos, sin dramatismo, solo con la honestidad que había costado tanto obtener. Matteo no dijo nada, solo la miró, y Aria continuó:
—No es que ahora lo tenga todo resuelto. Estoy confundida... pero al menos he cerrado lo que quedó pendiente contigo. Ya no me atormenta la ruptura. Ahora solo me queda decidir si puedo dejarte ir para siempre.
Matteo tragó saliva, sintiendo cómo cada palabra de ella golpeaba suavemente su corazón. Sus manos, temblorosas, se movieron inconscientes hacia el borde del sofá, como si desearan acortar la distancia sin atreverse a hacerlo todavía.
—Nunca he dejado de preguntarme... —empezó Matteo, con voz baja y temblorosa—. Qué habría pasado si me hubiera quedado.
Aria levantó la vista, encontrando su mirada. No había reproche, solo reconocimiento silencioso, mezclado con ese fuego que ambos habían aprendido a ocultar. La cercanía física se volvió insoportable: cada respiración del otro, cada sutil movimiento, era un recordatorio de todo lo que habían perdido y de todo lo que aún podía estar allí.
—Entonces... —susurró Aria—. Ambos cargamos con nuestro miedo en silencio.
—Sí —dijo Matteo—. Y nunca quise que lo sintieras sola.
Matteo se inclinó un poco hacia ella, evaluando, midiendo, sintiendo cómo la atracción y el deseo reprimido de años se filtraban entre ellos. Aria, consciente de cada microgesto suyo, dejó que su corazón se adelantara un latido, y por primera vez desde hacía años, no apartó la mirada.
—Aria... —susurró Matteo, con voz firme pero cálida—. Durante años pensé que no podía manejar todo esto, que te perdería incluso si estaba a tu lado. Pero... he aprendido a enfrentar lo que antes me aterraba. Y ahora, estoy aquí contigo. Quiero que lo sientas: no voy a huir, no voy a dejarte sola.
Aria tragó saliva, sintiendo cómo esa certeza la anclaba y a la vez despertaba todo lo que había reprimido.
—Yo... yo tampoco te he olvidado —dijo, con voz temblorosa pero segura—. Cada vez que pensé que podía seguir adelante, algo tuyo seguía en mí. No es culpa de Theo, no es rencor... es que tú sigues siendo parte de mí, y ahora sé que puedo sostener lo que siento.
Matteo acercó su mano a la de ella, rozándola suavemente. Su tacto era firme, seguro, y al mismo tiempo cargado de electricidad. La sinceridad compartida los dejó vulnerables, pero también unidos, con un entendimiento silencioso que no necesitaba palabras.
Ella no se apartó. Por el contrario, entrecerró los ojos, dejando que la cercanía se volviera aún más intensa. Cada respiración compartida, cada pequeño roce, los acercaba más hasta que finalmente, en un instante que pareció detener el tiempo, Matteo presionó sus labios contra los de Aria.
El beso fue apasionado, intenso, lleno de años de anhelo y contención. Esta vez no había duda, ni miedo, ni culpa. Era la intensidad de una década de silencios y cartas no enviadas concentrada en un solo instante. Aria respondió con igual fuerza, sus manos encontrando los hombros de Matteo, aferrándose como si el mundo fuera a desaparecer si lo soltaba.
Cuando se separaron un poco, sus frentes se rozaron y ambos respiraban profundamente. La noche seguía afuera, indiferente, pero dentro del apartamento, algo había cambiado: había seguridad, había verdad, y había un anhelo compartido que ya no necesitaba temer.
Ambos quedaron en silencio, respirando juntos, conscientes de que este encuentro había cambiado todo. La noche continuaba afuera, indiferente, pero dentro del apartamento, algo nuevo y antiguo a la vez había nacido: la posibilidad de reconciliación, aunque aún cargada de dudas, límites y decisiones por tomar.
Aria cerró los ojos por un instante, dejando que la cercanía, el calor y el latido firme de Matteo contra el suyo calmaran los años de miedo y dudas. Cada respiración compartida era un recordatorio de que podían sostenerse mutuamente, sin escapatoria ni protección artificial.
—No puedo... —susurró Aria, temblando, con la voz cargada de emoción—. No puedo dejar de pensar en ti. Cada decisión, cada día que intenté seguir adelante... siempre había algo tuyo que no podía soltar.
Matteo tomó su mano entre las suyas, con firmeza, pero con ternura. No había duda ni miedo en su mirada; había certeza, paciencia y la promesa silenciosa de que no la dejaría sola frente a sus emociones.
—Y yo tampoco —dijo, con voz calmada y segura—. Te quiero tanto, Aria. Pero no solo eso... estoy aquí, contigo, y no voy a desaparecer. No tendrás que cargar esto sola nunca más.
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Editado: 19.02.2026