Autorizado para Enamorarse
El vuelo American 742 ya había dejado atrás los Everglades y volaba rumbo a Atlanta, nivelado a treinta y cinco mil pies. El cielo era de un azul tan limpio que parecía irreal, pero Adrián apenas lo notaba. Sus ojos seguían fijos en el panel de comunicaciones, como si pudiera obligar a la frecuencia a hablarle de nuevo.
Mateo, el copiloto, ya había dejado de burlarse. Ahora solo lo observaba de reojo mientras revisaba el checklist de crucero.
—¿Vas a estar así todo el vuelo? —preguntó al fin, con una media sonrisa.
—¿Así cómo?
—Como si te hubieran dado un beso por radio y todavía no te recuperas.
Adrián soltó una risa corta, pero no lo negó.
—Es que… no sé, hermano. Esa voz. Es como si me conociera sin conocerme. ¿Te ha pasado alguna vez que escuchas a alguien y sientes que ya la conoces de antes?
Mateo se encogió de hombros.
—A mí me pasa con la playlist de mi ex. Pero no creo que sea lo mismo.
Adrián negó con la cabeza, divertido a pesar de todo.
—No es solo la voz. Es como dice las cosas. Nunca grita, nunca se pone nerviosa. Hasta cuando hay un runway incursion o un bird strike en el sector, suena como si estuviera pidiéndote que le pases el café. Y luego, de la nada, te suelta un comentario que te deja pensando media hora.
Mateo levantó las manos en rendición.
—Ok, capitán. Estás oficialmente jodido. ¿Ya tienes plan para conocerla?
Adrián se quedó callado un segundo demasiado largo.
—No. Y no debería. Es contra todo. Protocolo, distancia, sentido común. Además… ¿Qué le digo? “Hola, soy el piloto que se enamora cada vez que me das autorización para aterrizar. ¿Quieres un café en tierra?”
Mateo soltó una carcajada.
—Suena romántico. Y un poco acosador. Pero romántico.
Adrián miró por la ventanilla. Abajo, la península de Florida se perdía en el horizonte. Pensó en Miami. En la torre. En ella.
Mientras tanto, en la torre de control del MIA, el turno de Valeria estaba por terminar. El sol ya se había escondido detrás de los edificios de Brickell, y las luces de la ciudad empezaban a parpadear como estrellas caídas.
Emma la esperaba en la guardería del aeropuerto, esa que tenía un mural gigante de aviones sonrientes. Valeria se quitó los auriculares, firmó el pase de turno y bajó las escaleras con el corazón todavía acelerado.
Carla la alcanzó en el pasillo.
—¿Vas a contarme qué pasó con el piloto galán o tengo que sacártelo con pinzas?
Valeria rodó los ojos.
—No pasó nada. Solo… habló más de lo normal.
—Ajá. “Miami se ve más bonita desde aquí arriba cuando tú estás en la radio”. ¿En serio? Eso no es “hablar más de lo normal”, eso es declaración de amor en código FAA.
Valeria se detuvo frente a la puerta de la guardería.
—No exageres. Es solo un piloto más.
Carla arqueó una ceja.
—¿Uno que te hace sonrojar cada vez que entra en frecuencia? Porque yo vi cómo te tapaste la boca cuando te dijo lo de las vistas. Y tú no te sonrojas nunca, Valeria Torres.
Valeria suspiró.
—Es ridículo. Ni siquiera sé cómo se ve.
—Pues averígualo. Hay listas de tripulación. O mejor: la próxima vez que entre en tu sector, dile que baje a tomar un café en la terminal. “Por seguridad operacional”, claro.
Valeria soltó una risa suave.
—Estás loca.
Pero mientras lo decía, su mente ya estaba imaginando cómo sería verlo. Si sus ojos serían tan cálidos como su voz. Sí sonreiría de lado cuando hablara. Sí olería a café y a cielo.
La puerta de la guardería se abrió y Emma salió corriendo con los brazos abiertos.
—¡Mami!
Valeria se agachó y la levantó en un abrazo fuerte. El olor a crayón y shampoo de fresa le llenó los pulmones.
—¿Cómo estuvo tu día, mi amor?
—Hice un avión de papel que voló hasta el techo. La seño dijo que soy piloto como tú.
Valeria sonrió contra el cabello de su hija.
—No, mi vida. Tú eres mucho mejor que cualquier piloto. Tú haces que los aviones de papel lleguen al cielo sin permiso de nadie.
Emma rio y le plantó un beso ruidoso en la mejilla.
Mientras caminaban hacia el estacionamiento, con Emma parloteando sobre su dibujo de un avión con alas de arcoíris, Valeria sintió un pinchazo en el pecho.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, se permitió pensar en algo más que en sobrevivir el día a día.
En una voz que la hacía sentir vista.
En un hombre que quizás, solo quizás, también estaba mirando hacia abajo, buscando la torre donde ella trabajaba.
En la cabina del 737, ahora sobre Georgia, Adrián activó el piloto automático y se recostó un poco en el asiento.
Sacó el teléfono (en modo avión, claro) y abrió la app de la aerolínea. Buscó el vuelo de regreso a Miami que tenía programado en tres días.
American 742… otra vez.
Mismo horario.
Mismo sector.
Misma torre.
Sonrió para sí mismo.
—Tres días —murmuró.
Y por primera vez en años, sintió que el regreso a casa no era solo volver a su apartamento vacío en Coral Gables.
Era volver a escucharla.
Aunque fuera solo por radio.
Aunque todavía no supiera su nombre.
Aunque el riesgo de estrellarse contra su propia estupidez fuera más alto que cualquier aproximación en niebla.
Tres días.
Y entonces, quizás, encontraría el valor para pedir algo más que una autorización para aterrizar.
Algo como:
“¿Y si bajamos a tierra… los dos?”