Aria se recostó un momento en el sillón, dejando que la taza de té tibia se enfriara entre sus manos. Inspiró profundo. Hoy tenía que ser valiente: hablar con sus padres sobre Theo y su ruptura. Su corazón latía fuerte, un ritmo nervioso mezclado con determinación.
Cuando llegó a la casa de sus padres, su madre abrió la puerta con una sonrisa que pronto se tornó interrogativa.
—Aria, cariño... —dijo suavemente—. ¿Qué te trae por aquí a esta hora?
—Necesito hablar con ustedes... —dijo Aria, tragando saliva y sosteniendo su mirada firme, aunque la voz le temblara un poco—. Es algo importante.
Se sentaron en la sala. Aria se frotó ligeramente las manos, tratando de calmar la ansiedad que le apretaba el pecho. Miró a sus padres, y la sinceridad la empujó a hablar sin rodeos.
—He terminado con Theo —dijo, respirando profundo antes de continuar—. Sé que tenían expectativas, que imaginaban planes y quizá una boda... y yo también los imaginé, por un tiempo. Pero me di cuenta de que nuestra relación ya no me hacía bien. No quiero seguir viviendo con culpa, miedo o dudas.
Hubo un silencio pesado. Su madre bajó la mirada, apretando suavemente sus labios, mientras su padre fruncía el ceño, cruzando los brazos con tensión.
—¿Y... por qué? —preguntó finalmente su madre, con voz temblorosa—. ¿Qué pasó?
Aria tragó saliva. Las palabras se amontonaban, pero finalmente soltó lo que sentía:
—No pasó nada dramático, nada que puedan señalar como un error concreto. Pero... sentía que estaba perdiendo parte de mí misma. Cada encuentro, cada expectativa... me estaba costando la paz. Y no quiero vivir una vida que no sea auténtica. No quiero quedarme por comodidad, por miedo o por obligación. —Su voz se quebró levemente, y respiró hondo—. Necesito sentirme completa, incluso si eso significa cerrar capítulos que todos pensábamos que durarían.
Su madre dejó escapar un suspiro, con los ojos brillantes de emoción contenida. Su padre respiró hondo, bajando lentamente los hombros.
Aria tragó saliva, intentando mantener la calma:
—No era lo correcto. Me di cuenta de que... nunca dejé de sentir por Matteo. Y no puedo seguir con alguien mientras mi corazón está en otro lugar.
El silencio volvió, esta vez más pesado. Su padre respiró profundo antes de responder:
—Aria... sabes que te apoyamos, pero... Matteo te dejó antes. ¿Estás segura de que no volverá a pasar lo mismo? ¿Qué nos asegura que no termines lastimada otra vez?
El nudo en el pecho de Aria se tensó, pero no se dejó vencer por el miedo. Cerró los ojos un momento, imaginando a Matteo en su mente: más tranquilo, más seguro, consciente de sus emociones y capaz de comunicarse.
—Lo sé... y sí, nos lastimamos antes —dijo, dejando que su voz sonara firme—. Matteo cometió errores, y yo también. Pero ahora está trabajando en sí mismo. Está en terapia, aprendiendo a manejar sus inseguridades y a comunicarse mejor. Yo también he aprendido a escuchar mis emociones, a poner límites y a cuidar de mí misma.
Su madre suspiró, como si la información le costara procesarla, pero también notara la determinación en la voz de su hija:
—Aria... solo queremos que seas feliz. Que no te lastimen otra vez.
—Lo sé, mamá. —Aria sintió un hilo de calor recorriéndole el pecho—. Yo también quiero eso. Y por eso estoy segura de esto. Matteo y yo podemos hacerlo diferente. Podemos construir algo nuevo, sin repetir los errores del pasado. No estoy cegada por el deseo ni por la emoción. Estoy consciente de lo que siento, y él también. No es perfecto, pero no es alguien que me haga daño. Y, más importante... no tengo miedo de ser yo misma con él.
Su padre añadió, con un dejo de preocupación aún palpable:
—Solo queremos que estés protegida... que no te dejes llevar solo por lo que sientes ahora.
—Lo entiendo —respondió Aria, sintiendo cómo un nudo en la garganta amenazaba con romperse—. Pero no es solo lo que siento. Es lo que elegimos los dos. Matteo y yo estamos trabajando en esto, paso a paso. No hay prisas, no hay fantasmas... solo confianza y cuidado.
Hubo un silencio, pero esta vez distinto. Esta vez se sintió más contenido y expectante.
—Bueno... si tú dices que es así, Aria... —dijo su madre suavizando la voz—. Solo prométenos que seguirás siendo honesta contigo misma y con él.
—Lo prometo —dijo Aria, dejando escapar una sonrisa temblorosa—. Y gracias... por escucharme y preocuparse por mí.
—Aria... lo que importa es que seas feliz —dijo, con voz firme pero suave—. No podemos obligarte a seguir un camino que no sientes tuyo. Solo queremos que seas tú misma, que no te pierdas a ti misma por nadie.
—Gracias —dijo Aria, con lágrimas que asomaban en sus ojos—. Solo quería ser honesta. Tenía miedo de decepcionarlos, pero... también necesitaba ser fiel a mí misma.
Su madre extendió la mano y la tomó con fuerza, mientras su padre le acariciaba el hombro. Aria sintió cómo la tensión que había acumulado en el pecho se disipaba poco a poco, reemplazada por alivio y calidez.
—Estamos orgullosos de ti —dijo su madre—. No dejas de sorprendernos con tu fuerza, tu claridad y tu valentía.
—Sí... —dijo su padre, sonriendo débilmente—. Y si Matteo te hace feliz y te respeta, entonces eso es lo que importa.
Aria respiró profundo, sintiendo cómo el nudo en su pecho se deshacía lentamente. Por primera vez en mucho tiempo, no había miedo, ni culpa, ni remordimiento. Solo aceptación. Una aceptación que no borraba lo que había sufrido, pero que le permitía reconocer la fortaleza que había ganado. Incluso tras decisiones difíciles, su vínculo familiar seguía intacto: podía sentir el amor de sus padres, la preocupación de su madre, la paciencia de su padre, y todo eso la sostenía.
Al salir de la casa, el aire fresco del atardecer la envolvió, y su teléfono vibró en el bolsillo. Era Matteo:
"Respira, lo estás haciendo increíble."
#3123 en Novela romántica
#884 en Novela contemporánea
saludmental, romance segundas oportunidades, reencuentro después de años
Editado: 19.02.2026