Autorizado Para Enamorarse

Capítulo 6 – Colisión en Tierra Firme

Autorizado para Enamorarse

El aterrizaje del American 742 fue impecable, como siempre.

Las ruedas besaron la pista 09L a 142 nudos exactos, reversa suave, salida a la taxiway Bravo sin un solo rebote. Adrián soltó el aliento que llevaba conteniendo desde que ella dijo su nombre.

Valeria.

Lo había dicho en voz alta. En frecuencia abierta.

Y él había respondido con el suyo.

Adrián.

Ahora todo era real. Demasiado real.

Mateo apagó los motores auxiliares y lo miró con una mezcla de admiración y terror.

—¿Y ahora qué, Romeo? ¿Vas a bajar a la terminal a buscarla como en las películas?

Adrián se quitó los auriculares y se pasó una mano por el cabello corto y oscuro.

—No sé. Pero no puedo quedarme sentado aquí fingiendo que nada pasó.

Bajaron del avión por la puerta frontal. La tripulación de cabina ya estaba despidiendo pasajeros, sus sonrisas profesionales: “Gracias por volar con nosotros”. Adrián se despidió con un gesto rápido y salió al finger —el puente de embarque— con el maletín en la mano izquierda y el corazón latiéndole en la garganta.

El aeropuerto de Miami era un hormiguero: gente corriendo con maletas, anuncios en español e inglés, olor a café colombiano y pretzels. Él caminó hacia la zona de llegadas internacionales, sin un plan claro. Solo sabía que necesitaba verla. Aunque fuera de lejos. Aunque solo fuera confirmar que existía de verdad.

Valeria, por su parte, había terminado el turno quince minutos antes. Se había cambiado el uniforme por jeans ajustados, una blusa blanca sencilla y zapatillas cómodas. Llevaba el cabello suelto —ondulado, castaño oscuro, cayéndole por la espalda— y el bolso cruzado al pecho. Iba camino a la guardería del aeropuerto a recoger a Emma.

No esperaba nada.

No esperaba a nadie.

Pero el destino, ese hijo de puta caprichoso, tenía otros planes.

Emma salió corriendo de la guardería con su mochilita de unicornios rebotando en la espalda.

—¡Mami! ¡Hoy dibujé un avión con tu nombre en la cola!

Valeria se agachó para abrazarla, riendo.

—¿Mi nombre? ¿Y qué nombre le pusiste?

—Va… Va… ¡Valeria! Como tú.

Valeria la levantó en brazos y le plantó un beso en la frente.

—Eres la mejor piloto del mundo, mi amor.

Giraron para salir hacia el estacionamiento cuando, al doblar la esquina del pasillo principal de la terminal D, ocurrió.

Adrián caminaba en dirección contraria, distraído mirando los monitores de vuelos, buscando sin saber qué.

Valeria llevaba a Emma en brazos, girando la cabeza para responderle algo a la niña.

Colisión.

No fue un golpe fuerte. Solo un roce de hombro contra hombro. El maletín de Adrián cayó al suelo con un thud sordo. El dibujo de Emma se escapó de su manita y revoloteó hasta los pies de él.

El tiempo se detuvo.

Adrián levantó la vista primero.

Y allí estaba ella.

Guapísima.

Más de lo que cualquier imaginación podría haber inventado.

Ojos grandes, color avellana con motas doradas, pestañas largas, labios llenos que ahora estaban entreabiertos por la sorpresa. Piel morena clara, iluminada por las luces del aeropuerto. El cabello cayéndole en ondas perfectas. Y en sus brazos, una niña de cinco años con rizos negros y ojos curiosos que lo miraba fijamente.

Valeria sintió que el aire se le iba de los pulmones.

Porque él era exactamente como lo había imaginado… y mucho más.

Piel trigueña, bronceada por horas bajo el sol de las cabinas y las escalas en el Caribe. Ojos marrones oscuros, profundos, que ahora la miraban como si estuviera viendo un milagro. Alto, hombros anchos bajo la camisa de la aerolínea, mandíbula marcada, una barba de dos días que le daba ese aire de peligro controlado.

Ninguno dijo nada por tres segundos eternos.

Emma fue la primera en romper el silencio.

—¿Tú eres piloto? —preguntó, señalando la insignia en la camisa de Adrián.

Él parpadeó, salió del trance y se agachó a recoger el dibujo y su maletín.

—Sí, pequeña. Soy piloto. —Levantó la vista hacia Valeria—. Y tú… debes ser Valeria.

La forma en que dijo su nombre.

Suave.

Reverente.

Como si lo hubiera estado practicando en silencio durante meses.

Valeria tragó saliva. Su voz salió más ronca de lo normal.

—Y tú eres Adrián.

Otro silencio.

La terminal seguía moviéndose a su alrededor: anuncios, maletas rodando, gente pasando. Pero para ellos dos, el mundo se había reducido a ese metro cuadrado de piso brillante.

Adrián se enderezó despacio, sin apartar la mirada de ella.

—No pensé que… —empezó, y se le quebró la voz un poco—. No pensé que fueras tan…

—¿Tan qué? —preguntó ella, casi en un susurro.

—Tan real —terminó él—. Tan… todo.

Emma miró de uno al otro, confundida pero encantada.

—¿Se conocen? ¿Del cielo?

Valeria sintió un calor subirle por el cuello.

—Algo así, mi amor.

Adrián sonrió, una sonrisa lenta, torcida, que le iluminó los ojos oscuros.

—Algo así —repitió él.

Se quedaron mirándose.

El ruido del aeropuerto volvió poco a poco, como si alguien hubiera subido el volumen del mundo.

Adrián dio un paso pequeño hacia adelante.

—No quiero que esto termine aquí, Valeria. No después de todo lo que… —Bajó la voz— …hemos dicho sin vernos.

Valeria apretó a Emma contra su pecho, como si necesitara un ancla.

—Yo tampoco —admitió, y las palabras le salieron solas—. Pero… tengo una hija. Una vida. Reglas. No sé si…

Adrián levantó una mano, suave, sin tocarla.

—No te estoy pidiendo que rompas nada hoy. Solo… déjame invitarte un café. O un jugo para la artista —miró a Emma con una sonrisa tierna—. Aquí mismo, en la terminal. Sin aviones de por medio. Solo nosotros.

Emma intervino, emocionada:

—¡Yo quiero jugo de mango! Y él puede ver mi dibujo.




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