Aún entre nosotros.

Capítulo 29

Aria terminó su jornada laboral sintiendo un ligero peso en el pecho. Trabajar en el mismo lugar que Theo, ahora que había terminado con él, había sido incómodo al principio. Sin embargo, para su sorpresa, Theo había sido sorprendentemente comprensivo. La trataba con respeto, amable, sin presionarla, lo que hacía que cada interacción se sintiera profesional y segura, aunque cada sonrisa o comentario amable le recordaba que ya no había vuelta atrás con él.

Cuando llegó a su loft, el sol comenzaba a ocultarse cuando Aria se acomodó en el pequeño sillón de su sala, taza de té caliente en mano.

La luz anaranjada del atardecer iluminaba su rostro y parecía dibujar en él un reflejo de lo que sentía: calma y confusión a la vez. Había pasado un día entero desde su conversación con Maya y la claridad que había ganado sobre su ruptura con Theo.

Aún así, Aria había decidido cerrar ese capítulo de su vida por completo. Su mente estaba ocupada con algo más intenso y difícil de ignorar.

Matteo.

"Ya no hay fantasmas ni culpa," pensó. "Pero... ¿qué hago ahora con lo que siento por él?"

Se dejó llevar por la rutina: organizó papeles, revisó mensajes, incluso ordenó su apartamento con un cuidado que parecía un acto de autocuidado más que de limpieza. Sin embargo, cada tanto su mirada se desviaba al teléfono, esperando quizá un mensaje que no había llegado. Y aunque intentaba concentrarse, la sensación de vacío cuando no estaba Matteo a su lado le recordaba que su corazón todavía estaba inquieto.

Alrededor de las seis y media de la tarde, su teléfono vibró. Era un mensaje de Matteo:

Si quieres, podemos vernos un rato. Solo para hablar, sin prisas.

Aria sintió un pequeño escalofrío. No era solo la emoción de leer su nombre; era la certeza de que él estaba ahí, ofreciendo espacio y seguridad al mismo tiempo. Respiró hondo antes de contestar:

Está bien. Vayamos por sushi.

Veinte minutos después, Matteo la esperaba frente a un su restaurante favorito de sushi de la ciudad . No había prisa, no había tensión artificial: su postura era relajada, segura, y la mirada llena de atención. Aria se acercó, sintiendo cómo su corazón comenzaba a latir más rápido, pero sin miedo, porque sabía que Matteo estaba allí con ella, consciente de cada emoción que podía desbordarse.

—Hola —dijo, con voz tranquila.

—Hola —respondió Aria, dejando escapar una sonrisa tímida.

Se sentaron frente a frente, y por un momento no hicieron nada más que mirarse. No necesitaban palabras; cada gesto decía lo que ambos sentían. Matteo inclinó ligeramente la cabeza, suavizando la distancia que aún los separaba, y tomó un sorbo de su café.

—Cuéntame de tu día. ¿Cómo va todo en el trabajo?

Aria dejó escapar un suspiro y se relajó un poco:

—Ha sido extraño... Theo es muy profesional y amable, así que no hay conflicto, pero aún siento que debo estar alerta. Es raro pensar que ya no hay nada entre nosotros y aun así... —se rió ligeramente— aún siento esa sensación extraña de tensión cada vez que nos cruzamos.

—Te entiendo —dijo Matteo—. Lo importante es que ahora tú tienes control de la situación, no el pasado. Yo también he tenido un día lleno de proyectos, reuniones y revisiones de planos, pero con un pensamiento constante: qué hago para que esto funcione, para que no te sientas sola en esto.

Aria sonrió, agradecida por la seguridad que Matteo le transmitía:

—Me alegra escuchar eso... saber que no solo estás pensando en mí, sino también en cómo podemos manejar esto juntos.

—Quería verte —dijo Matteo, tomando suavemente su mano por encima de la mesa. — No para hablar del pasado, sino para estar contigo ahora, y que sepamos cómo manejar todo lo que sentimos.

Aria asintió, tragando saliva antes de responder:

—Yo también... necesitaba verte. Necesitaba entender que esto no me está controlando, que puedo sentir sin que me haga daño.

Hubo un silencio cómodo. Matteo dejó que ella hablara primero, escuchándola sin interrupciones. Sus palabras eran lentas, cuidadosas, pero sinceras: habló de la claridad que había ganado, de su miedo a volver a abrirse, y del deseo que seguía intacto por él. Matteo la escuchó, sin juzgar, solo sosteniéndola con la seguridad que había practicado en terapia. Cada gesto suyo era un ancla para Aria, una señal de que podía confiar.

—Aria —dijo Matteo, tomando suavemente su mano por encima de la mesa—. No tienes que decidir nada hoy. Ni mañana. Solo estamos aquí. Y si quieres, podemos reconstruir esto paso a paso, sin prisa, con la certeza de que estoy contigo y que quiero estarlo de forma consciente.

La calidez de su mano sobre la suya hizo que Aria sintiera que algo dentro de ella se relajaba. Por primera vez en años, no sentía miedo; sentía confianza, y con la confianza vino el anhelo.

—Gracias... —susurró, con voz temblorosa—. Gracias por darme seguridad y por no empujarme a nada.

Matteo sonrió, y su mirada recorrió todo el rostro de Aria, como si quisiera memorizar cada detalle. Entonces, sin decir más, se inclinó un poco más cerca. Sus frentes se rozaron suavemente, y Aria cerró los ojos, dejando que el calor de su cercanía la envolviera.

El tiempo pareció detenerse. No había prisas, no había exigencias; solo ellos, respirando al unísono. Matteo inclinó la cabeza lentamente y sus labios encontraron los de Aria en un beso cargado de anhelo contenido, de años de espera y de emociones sinceras.

No era impulsivo ni desesperado; era un beso firme, lleno de la seguridad que él podía ofrecerle ahora, un beso que decía: "Estoy aquí, y no te voy a fallar".

Cuando se separaron, Aria abrió los ojos, y la sonrisa de Matteo la hizo sentir que todo podía tener sentido de nuevo, aunque nada estuviera decidido todavía. Sus manos siguieron entrelazadas, recordándole que la conexión no se había roto, que había algo real que valía la pena cuidar.

—No sé qué pasará mañana —dijo Aria, con voz baja—. Pero hoy... hoy me siento más en paz.




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