Aquella mañana la ciudad tenía un aire fresco que llenaba las calles por donde Liam, Clara, Evelyn y Carter caminaban hacia la cafetería, charlando sobre apuntes y horarios. Evelyn avanzaba con su paso medido, como si las calles fueran su territorio; Miles, a su lado, intentaba mantener distancia, pero no podía evitar observarla con cierta frustración.
Al abrir la puerta, Alex Morgan apareció justo a tiempo para sostenerla ligeramente abierta.
—Buongiorno, Evelyn —dijo con naturalidad, la voz cálida y confiada.
—Gracias —respondió Evelyn, con una sonrisa ligera pero educada.
Miles frunció el ceño. Perfecto, otro italiano encantador que se cree dueño de Bolonia y de mi paciencia.
Clara fue la primera en romper el silencio:
—¡Vaya, Alex! Siempre puntual, ¿no?
—Trato de no llegar tarde —respondió Alex, encogiéndose de hombros—. Además, hoy tengo trabajo por la mañana, así que debo aprovechar la tarde para estudiar.
Evelyn asintió:
—Sí, lo recuerdo, la clase de política. Gracias por abrirme la puerta.
Alex sonrió de manera natural, sin insistir:
—De nada.
Miles cruzó los brazos, incómodo, mientras Alex continuaba conversando y tomando la orden de los demás sin dejar de poner atención a Evelyn. Alex sabía que era nueva y el más que nadie quería que conociera los mejores lugares de la ciudad.
—¿De verdad crees que ese café es mejor que el de la plaza principal? —preguntó Evelyn, medio en broma.
—Sin duda —contestó Alex—. Y si quieres, puedo mostrarte el camino, después de clase.
Miles apretó los labios, sintiendo una mezcla de celos y confusión. ¿Por qué me molesta tanto que sea tan… correcto?
Clara intervino para distraer la conversación:
—Bueno, menos hablar de cafés y más apuntes, ¿no? La filosofía política no se estudiará sola.
—Exacto —dijo Liam, sonriendo a medias—. Y al final, todos necesitamos café para sobrevivir a la tarde.
Evelyn se limitó a reír suavemente, mientras Miles se quedó en silencio, observando cómo Alex hablaba y cómo Evelyn, aunque no lo admitiera, parecía disfrutar de la interacción.
—Vamos, antes de que el café se enfríe —dijo Carter, tomándose posteriormente el ultimo sorbo—. La clase empieza pronto.
Mientras salían de la cafetería, Miles caminaba al lado de Evelyn, intentando ocultar su irritación, mientras Alex los seguía naturalmente, sin darse cuenta del efecto que estaba teniendo. Y aunque aún no podían ser amigos —ni siquiera aliados—, aquel desayuno dejaba algo claro: Miles estaba en medio de la tormenta que él mismo no había previsto.
La mañana en la universidad transcurrió tranquila. Evelyn Harper y Clara Lawson eran las únicas en la clase de Estética Filosófica. Clara, alegre y expresiva, compartía sus ideas:
—¿Pero no les parece que el arte refleja también la moral de la sociedad? —preguntó.
Evelyn, asentía y tomaba notas:
—Sí, y desde Kant podemos ver cómo los juicios estéticos conectan con nuestras deberes morales.
El docente, un adulto joven y atento, sonrió ante la interacción:
—Excelente. A eso me refiero cuando digo análisis crítico y creatividad.
Mientras tanto, Miles Carter que no tenía clase esa mañana, había ido a trabajar a la empresa de su padre, sin imaginar que su día estaba a punto de volverse más complicado de lo que ya era.
Ya por la tarde llegó la clase de Filosofía Política Contemporánea. En la cual Evelyn que ingresó después de todos no tuvo otra opción más que sentarse entre Alex y Miles, mientras el docente iniciaba con la clase:
—Hoy discutiremos teorías contemporáneas sobre el poder y la ciudadanía —anunció el docente, joven y comprensivo—. Veremos cómo las estructuras políticas afectan la vida cotidiana y cómo se puede aplicar la ética en contextos reales.
Alex que levantó la mano dijo:
—Si consideramos a Habermas, la comunicación pública legitima las decisiones del Estado. Y sin diálogo, cualquier política pierde ética.
Evelyn asintió discretamente, impresionada por la claridad de su exposición. Miles frunció el ceño y susurró:
—¿No crees que exagera un poco?
—Exagerar nunca está de más —respondió Evelyn con calma—. Al menos aporta ideas.
Durante la clase, Alex mostraba empeño genuino; Evelyn lo notaba y apreciaba su dedicación, mientras Miles sentía confusión mezclado con celos silenciosos. Cada gesto de Alex le recordaba momentos con Evelyn y aquella época donde ambos eran únicos, y cada palabra de Evelyn reforzaba la sensación de que su enemistad con ella estaba a punto de volverse mucho más complicada de lo que ya era.
El docente, observando a los estudiantes, sonrió. Estos momentos de interacción también eran lecciones, pensó, donde filosofía y emociones humanas se entrelazaban, diciendo lo siguiente:
—Hoy revisaremos un fragmento de La República de Platón. Formare parejas para debatir: unos argumentarán a favor y otros en contra. Preparen sus ideas, tendrán cinco minutos para repasar antes de exponer.
Después de un minuto todos murmuraban entre sí, Alex al ver que le toco con Evelyn se acercó a ella.
—¿Nos toca juntos? —preguntó con naturalidad.
—Parece que sí —respondió Evelyn.
Miles, por su parte, había sido asignado con otro compañero de clase, un chico serio llamado Matteo. Al escuchar que su grupo tendría que contraargumentar al equipo de Evelyn y Alex, Miles sintió un escalofrío: perfecto, justo los que llaman la atención de Evelyn…
Cuando comenzaron los debates, la dinámica se volvió intensa. Alex expuso con seguridad:
—Platón argumenta que la justicia en el Estado se alcanza cuando cada individuo cumple su función, pero debemos considerar cómo esto limita la libertad personal.
Evelyn asintió y añadió con precisión:
—Exacto. La justicia no puede separarse de la ética individual; un Estado que ignora la moral de sus ciudadanos corre riesgo de caer en tiranía.