Evelyn se quedó unos segundos junto a la puerta, escuchando el silencio del apartamento.
Intentó convencerse de que todo había terminado en ese pasillo… pero conocía demasiado bien a Miles para creerlo.
—Ese idiota… —murmuró entre dientes.
Desde la pequeña cocina, Clara levantó la vista de su taza.
—¿Otra vez Carter?
Evelyn soltó una risa corta, sin humor, mientras se quitaba la bufanda.
—¿Hay alguna vez en que no sea él?
Clara apoyó el codo sobre la encimera, observándola con una mezcla de diversión y curiosidad.
—No sé qué pasa entre ustedes dos, pero siempre terminan igual. —Bebió un sorbo de café—. Parecen discutir por deporte.
Evelyn se dejó caer un momento en una de las sillas.
—Créeme, si fuera un deporte, ya me habría retirado.
Clara sonrió, pero no insistió. La tensión entre Evelyn y Miles no era algo nuevo, y a esas alturas ya había aprendido que preguntar demasiado solo conseguía respuestas evasivas.
—Bueno —dijo finalmente—. Yo me quedare un rato más aquí. Si vas a ducharte, apúrate antes de que se enfríe el agua.
—Eso pensaba hacer —respondió Evelyn, levantándose.
Tomó una toalla y desapareció por el pasillo hacia el baño, todavía con el mal humor pegado a la espalda.
…
Cuando salió de la ducha, el vapor todavía escapaba por la puerta entreabierta. Se secó el cabello rápidamente con la toalla y caminó hacia la sala.
Clara seguía en la cocina, apoyada contra la encimera con una taza de café entre las manos.
—Te preparé uno si quieres —dijo sin mirarla.
—Tal vez luego.
Evelyn caminó hacia la ventana que daba al balcón. Afuera la noche ya había caído sobre la ciudad, y las luces del edificio de enfrente iluminaban los balcones alineados.
Fue entonces cuando lo vio.
Miles estaba en el balcón de su apartamento, al otro lado del pequeño patio interior del edificio. Caminaba de un lado a otro con el móvil en la mano, hablando con alguien. Su postura era distinta a la habitual: más rígida, más concentrada.
Evelyn apoyó ligeramente el hombro en el marco de la ventana.
No podía escuchar lo que decía, pero sí notar algo raro.
Miles no estaba sonriendo.
Ni bromeando y mucho menos haciendo alguno de sus comentarios molestos.
Evelyn lo había visto hablar muchas veces por teléfono: casi siempre terminaba riendo, bromeando o diciendo algo sarcástico. Pero esta vez no había rastro de eso.
Solo parecía… serio.
Clara se acercó con su taza de café y siguió su mirada hacia el balcón de enfrente.
—¿Carter?
—Ajá —respondió Evelyn.
Lo observaron unos segundos más. Miles se pasó una mano por el cabello, visiblemente frustrado, mientras seguía hablando por teléfono.
—¿Con quién habla? —preguntó Clara.
Evelyn se encogió de hombros.
—Ni idea.
—Tengo que admitir algo —dijo finalmente.
Evelyn levantó una ceja.
—¿Qué?
Clara señaló discretamente hacia el balcón de enfrente.
—Que Carter es muy guapo.
Evelyn soltó una pequeña risa sin apartar la vista de la ventana.
—No empieces.
—Solo digo la verdad—respondió Clara con una sonrisa divertida.
Evelyn volvió a mirar hacia el balcón un momento más. Miles seguía caminando de un lado a otro, completamente concentrado en la llamada, sin notar que lo observaban desde el otro edificio.
—Admite que es guapo.
—Admito que habla demasiado por teléfono—dijo Evelyn apartando la mirada. En realidad no le importaba tanto… o eso prefería pensar.
—Voy a cambiarme.
Clara se quedó un instante más mirando hacia el balcón mientras no podía evitar sonreír y pensar: Estos dos sí que son todo un caso…
Entre tanto Miles que aun caminaba de un extremo al otro en el balcón con el móvil cerca.
—Ya te dije que me estoy ocupando —respondió, tratando de mantener la voz baja.
Del otro lado de la línea, la voz de su padre llegó clara, firme.
—¿Ocupándote? —se escuchó, con un tono que mezclaba irritación y desconfianza—. Miles, te envié a Italia para resolver esto, no para que me digas que “te estás ocupando”.
Miles se detuvo.
Apoyó una mano en la baranda del balcón.
—Lo estoy haciendo.
—No parece —continuó su padre—. Esta mañana debías estar en la reunión. ¿O también olvidaste eso?
Miles frunció el ceño.
—No lo olvidé.
—Entonces explícamelo.
Hubo un breve silencio.
Miles respiró hondo antes de responder.
—Tuve que revisar unos documentos primero. No iba a presentarme sin saber exactamente qué estaba pasando.
Del otro lado se escuchó una breve risa seca.
—Miles… —dijo su padre con paciencia tensa—. Tu problema siempre ha sido el mismo: crees que tienes tiempo para todo.
Miles se pasó una mano por el cabello.
—Estoy aquí, ¿no? Eso ya es algo.
—Estás ahí porque yo lo decidí.
Las palabras quedaron suspendidas unos segundos.
—Recuerda algo —continuó su padre—: el apellido Carter no se sostiene solo.
Miles apretó ligeramente la mandíbula.
—Lo sé.
—Entonces demuéstralo.
El silencio volvió a caer entre ambos.
Miles miró hacia el patio interior del edificio, aunque en realidad no estaba viendo nada.
—Voy a resolverlo —dijo finalmente.
Su padre tardó unos segundos en responder.
—Eso espero.
Miles bajó la mirada hacia el teléfono.
—Te llamaré cuando tenga algo concreto.
Escuchó una última frase y luego respondió, con el tono más controlado que pudo.
—Buenas noches, padre.
La llamada terminó.
Durante unos segundos Miles se quedó inmóvil, mirando la pantalla del móvil.
Luego soltó una pequeña exhalación y apoyó los antebrazos sobre la baranda del balcón, dejando que el silencio de la noche lo rodeara.
Miles seguía apoyado en la baranda del balcón cuando el teléfono vibró nuevamente en su mano.