Aún entre nosotros.

Capítulo 28

Al día siguiente, Aria se movía despacio por su apartamento. El aroma del té recién hecho llenaba el pequeño espacio, pero su mente estaba lejos de la rutina. Sus dedos, casi sin pensarlo, rozaron la carta que Matteo le había dado la noche anterior. La levantó con cuidado, sosteniéndola como un objeto frágil, pero también como un recordatorio de que nada de lo que habían compartido había sido en vano.

Se sentó en el sofá, con las piernas recogidas, y dejó que el calor de la taza la acompañara mientras leía de nuevo las palabras de Matteo: miedo, culpa, vergüenza... pero también verdad, honestidad y amor. Cada línea la atravesaba, recordándole por qué habían sido incapaces de dejar todo atrás durante años.

"Necesito hablar con alguien" pensó. Y llamó a Maya.

—Maya... —dijo, conteniendo la voz para no temblar—. Terminé con Theo. Cancelé la boda.

—¿Qué? —exclamó Maya, sorprendida—. ¿Estás bien? ¿Cómo llegaste a eso?

—No fue fácil —Aria tomó un sorbo de té—. Pero necesitaba cerrar ese capítulo. Y... necesitaba verlo, necesitaba hablar con Matteo. Necesitaba enfrentar lo que quedó pendiente entre nosotros antes de tomar cualquier decisión definitiva.

—¿Matteo? —preguntó Maya—. ¿Y cómo fue?

Aria suspiró, mirando la ciudad desde su ventana. Las luces nocturnas eran distantes, pero nada parecía tan importante como lo que había pasado en su apartamento.

—Nos encontramos... —dijo con voz temblorosa—. Hablamos. Las cartas, nuestros miedos, todo lo que sentimos. Y nos besamos. Fue intenso, Maya. Tan intenso que siento que... no hay vuelta atrás en mis sentimientos.

—Suena como si tu corazón hablara más alto que tu cabeza —dijo Maya suavemente—. ¿Y ahora?

—Ahora... —Aria bajó la vista hacia la carta—. Solo tengo que decidir si puedo dejarlo ir para siempre. He cerrado lo que quedó pendiente, pero lo que siento... sigue aquí.

Hizo una pausa, dejando que cada palabra flotara en el aire antes de mirar a Maya, que la observaba expectante.

—Es confuso —continuó—. Con Theo pensé que podía seguir adelante, construir algo estable, olvidarte. Pero... cada intento de avanzar se sentía incompleto. No podía dejar de pensar en ti, en nosotros, en lo que dejamos sin decir.

—Entonces, ¿qué significa todo esto para ti? —preguntó Maya con suavidad, consciente de que su amiga necesitaba ordenar sus pensamientos en voz alta.

—Que no puedo... —Aria suspiró, entrelazando los dedos sobre la carta—. No puedo ignorar lo que siento por Matteo, aunque no sé si puedo arriesgarme de nuevo. He cerrado ese capítulo de dolor, de reproches y silencios, y eso me da claridad, pero también me enfrenta a una decisión imposible: dejarlo ir o enfrentar todo lo que significa volver a sentir por él.

Maya asintió, dejando que Aria hablara sin interrumpir.

—Me siento... liberada y aterrada al mismo tiempo —continuó Aria—. Liberada porque ya no cargo con la culpa, con las dudas, con lo que quedó sin resolver entre nosotros. Aterrada porque... no sé cómo manejar que todo lo que sentí sigue aquí, intacto. Que no es solo recuerdo; es presente, vivo.

—Eso es importante —dijo Maya—. Que lo sientas, que lo reconozcas. No es débil admitir que todavía lo quieres. Lo que importa ahora es que entiendas lo que necesitas, y que decidas sin prisas.

Aria dejó escapar un suspiro profundo y relajó los hombros por primera vez en horas.

—Sí —dijo finalmente—. No estoy lista para decidir todavía. Pero hablar contigo, poner en palabras lo que siento... me ayuda. Ya no me siento atrapada entre recuerdos y fantasmas del pasado. Ahora puedo mirar todo con un poco más de claridad.

—Eso es un gran paso —sonrió Maya—. Y aunque no tengas la respuesta ahora, al menos sabes que estás enfrentando la verdad, no huyendo de ella.

Aria sonrió débilmente, agradecida. Por primera vez en años, sentía que podía respirar. Que había ordenado su corazón lo suficiente para no estar atrapada en culpa o miedo, aunque aún no supiera qué hacer con lo que sentía por Matteo.

Mientras Aria hablaba con Maya, Matteo había pasado el día en una especie de neblina. Intentó concentrarse en el trabajo, revisar planos y anotar detalles, pero su mente volvía una y otra vez a la noche anterior. Recordaba cada gesto de Aria: cómo había sostenido la carta, cómo sus ojos se habían llenado de lágrimas contenidas, cómo su voz temblaba apenas al confesar que aún la sentía viva dentro de sí misma.

Había hecho llamadas rutinarias, contestado correos, repasado detalles de proyectos, pero nada importaba realmente. Cada tanto se encontraba mirando su teléfono, dudando si debía enviar un mensaje, si debía escribir algo que no supiera cómo formular. Cada segundo lejos de Aria parecía amplificar la tensión que la noche anterior había dejado en su pecho.

Al sentarse nuevamente en su escritorio, apoyó la frente sobre la mano, respirando hondo. "Tengo que mantenerme firme... tengo que darle seguridad, no miedo", se repitió mentalmente. La terapia lo había enseñado a manejar la intensidad de sus emociones, a ofrecer calma y contención incluso cuando el corazón gritaba. Pero nada podía prepararlo para lo que sentía ahora: un anhelo contenido, mezclado con la certeza de que la conexión con Aria no se había roto, solo había estado dormida.

Finalmente, levantó la mirada hacia el reloj: 7:43 pm. Un escalofrío lo recorrió, idéntico al que Aria había sentido al tocar la carta. Era un eco de la noche anterior: la cercanía, la vulnerabilidad, el beso que habían compartido. La sensación de que todo lo que habían dicho y sentido seguía intacto, aunque estuvieran separados físicamente.

Por primera vez en años, Matteo entendió que no podía controlar ni ignorar lo que sentía. Pero también sabía que podía manejarlo: podía ofrecerle a Aria seguridad, podía sostenerla sin apresurarla, podía ser consciente de cada gesto y palabra. Y eso lo llenó de una extraña calma mezclada con la anticipación de lo que vendría.




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