Autorizado Para Enamorarse

Capítulo 3 – Frecuencia Compartida

Autorizado para Enamorarse

Tres días después.

Mismo avión.

Mismo horario.

Mismo sector de control en el regreso a Miami.

Adrián había repasado mentalmente cada palabra que diría —o no diría— durante el vuelo de ida a Atlanta y el de vuelta. Había llegado a la conclusión de que lo mejor era no hacer nada. Mantener el protocolo. Ser profesional. Olvidar que esa voz le había robado el sueño dos noches seguidas.

Pero cuando el American 742 entró en el espacio aéreo de Miami Approach, todo el plan se fue al carajo.

—American 742, Miami Approach, buen día. Mantengan veinticuatro mil pies, rumbo 180, velocidad 280 nudos. Expect vectors para la aproximación ILS 09L.

Era ella.

Otra vez.

Adrián sintió que el estómago se le subía a la garganta como en una turbulencia inesperada.

—Buen día, Miami Approach. American 742, descendiendo a veinticuatro mil, rumbo 180, velocidad 280. Gracias.

Mateo, que ya estaba acostumbrado al ritual, solo puso los ojos en blanco y murmuró:

—Allá vamos de nuevo.

El descenso transcurrió sin incidentes. El tráfico era normal para un viernes por la tarde en MIA: los aviones aterrizando cada dos minutos, salidas en fila india, el cielo lleno de puntos verdes en el radar. Pero para Adrián, todo se reducía a esperar el siguiente contacto.

Y llegó.

—American 742, viren izquierda rumbo 140, descendan y mantengan diez mil pies. Reporten, pasando ocho mil.

—American 742, virando izquierda 140, descendiendo diez mil, pasando ocho mil para diez.

Silencio.

Luego, su voz otra vez, un poco más suave, como si hubiera bajado el volumen del micrófono solo para él.

—¿Todo bien por allá arriba, American 742? Suena como si el capitán estuviera… distraído.

Adrián se quedó congelado un segundo. Mateo casi se atraganta con su propia saliva.

—¿Me está hablando a mí? —susurró el copiloto.

Adrián activó el micrófono antes de pensarlo dos veces.

—Todo perfecto, Approach. Solo que… el cielo está muy claro hoy. Se ve hasta el horizonte. Y eso siempre me distrae un poco.

Pausa.

Luego, una risa baja, casi inaudible, pero que llegó clarita por los auriculares.

—Entendido, capitán. Mantenga la concentración, que la pista no se mueve sola. American 742, continúen descendiendo siete mil pies, rumbo 120 ahora. Contacten Miami Tower en 118.7 cuando estén listos.

Adrián sonrió como idiota.

—Gracias, Approach. Cambio a Tower 118.7. Y… buen turno.

Mateo lo miró fijo.

—Estás jugando con fuego, hermano. Y no es metafórico.

Adrián no respondió. Solo cambió la frecuencia con dedos que le temblaban un poquito.

—Miami Tower, American 742 con ustedes descendiendo siete mil para la 09L.

Y ahí estaba de nuevo. La voz que lo volvía loco.

—American 742, Miami Tower, buen día. Viento 100 a 10 nudos, pista 09L despejada. Autorizado aproximación ILS 09L, reporten outer marker.

—Autorizado aproximación ILS 09L, American 742. Reportaremos outer marker.

El avión bajó, el tren de aterrizaje bajó con un thud familiar, los flaps se extendieron. Miami se acercaba rápido: el océano a la derecha, los edificios de Downtown brillando bajo el sol de la tarde.

Y entonces, cuando ya estaban a tres millas de la pista, ella habló de nuevo.

—American 742, wind check: 090 a 12, ráfagas 16. Cruce la pista con cuidado si hay tráfico saliendo. Y… buen aterrizaje, capitán. Que el viento sople a su favor.

Adrián sintió que el pecho se le expandía.

—Gracias, Tower. American 742, outer marker.

Las ruedas tocaron la pista con suavidad casi insultante. Frenos, reversa, salida a taxiway. Todo perfecto.

Pero antes de que pudiera soltar el aire, ella agregó algo que no estaba en el manual.

—American 742, bienvenido de vuelta a Miami. Espero que haya tenido buen vuelo… y que la próxima vez no se distraiga tanto con el horizonte.

La frecuencia quedó en silencio.

Mateo soltó una carcajada que retumbó en la cabina.

—¡Te acaba de tirar la caña, capitán! ¡Te tiró la caña en frecuencia abierta!

Adrián apagó el micrófono, se quitó los auriculares y se pasó una mano por la cara, sonriendo como nunca.

—No fue la caña —dijo, aunque sabía que mentía—. Fue… cortesía profesional.

—Claro. Y yo soy el próximo CEO de American Airlines.

Mientras rodaban hacia la puerta, Adrián miró por la ventanilla hacia la torre de control que se alzaba a lo lejos, blanca y solitaria contra el cielo naranja.

Allá arriba estaba ella.

Valeria.

Y por primera vez, sintió que la distancia no era tan imposible.

En la torre, Valeria se quitó los auriculares con las manos temblando ligeramente. Carla, que había escuchado todo por el altavoz de la sala, se acercó con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Acabas de coquetear con el piloto en plena aproximación?

—No coqueteé —protestó Valeria, pero su voz salió débil.

—Ajá. “Espero que la próxima vez no se distraiga tanto con el horizonte”. Eso es coqueteo nivel experto, amiga.

Valeria miró la pantalla donde el puntito del American 742 ya estaba en tierra, rodando hacia la terminal.

—¿Crees que… él también sintió algo?

Carla se encogió de hombros.

—Pregúntale la próxima vez que entre en tu frecuencia. O mejor: averigua su nombre completo. Está en el flight plan. Adrián Salazar. Capitán. Treinta y pico. Soltero, según el chisme de las tripulantes.

Valeria sintió un calor subirle por el cuello.

—No voy a hacer nada de eso.

Pero cuando recogió a Emma esa tarde, y la niña le preguntó por qué mami tenía “cara de avión volando muy rápido”, Valeria solo pudo abrazarla fuerte y pensar:

Porque alguien allá arriba me hace sentir que estoy volando… sin moverme del suelo.

Y esa sensación era más peligrosa que cualquier tormenta en el radar.




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