Aún entre nosotros.

Capítulo 30

Al día siguiente, Aria despertó con una sensación extraña: ligera, pero firme, como si algo dentro de ella hubiera encontrado un equilibrio que no había tenido en meses. Mientras preparaba su café matutino, revisó rápidamente los mensajes de Matteo. No había nada nuevo aparte del último intercambio de la noche anterior, y eso estaba bien. No necesitaban saturarse de palabras; la certeza de que existían el uno para el otro era suficiente por ahora.

Cada palabra compartida, cada gesto, era un hilo invisible que los mantenía conectados, y eso la hacía sonreír sin darse cuenta.

En el trabajo, la rutina parecía más ligera de lo habitual. Theo la saludó con su habitual amabilidad, y aunque al principio sintió un pequeño vértigo de recuerdos recientes, pronto se dio cuenta de que podía manejar la situación sin miedo ni culpa. Su ruptura estaba clara, y también su presente: un capítulo cerrado.

Sentirse tranquila en ese entorno le dio un inesperado sentido de libertad. Podía concentrarse, podía sonreír sin remordimientos, y podía valorar su día por lo que realmente importaba: su presente y lo que estaba construyendo con Matteo, sin fantasmas ni culpas rondando.

Mientras revisaba documentos, Aria notó un mensaje de Matteo. Sonrió antes de abrirlo:

"¿Almuerzo hoy? Solo un rato, para desconectar un poco."

Sin pensarlo demasiado, escribió de vuelta:

"Claro, me vendría bien un descanso. Nos vemos en una hora."

Una hora después, Matteo la esperaba frente a un pequeño restaurante italiano que ambos amaban por su pasta fresca y ambiente acogedor.

La luz cálida del local envolvía la calle y hacía que su corazón latiera un poco más rápido al verlo. Él la recibió con una sonrisa tranquila y una mirada que la hizo sentir segura y deseada al mismo tiempo.

—Hola —dijo, con voz suave.

—Hola —respondió Aria, sonriendo tímidamente,sintiendo cómo cada tensión se derretía al verlo.

Se sentaron frente a frente y pidieron su pasta favorita. Matteo no dejaba de mirarla con atención, y Aria notaba cada pequeño gesto: cómo inclinaba la cabeza al escucharla, cómo su sonrisa se ensanchaba cuando ella hablaba de algo que le apasionaba, cómo sus dedos rozaban accidentalmente los de ella al señalar algo en el plato. Cada roce era un recordatorio silencioso de la cercanía que compartían.

Pero entre las palabras cotidianas, cada gesto estaba cargado de intención: Matteo rozando suavemente el brazo de Aria al señalar algo en su plato, Aria jugando con su tenedor mientras le lanzaba miradas que él capturaba con una sonrisa sutil.

—Hoy en la oficina fue un poco agotador —dijo Aria, jugueteando con su tenedor mientras lo miraba—. Pero logré organizar todo y mantener la cabeza fría.

—Me alegra oír eso —respondió Matteo, sonriendo con orgullo—. Suena a que realmente estás manejando bien la situación, incluso con todo lo complicado que tienes en tu día a día.

—Sí... —Aria sonrió—. Es raro, trabajar con Theo ahora que... ya sabes. Pero él ha sido sorprendentemente profesional.

—Eso es bueno —dijo Matteo, entrelazando sus dedos con los de ella—. Me gusta que estés en paz con eso. Y yo, por mi parte, también tuve un día intenso en el trabajo, pero poder verte ahora hace que todo lo demás se calme un poco.

Aria sonrió, sintiéndose cálida por dentro. No era solo un cumplido; era seguridad, era que él veía quién era ella ahora, sin presiones ni expectativas.

—Y tú, ¿cómo va tu proyecto? —preguntó ella, con genuino interés.

—Bien —dijo Matteo, con calma—. Estoy encontrando el ritmo que necesitaba. Y, honestamente, sentirme bien conmigo mismo hace que todo lo demás fluya mejor. Incluso... sentir esto contigo ahora.

Aria levantó la vista y sus ojos se encontraron. Hubo un instante donde solo se miraron, sin palabras. La tensión entre ellos era dulce y palpable: el roce de los dedos, las sonrisas cómplices, la forma en que Matteo inclinaba la cabeza hacia ella para escuchar mejor.

—Me alegra verte así de tranquila —dijo él, dejando caer sus ojos sobre ella con mezcla de ternura y deseo contenida.

—Gracias... —susurró Aria—. Me siento más... en paz. Más clara, al menos por hoy.

Matteo tomó su mano suavemente sobre la mesa, entrelazando los dedos con lentitud, asegurándose de que ella sintiera cada centímetro de su cercanía. El corazón de Aria latía con fuerza; cada pequeño gesto de Matteo le confirmaba que podía dejarse llevar, que podía confiar y desear sin miedo.

—No quiero apresurarnos —dijo Matteo, con voz baja pero firme—. Solo quiero estar aquí contigo, sentir esto, y que ambos podamos disfrutarlo sin miedo.

Aria cerró los ojos un momento, disfrutando de la calidez de su mano y la seguridad que irradiaba. Cuando los abrió, Matteo sonreía, y en esa sonrisa había todo: paciencia, cuidado, y el anhelo de quien ha esperado demasiado.

—Hoy ha sido perfecto —susurró él cuando terminaron la pasta y salieron a la calle—. Paso a paso, sin prisa, solo nosotros.

Al terminar, Matteo propuso llevarla de vuelta a su trabajo.

Caminaron entre luces de faroles y calles tranquilas, con las manos entrelazadas. Cada roce accidental de sus brazos, cada risa compartida, cada mirada prolongada, cargaba el aire de electricidad silenciosa. No era impulsivo ni desesperado; era un juego de confianza y deseo contenido, una danza lenta donde ambos sabían que podían disfrutar del momento sin temores.

Cuando llegaron al edificio de Aria, Matteo la abrazó. No fue un abrazo breve; fue envolvente, cálido y firme, un abrazo que decía: "Estoy aquí, no tienes que temer nada." Aria apoyó la cabeza en su pecho, sintiendo la calma de su respiración y la fuerza de sus brazos.

—Hoy ha sido increíble —susurró él al oído—. Gracias por dejarme estar aquí contigo.

—Lo fue... —dijo Aria, con voz temblorosa—. Gracias por darme seguridad, por no apresurar nada.

Cuando finalmente se separaron, Matteo la miró a los ojos, acarició suavemente su mejilla y sonrió:




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