El miércoles por la mañana, un sol suave se colaba por las cortinas del loft de Matteo, tiñendo todo de tonos cálidos y dorados. Aria abrió los ojos y por un instante sonrió, sintiendo la familiar mezcla de calma y emoción: ya habían pasado dos meses desde que Matteo y ella se habían reencontrado, reconstruyendo su relación paso a paso, con paciencia y cuidado. Y esta mañana era especial; por primera vez, despertaba en el loft de él, rodeada de su aroma y de la sensación de que podía quedarse allí, segura y a gusto.
El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con el perfume sutil que Aria siempre dejaba en la habitación cuando visitaba su casa antes. La ciudad de Narev despertaba lentamente, y ella se permitió un instante para inhalar hondo, sintiendo cómo el aire fresco parecía llenar cada rincón de su pecho con tranquilidad y felicidad. Todo parecía encajar de manera perfecta, como si la rutina del mundo exterior no pudiera perturbar la burbuja de seguridad y amor que habían construido juntos.
Matteo apareció en la cocina con dos tazas de café, su sonrisa tranquila iluminando el espacio.
—¿Qué planes tienes hoy? —preguntó, tomando asiento frente a ella.
Aria sonrió, acariciando con la punta de los dedos la taza tibia.
—Hoy... pensé que podríamos hablar de nosotros —dijo, con un hilo de emoción en la voz—. De lo que queremos para los próximos meses, de planes concretos, no solo sueños.
Matteo la miró con ternura, acercando su mano para rozar la de ella.
—Me gusta la idea —dijo, firme y suave a la vez—. Empecemos por lo divertido: viajes.
Aria cerró los ojos por un instante y permitió que su mente viajara unos años atrás. Ella y Matteo, con veinte años, sentados en un pequeño café, soñando con Japón. Hablaban de templos antiguos, luces de Tokio, mercados de Osaka, y la idea de probar ramen en puestos diminutos. Era un sueño lejano, casi imposible para ellos en ese entonces, pero lo habían guardado en un rincón del corazón, como una promesa silenciosa de que algún día podrían hacerlo realidad.
—Japón... —susurró Aria, dejando escapar un hilo de nostalgia mezclado con emoción—. Siempre fue un sueño lejano, pero ahora... creo que podríamos hacerlo realidad.
Matteo sonrió, apretando suavemente su mano.
—Sí —dijo—. No es solo un sueño ahora. Tenemos la estabilidad, el tiempo, y lo más importante: lo haremos juntos. Podemos planearlo paso a paso, sin prisas, y asegurarnos de que cada momento sea exactamente como queremos.
Un calor se extendió por el pecho de Aria. Lo que antes había sido fantasía ahora podía transformarse en recuerdos reales. Y esta vez, no había miedo ni culpa; solo emoción y confianza en lo que construían juntos.
—Me emociona pensar en recorrer Tokio de noche, en ver los cerezos en Kioto...Osaka... —dijo Aria, con una sonrisa que brillaba de entusiasmo—. Todo parece más cercano ahora. Y quiero que vayamos a nuestro ritmo, disfrutando cada instante.
—Eso es lo que más me gusta —respondió Matteo, su voz cargada de ternura—. Que no tenemos que apresurarnos, que podemos saborear cada momento. Japón será increíble, pero lo mejor será que lo viviremos juntos.
Después del desayuno, decidieron salir a caminar por el río de Narev. Las hojas flotaban en el agua, y los rayos del sol dibujaban destellos dorados sobre la superficie. Matteo tomaba su mano de vez en cuando, y ella se reía al escuchar historias de su infancia, pequeños recuerdos que él compartía sin reservas.
—¿Recuerdas cuando dijiste que nunca me dejarías ganar en carreras de kayak? —bromeó Aria mientras esquivaban a un grupo de ciclistas.
—Lo dije... pero no conté con que aprendieras a remar tan rápido —respondió él, riendo, mientras unas gotas de agua del río salpicaban suavemente sus piernas.
El paseo se volvió un juego de miradas, risas y pequeñas competencias, cada instante reforzando la confianza y la complicidad que habían reconstruido con tanto cuidado. La ciudad parecía observarlos, testigo de un amor que se había reinventado, paciente y consciente.
Más tarde, fueron al gimnasio juntos. Lo que antes habría sido una rutina monótona ahora se convirtió en un momento de diversión compartida: risas, bromas, miradas cargadas de complicidad. Cada gesto, cada contacto accidental fortalecía la certeza de que podían disfrutar de lo simple, de la cercanía cotidiana, y aún así sentirse profundamente conectados.
Al regresar al loft de Matteo, la rutina diaria se desvaneció. La luz cálida del atardecer acariciaba la habitación, y cada sombra parecía moverse al compás de su respiración conjunta. Aria sintió cómo su corazón latía más rápido, y Matteo, con una mirada cargada de años de espera y devoción silenciosa, la tomó suavemente entre sus brazos.
—Nunca estuve con nadie en todos estos años... siempre pensé en ti —susurró él, su voz apenas audible pero profunda—. Siempre fuiste tú.
Esas palabras hicieron que un calor familiar se expandiera por el pecho de Aria. No necesitaban hablar más; cada roce, cada suspiro compartido durante los últimos minutos decía lo que las palabras nunca podrían abarcar.
Se acercaron lentamente, y sus labios se encontraron en un beso profundo, prolongado, cargado de paciencia y deseo contenido. Matteo recorrió con suavidad la espalda de Aria, bajando hasta su cintura, mientras ella se apoyaba contra él, aferrándose a su camiseta como si no quisiera soltarlo jamás. Sus manos se movían con cuidado, explorando, recordando, pero también descubriendo, como si cada caricia fuese un reconocimiento del tiempo perdido y del presente que finalmente compartían.
El beso se hizo más intenso, más urgente, pero sin prisa. Se separaron apenas para mirarse a los ojos, respirando entrecortadamente, y luego volvieron a unirse con la misma devoción silenciosa. Aria sentía cada roce de sus cuerpos como un lenguaje propio: las manos que recorrían hombros y brazos, los dedos que se entrelazaban, las respiraciones que se sincronizaban, el calor que se acumulaba en cada contacto.
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Editado: 19.02.2026