Aún entre nosotros.

Capítulo 32

El sábado amaneció con una luz cálida y suave que se colaba por las cortinas del loft de Aria. No había prisa ni alarma que los apurara; todo parecía diseñado para un día solo suyo, de calma y descubrimiento mutuo.

Aria se levantó con una sensación nueva: la certeza de que podía sentirse segura con Matteo, sin miedo a fantasmas del pasado ni a la culpa de lo que ya había terminado.

Mientras preparaba café, su teléfono vibró.

Era un mensaje de Matteo:

"¿Te vienes a caminar un rato? Hoy solo nosotros y la ciudad."

Sonrió y respondió al instante:

"Claro. Te espero en media hora."

Más tarde cuando salió de su apartamento, Matteo ya estaba estacionado frente al edificio con su típica sonrisa tranquila. Sin palabras, la abrazó con cuidado, envolviéndola en un calor que hacía que todos los nervios de la semana desaparecieran. Aria apoyó la cabeza en su pecho, respirando la seguridad que él transmitía de manera natural.

—Aquí y ahora, eso es todo lo que importa —susurró Matteo, entrelazando sus dedos con los de ella—. Contigo es suficiente.

Aria cerró los ojos un instante, dejando que la fuerza de sus palabras penetrara en cada rincón de su corazón. Su pecho se abrió, como si todo el aire contenido de los días anteriores pudiera finalmente circular libremente. No había miedo, ni culpa, ni la sombra de inseguridades antiguas. Solo la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, podía dejarse sentir sin reservas.

Caminaron por calles tranquilas, disfrutando de los pequeños detalles: el aroma de pan recién horneado, los vendedores ambulantes, el murmullo de las fuentes en la plaza central. Matteo se inclinaba de vez en cuando para susurrarle comentarios divertidos o historias de su infancia, y Aria se reía, sintiendo cómo la felicidad podía ser simple y sin complicaciones.

Al doblar una esquina, algo inesperado llamó su atención: un grupo de músicos callejeros había comenzado a tocar una melodía lenta y envolvente, con violines y un piano que parecía flotar sobre la plaza. La música era perfecta, casi mágica, y el ambiente se volvió íntimo, como si la ciudad misma los hubiera envuelto en ese instante.

Matteo se detuvo, tomó la mano de Aria y la giró suavemente hacia él.

—Baila conmigo —susurró, con esa mezcla de timidez y seguridad que tanto la enamoraba.

Aria lo miró sorprendida, pero no dudó. La tomó suavemente entre sus brazos, y por un momento el mundo desapareció: solo estaban ellos, moviéndose al ritmo de la música, riendo suavemente cuando algún transeúnte los observaba con curiosidad. Cada giro, cada contacto, reforzaba algo que ya no necesitaba palabras: confianza, deseo y amor construido con cuidado.

—Nunca había sentido algo así —dijo Aria, apoyando su cabeza en el hombro de Matteo mientras giraban—. Es... como si todo encajara finalmente.

—Porque ahora no hay prisas, no hay fantasmas —respondió él, rozando suavemente su mejilla—. Solo nosotros, aquí, y lo que sentimos.

Cuando la canción terminó, se quedaron un momento en silencio, respirando con la cabeza todavía apoyada, los dedos entrelazados. El aire tenía un calor especial, como si ese instante hubiera sido un regalo solo para ellos.

Pero entonces, un ruido detrás de ellos rompió la burbuja de calma: un grito, seguido de un golpe seco. Aria giró la cabeza y vio que un adulto mayor había tropezado cerca de la fuente, dejando caer varias cosas que llevaba en sus manos. Sin pensarlo, Matteo soltó su mano un segundo para ayudar al hombre, mientras Aria lo observaba impresionada: no era solo atento y cariñoso con ella, sino también con los demás, actuando con rapidez y empatía.

—Gracias —dijo el hombre, recogiendo sus pertenencias—. Fue un buen reflejo.

Matteo volvió junto a Aria, tomando nuevamente su mano con fuerza.

—Listos para continuar nuestra caminata —dijo, con una sonrisa traviesa—. Y tranquilo, esta vez yo me encargo de no tropezar.

Aria rió, sintiendo cómo la adrenalina de lo inesperado se mezclaba con la calidez de la confianza y la cercanía. Ese momento reforzó lo que ya sabía: no importaban los desafíos ni lo inesperado que viniera, mientras estuvieran juntos, podían enfrentarlo todo.

Se detuvieron frente a un pequeño café-libro.

—¿Entramos? —propuso Matteo con un brillo en los ojos.

—Sí, me encanta —contestó ella.

Entre estanterías llenas de libros, Matteo tomó un volumen al azar y se lo mostró a Aria: un libro de poesía que, según él, "hablaba de lo que uno siente cuando se atreve a confiar nuevamente."

—Es curioso —dijo él con voz suave—. Antes habría tenido miedo de abrirme así. Pero ahora puedo. Y quiero compartirlo contigo.

Aria lo miró, sintiendo una mezcla de ternura y admiración. Era la prueba tangible de cuánto había trabajado Matteo en sí mismo, de cómo ahora podía sentir y comunicar sin miedo a huir.

—Me alegra que podamos hacer esto —susurró ella—. Que podamos sentir sin que duela, sin que el pasado nos persiga.

Se sentaron en un rincón del café, compartiendo silencios cómodos y palabras sinceras. Matteo habló de cómo la terapia lo había ayudado a comprender sus emociones, a no dejar que la inseguridad lo dominara, y a confiar en que el amor podía construirse día a día. Aria, por su parte, compartió sus miedos pasados, cómo había aprendido a diferenciar entre culpa y responsabilidad, y cómo finalmente podía permitir que sus emociones fluyeran sin juzgarse.

El tiempo pareció diluirse. Entre sorbos de café y risas suaves, la ciudad afuera continuaba su ritmo, pero dentro del café había un mundo propio: lleno de calma, atención y cuidado mutuo. Cada gesto de Matteo, cada mirada que sostenía, le recordaba que podía confiar en alguien de manera completa, sin reservas.

—Hoy es un buen día —dijo Matteo, tomando su mano sobre la mesa, sosteniéndola con firmeza—. Y me gusta que podamos compartirlo así, sin miedo a nada.

Aria cerró los ojos un momento, dejando que la certeza de su vínculo con él la envolviera. Cuando los abrió, Matteo la miraba con esa mezcla de ternura y deseo contenida que siempre la dejaba sin aliento.




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