Autorizado Para Enamorarse

Capítulo 7 – Media Hora que Sabe a Tormenta

Autorizado para Enamorarse

El Starbucks de la terminal D estaba lleno, pero encontraron una mesa pequeña junto a la ventana que daba a las pistas. El sol de mediodía entraba a raudales, pintando rayas doradas sobre la mesa. Emma se subió a una silla alta con ayuda de Adrián —quien la levantó con una facilidad que hizo que Valeria sintiera un cosquilleo extraño en el estómago— y pidió su jugo de mango con una pajita de unicornio que sacó de su mochila como si fuera un tesoro nacional.

Adrián pidió un café negro. Valeria, un latte con extra espuma. Se sentaron frente a frente, con Emma entre ellos como un puente inocente y parlanchín.

—Entonces… —empezó Adrián, removiendo el café sin necesidad—. Eres la voz que me ha mantenido despierto en media docena de vuelos nocturnos.

Valeria sonrió, bajando la mirada un segundo.

—Y tú eres el piloto que siempre encuentra una excusa para alargar la conversación cinco segundos más. Pensé que eras un pesado profesional.

Adrián soltó una risa baja, genuina.

—Soy un pesado profesional. Pero solo contigo.

Emma intervino, sorbiendo ruidosamente su jugo.

—Mami dice que los pilotos son como superhéroes, pero sin capa. ¿Tú tienes capa?

Adrián se inclinó hacia ella, serio.

—No capa, pero sí un casco muy feo que uso cuando vuelo de noche. Y a veces llevo galletas escondidas en el maletín para emergencias.

Emma abrió los ojos como platos.

—¿Galletas de chocolate?

—Las mejores. ¿Quieres una? —Sacó una bolsita de galletas de avena con chispas de chocolate del bolsillo lateral de su maletín y se la ofreció.

Valeria arqueó una ceja.

—¿Siempre llevas galletas para sobornar a niñas de cinco años?

—Solo a las que dibujan aviones con nombres en la cola —respondió él, guiñándole un ojo a Emma, que ya estaba devorando la galleta con felicidad absoluta.

La química flotaba entre ellos como el aroma del café: dulce, intensa, imposible de ignorar. Cada vez que sus miradas se cruzaban, era como si la frecuencia abierta se hubiera trasladado a esa mesa. Silencios cargados. Sonrisas que duraban un segundo de más. Dedos que rozaban accidentalmente al alcanzar la servilleta.

Valeria se inclinó un poco hacia adelante.

—¿Sabes? Cuando dijiste mi nombre por radio… casi dejo caer los auriculares.

Adrián la miró fijo, los ojos oscuros brillando.

—Y cuando tú dijiste el mío… sentí que el avión se elevaba solo. Sin motores.

Emma, ajena al subtexto, soltó una risita.

—Ustedes hablan como en las novelas que lee mi mami cuando cree que estoy dormida.

Valeria se puso roja hasta las orejas.

—¡Emma!

Adrián rio con ganas.

—Tu hija es peligrosa. Y muy observadora.

Estaban riendo cuando ocurrió.

Un hombre alto, con un uniforme impecable de controlador de tráfico aéreo, se acercó a la mesa con una bandeja en la mano. Era Marco, compañero de turno de Valeria, el que siempre se ofrecía a cubrirle las horas extras y le mandaba mensajes “solo para ver cómo estás” un poco más de lo necesario.

Marco se detuvo en seco al ver la escena: Valeria sonriendo como nunca, un piloto desconocido con una niña encima de la mesa comiendo galletas.

—Val… ¿Todo bien? —preguntó, con la voz tensa, mirando a Adrián de arriba abajo como si midiera un rival.

Valeria se enderezó.

—Marco, hola. Sí, todo bien. Solo… tomando un café después del turno.

Marco dejó la bandeja en una mesa cercana y se acercó más.

—¿Con un piloto? —dijo, intentando sonar casual, pero el tono salió ácido—. No sabía que salías con los de la tripulación.

Adrián levantó la vista despacio, sin dejar de sonreír, pero con esa calma de quien sabe exactamente cuándo activar el piloto automático.

—No salimos —respondió tranquilo—. Solo estamos conociéndonos. En tierra firme, por fin.

Marco soltó una risa corta, forzada.

—Ajá. Claro. —Miró a Valeria—. Oye, te estaba buscando. Hay un problema con el sistema de Approach. Me pidieron que te avisara por si puedes volver un rato antes del próximo turno.

Valeria frunció el ceño.

—¿Ahora? Acabo de salir hace menos de una hora.

Marco se encogió de hombros.

—Emergencia operativa. Ya sabes cómo es.

Adrián no dijo nada, pero su mandíbula se tensó un poquito. Emma, sintiendo la tensión, dejó de masticar y miró a su mamá.

Valeria respiró hondo.

—Marco, gracias por avisar. Pero estoy con mi hija. Si es tan urgente, que me llamen directamente a mí. No necesitas venir a buscarme hasta aquí.

Marco apretó los labios.

—Solo quería ayudarte. Como siempre.

Adrián intervino, con la voz baja pero firme.

—Se nota que ayudas mucho. Gracias, compañero.

El aire se cargó de electricidad. Marco miró a Adrián como si quisiera decir algo más, pero al final solo asintió.

—Nos vemos en la torre, Val.

Se alejó con pasos rígidos.

Valeria soltó el aire que tenía contenido.

—Perdón por eso —murmuró—. Marco es… protector. Demasiado.

Adrián la miró, serio por primera vez.

—No tienes que disculparte. Pero dime una cosa: ¿hay algo que deba saber?

Valeria negó con la cabeza.

—No. Nada. Solo un compañero que cree que “ayudar” incluye aparecer en todos lados donde estoy.

Adrián asintió despacio.

—Entendido. —Luego, suavizando la voz—: ¿Seguimos con los quince minutos que nos quedan?

Valeria sonrió, aliviada.

—Sí. Por favor.

Emma levantó la galleta a medio comer.

—¡Yo voto por más galletas!

Los tres rieron. La tensión se disipó como niebla al sol.

Pero en el fondo, Valeria sabía que Marco no iba a dejarlo ahí. Y Adrián, con esa mirada protectora que acababa de poner, tampoco parecía dispuesto a retroceder.

La media hora se estaba acabando.

Y el drama apenas empezaba a despegar.




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